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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Al Athletic le pierde su falta de pegada



Córdoba y Lekue se complementaron bien en la banda izquieda. Foto AC

El Athletic es más previsible que el programa de fiestas de un pueblo. No es ni bueno ni malo en sí mismo pero a veces a uno le gustaría equivocarse y encontrarse con la sorpresa. Estaba escrito que, marcadores al margen, el Athletic proyectaría una imagen mucho mejor ante el Barcelona que ante el Formentera. Los que se sumieron en la depresión después del partido de Copa con solo pensar que el siguiente rival eran Messi y su tropa, no conocen al Athletic. En tiempos de zozobra, como estos, además de no hacer mudanza como recomendaba el santo de Loiola, conviene recurrir a los clásicos para encontrar la verdad. Y qué hay más clásico que el Athletic que hace el canelo ante un equipo de medio pelo y vuela a gran altura frente al rival más grande.

Volvemos a no saber con qué Athletic nos quedamos este año. Los dientes de sierra en la línea de sus prestaciones son lo más parecido a la que marca un sismógrafo en un terremoto de grado ocho en la escala de Richter. Pasa de ganar al Sevilla a hacer el ridículo en Suecia; de deprimir al forofo más entusiasta en Formentera a obligar al Barcelona a ganarse una amarilla por pérdida de tiempo. A ver si nos centramos de una vez y el equipo coge velocidad de crucero.

Al Athletic le faltó filo para hacer daño al Barcelona. El equipo está romo en ataque, chato. Le cuesta un mundo hacer una ocasión y eso le obliga a un porcentaje de acierto elevadísimo que no tuvo ante el Barcelona. Si fallas un mano a mano como el que falló Aduriz ante Ter Stegen, tienes muy pocas opciones de ganar a un rival que te va a conceder muy poco y que arriba tiene una ametralladora. En partidos de este tipo es obligado hacerlo casi todo bien y esperar algún fallo del rival. El Athletic hizo muchas cosas bien, casi todas, pero a treinta metros de la portería rival; y como el Barcelona no falló, la ecuación acabó resolviéndose con una derrota.

El Athletic es previsible en sus prestaciones ante determinados tipos de rivales pero, para su desgracia, es mucho más previsible todavía en su juego de ataque. Es una quimera pretender sorprender al Barcelona moviendo la pelota a la velocidad con que lo hicieron los rojiblancos. Mucho menos con la precisión con la que lo hicieron. Al Athletic se le va apagando la luz a medida que se acerca al área contraria y por ahí se le están yendo muchos partidos, demasiados.

Aduriz tuvo la ocasión de abrir el marcador en el minuto 18 cuando se plantó solo ante Ter Stegen. Hasta entonces no había pasado nada porque los dos equipos se habían enredado en un juego premioso en el centro del campo. La oportunidad de Aduriz pareció despertar a todos los protagonistas y dos minutos después Messi le echó un capote a su colega rojiblanco enviando el balón al poste desde dos metros y a puerta vacía porque su quiebro ya había tumbado a Kepa. El fallo del argentino disculpó de forma indirecta el fallo de Aduriz. Hasta el delantero más letal se equivoca a veces en la boca del gol.

La diferencia estriba en que unos se pueden permitir fallar porque saben que van a tener otra oportunidad para enmendarse, y otros no se lo pueden permitir porque a lo mejor no se ven en otra igual hasta el siguiente partido. Un cuarto de hora tardó Messi en tener otro balón franco en el área. Le llegó servido por Alba desde la línea de fondo y esta vez su remate seco y raso, paso por debajo del cuerpo de un Kepa que dio la sensación de que no tuvo la intervención más feliz de su carrera.

El Athletic acusó el golpe y flotó en el campo hasta el descanso. Tuvo suerte en esa fase del partido, la única en la que fue inferior al rival, porque el larguero impidió que Paulinho sentenciara a cinco minutos del final de la primera parte.

Apenas fueron diez minutos los que el Athletic estuvo a merced del Barcelona. Del vestuario regresó un equipo recuperado, entero, confiado en sus fortalezas y dispuesto a demostrarle al rival que el  partido no estaba terminado, ni mucho menos. Con un esfuerzo colectivo descomunal, aplicados en la presión, ambiciosos y plenos de fe, los leones se hicieron primero con la pelota y después con el control territorial para dominar de cabo a rabo al Barcelona durante toda la segunda parte.

Lo malo fue que solo sirvió para que aflorara la debilidad atacante del equipo. Todo el dominio apenas cuajó en un cabezazo de Raúl en un corner de Iturraspe, que se fue arriba tras rebotar en el larguero, y en otro remate de cabeza picado de Aduriz a la salida de un corner botado por Beñat, que Ter Stegen paró junto a la base del poste. Todo lo demás fueron centros mal medidos, remates imposibles, últimos pases fallados y decisiones equivocadas con el balón en los pies.

Mal asunto que un equipo no tenga gol, peor incluso a que flojee en defensa. Un equipo con pegada se puede permitir errores en su retaguardia porque sabe que los puede arreglar en la otra portería. Sin ir más lejos, este mismo Athletic hace tres y cuatro temporadas remontaba un montón de partidos gracias a su artillería.

Pero las musas han abandonado a los delanteros. Williams se aturulló en casi todas sus intervenciones, Aduriz, ya está dicho, falló lo infallable y Córdoba volvió a completar un partido enorme pero demasiado lejos de la portería. En las dos ocasiones en las que estuvo con el gatillo preparado, le enviaron dos melones que más que un futbolista pedían un acróbata.

Fue una pena porque el Athletic, esta vez sí, atacó con ambición por la izquierda con un Lekue incorporándose y doblando constantemente a Córdoba, controló la zona ancha gracias al trabajo de San José e Iturraspe, muy bien apoyados siempre por Raúl García, y apenas pasó problemas atrás por la contundencia de Núñez y el buen hacer de Laporte.

El Athletic lo hizo bien casi todo, pero ese casi fue decisivo en la suerte del partido porque marcó la diferencia entre la impotencia de los rojiblancos y la eficacia casi funcionarial de un Messi que se basta y se sobra para sostener a todo el Barcelona incluso cuando los culés se dedican a jugar con el reloj durante todo el segundo tiempo.

 

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