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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic levanta un monumento a la eficacia



En los viejos carteles de boxeo debajo del nombre del púgil solían incluir una breve descripción de sus características. No solían andar muy sobrados de imaginación ni de espacio, así que lo más habitual era encontrar finos estilistas y rudos fajadores. A menudo los solían enfrentar porque la combinación daba juego.  A la crítica le gustaban los finos estilistas, púgiles que marcaban el perfil, tenían un gran juego de piernas y respetaban la ortodoxia del oficio. En general solían tener poquita pegada y mandíbula de cristal. Bonitos de ver, pero de escaso resultado práctico. El pueblo llano era más de rudos fajadores, tipos que aparecían en el cuadrilátero con una barba cerrada de tres días a modo de protección de la mandíbula, mirada torva y más valor que el que se les supone a los legionarios. Paraban los golpes con la cara, se agarraban al rival, lo atropellaban y finalmente conseguían conectar un martillazo de propiedades somníferas. Ya se sabe que el KO es la esencia del boxeo, así que era lógico que la afición los prefiriera a la hora de elegir sus ídolos.

En San Mamés asistimos al enésimo duelo entre el fino estilista y el rudo fajador, aunque, en este caso, el rudo fajador tampoco esté ayuno de cualidades técnicas y de dominio del oficio. El debutante Girona compuso una bonita estampa de salida en la catedral. Movieron los catalanes el balón con estilo, de lado a lado y vuelta a empezar, incluso con algunos adornos en el camino, como si sus jugadores quisieran demostrar que aunque recién llegados, disponen de recursos suficientes para quedarse.

No sorprendió el Girona porque su fama le precedía. El equipo de Machín ha subido a Primera haciendo un fútbol vistoso en Segunda, impropio de una categoría donde se impone la guerra de trincheras. Sus dos primeras apariciones en Primera, ante el Atlético en el estreno y ante el Málaga, descubrieron un equipo al que el fútbol de buen gusto le daba resultados. Así que cuando en San Mamés los catalanes empezaron a mover la bola ante la atenta mirada de los jugadores de Ziganda, nadie se hizo de nuevas. Veinte minutos les duró la cosa. En cuanto el Athletic ajustó líneas y encontró un mínimo equilibrio para estirarse, el partido dio un giro definitivo. Williams, que hasta entonces apenas había intervenido, se hizo con un balón en la banda derecha, avanzó hacia el área, miró, se perfiló y dibujó un centro envenenado al corazón del área para que Muniain enviara el balón a la red, rematando de cerca ante un Iraizoz que apenas tuvo tiempo de levantar un brazo. Todos los pases y repases que el Girona había dado hasta entonces quedaron borrados por un martillazo demoledor. Al descanso la estadística decía que los dos equipos se habían repartido el balón equitativamente y que el Athletic había rematado una sola vez en cuarenta y cinco minutos. Pero la estadística más importante, la del marcador, señalaba ventaja para el cuadro de Ziganda.

Por si alguno todavía no había entendido de qué trata este juego, el segundo gol del Athletic fue un resumen ilustrado. Sacó Herrerín largo de puerta, el balón le llegó a Williams, otra vez Williams en la génesis, al borde del área contraria. El delantero aguantó, cuerpeó con su marcador y se hizo un sitio para regalar un pase de oro a Aduriz que esperaba en el punto de penalti con el brazo amartillado, como el boxeador que espera la ocasión de asestar el golpe definitivo. El goleador lo hizo fácil colocando un remate ajustado lejos de la estirada de Iraizoz. ¡Pim, pam, gol!. Así de sencillo, así de difícil.

El partido no tuvo más historia puesto que el segundo gol afianzó al Athletic en su apuesta por la eficacia. Da la impresión de que la mano de Ziganda se ve en esa vocación del equipo por mantener la organización por encima de todo, con la suficiente paciencia como para que parezca que el rival domina la situación, pero cerrándole todos los caminos a la portería, ayer defendida por un Herrerín que jugó más con los pies que con la manos.

El Girona fue un rival que no pegaba ni sellos, por seguir el argot de las doce cuerdas, y con mandíbula de cristal. Stuani en solitario es poca cosa adelante, y en defensa, la apuesta por los tres centrales no le alcanza para garantizar la buena salud del sistema nervioso del portero. Pero no puede decirse que el Athletic se luciera precisamente apostando por el espectáculo. Al contrario, los de Ziganda volvieron a hacer su habitual homenaje a Estajanov. El Athletic se gana los puntos con el sudor de su frente, de eso no hay duda. Del minuto uno al noventa, sin bajar la guardia en ningún momento y sin perder nunca la concentración. No fue raro ver a Aduriz recuperando balones en defensa o a Raúl García echando una mano en la banda cuando el lateral abandonaba su posición. Muniain, abrió el marcador y volvió a poner la chispa aunque acabó pagando el esfuerzo y cometiendo errores provocados por el cansancio hasta que fue sustituido. Núñez hizo un gran trabajo formando pareja con un sólido Laporte y Balenziaga vivió más tranquilo que un Lekue que tuvo que sufrir que el Girona cargara siempre por su banda, como si los de Machín vieran una oportunidad allí, que no encontraban en el otro lado. San José fue de menos a más hasta acabar barriendo todo el centro del campo, mientras que Iturraspe tuvo sus primeros minutos ocupando la posición que más tarde dejaría vacante un Beñat demasiado espeso aunque voluntarioso. También se estrenó por fin Aketxe, aunque como su compañero, lo hizo a partido vencido y con pocos minutos por delante para demostrar nada.

Queda dicho que Williams estuvo en la génesis de los dos goles, cumpliendo a la perfección su papel de asistente. Aduriz marcó su gol número 150 además de mantener a los centrales del Girona en un sinvivir mientras estuvo en el campo. O sea, como siempre, engordando una estadística cada vez más espectacular y enviando a sus rivales al diván del psiquiatra.

No fue la tarde más divertida de la historia de San Mamés, porque a nadie se le ocurre que observar a un tipo tipo picando piedra puede ser algo divertido, pero hasta estos monumentos al trabajo y la eficacia son más llevaderos con los puntos en el zurrón. El Athletic ha marcado tres goles y no ha encajado ninguno en este arranque de la Liga. A lo mejor el dato es una pista fiable para ir anticipando por dónde pueden ir los tiros. Veremos.

 

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