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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un Athletic penoso tira dos puntos por el sumidero



Hay partidos que marcan una temporada, a un entrenador o a un jugador, o a los tres a la vez. Este de Málaga es uno de esos. Empezó con la cabeza de Michel en juego y con varios jugadores locales muy cuestionados, pero noventa minutos después las miradas se dirigen al otro banquillo y los dedos acusadores apuntan a varios de los que vestían de rojo y blanco. El Athletic cedió un empate ante diez cadáveres en un partido que ganaba por 1-3 a falta de nueve minutos. No puede haber paños calientes ni explicaciones más o menos bienintencionadas; ni rotaciones, ni así es el fútbol. Cuando se hace el ridículo lo mejor es asumirlo cuanto antes. Cualquier intento de justificar lo injustificable solo puede producir vergüenza ajena.

Partidos como el de Málaga retratan a los protagonistas. El papelón de Lekue, por ejemplo, es para hacérselo mirar muy seriamente, a él y a quien se sigue empeñando en ver como lateral a un futbolista que nunca ha defendido, porque nunca ha estado llamado para ese trabajo, ni ha aprendido los rudimentos del oficio de defensa por mucho que se empeñara Valverde en el pasado y Ziganda ahora. Tampoco el técnico sale bien librado del desastre. Su responsabilidad empieza en la alineación y sigue por la gestión del partido y del resultado. Se podrá discutir sobre si debió jugar éste o aquel, pero el máximo responsable de un equipo que es incapaz de cerrar un partido como el de Málaga está bajo sospecha.

A Lekue fue al que más se le vio porque sale en la foto de los tres goles del Málaga interpretando siempre el mismo papel de defensa blando, descolocado y despistado, pero hubo otros que también le secundaron en el despropósito. Kepa sostuvo al equipo hasta el descanso con un par de intervenciones brillantes, Muniain quiso poner orden y criterio y Williams marcó dos goles y poco más. Del resto, casi mejor ejercer la virtud cristiana de la caridad y guardar un piadoso silencio.

Al Athletic se le puso el partido como dicen que le ponían las bolas de billar a Fernando VII. Se enfrentaba a un Málaga que llegaba in artículo mortis a la sexta jornada, con cinco derrotas en el casillero y un solo gol a favor, con el vestuario convertido en un gallinero y los despachos como una jaula de grillos. Se trataba de ganar la guerra psicológica y el Athletic se encontró con un penalti a favor provocado por Muniain  en el minuto 3. Aduriz transformó con tranquilidad superando su tropiezo cuatro días antes, así que el Athletic se encontró con el partido de cara prácticamente sin bajarse del autobús.

El impacto del gol se dejó sentir en La Rosaleda durante un cuarto de hora, el tiempo que tardaron los jugadores del Málaga en analizar la estructura mental de los que tenían enfrente. Los de Michel recuperaron el balón, gentilmente cedido por los de Ziganda, que a lo mejor pretendían dejar correr todo el partido aguantando en defensa, ¡quién sabe!. Los desahuciados empezaron a creer que no todo estaba perdido mientras que en el bando de los que ganaban el portero ya empezaba a ser el mejor. Kepa siguió apretando la soga de la negociación de su contrato gracias a las facilidades que daban sus compañeros a un rival que había llevado el partido definitivamente a terreno rojiblanco. Pero Kepa no es infalible y en el minuto 35 no pudo llegar a un envío cruzado al segundo palo por Rolan que se deshizo de Lekue y de San José con una facilidad que ni él mismo se podía creer.

Lo que se temía la afición rojiblanca a la vista de los acontecimientos se produjo diez minutos antes del descanso sin que hasta el pitido del árbitro se apreciara algún signo de rectificación ni en el banquillo ni el campo.

El Athletic había desperdiciado su primera ventaja de forma lamentable porque su centro del campo, Vesga y San José, ni creaba ni defendía, Aduriz era una isla y Williams era un espectador más al que podían haber exigido el pago de una entrada. Solo Muniain lo intentaba casi siempre en solitario y sin más apoyo que un Córdoba que fue de más a menos hasta que fue sustituido. Los laterales daban pena y por el centro Laporte y Núñez alternaban aciertos con errores de bulto.

Pero lo mejor estaba por llegar todavía. Apenas habían transcurrido cinco minutos de la continuación cuando Muniain robó un balón en el centro del campo en una acción que el árbitro, a dos metros, estimó legal pese a las protestas de los malacitanos, que vieron falta del rojiblanco en la disputa. El navarro sirvió en profundidad y con criterio a Williams y éste reventó el balón de cerca para colarlo por al ángulo más próximo.

El segundo gol hizo mucho daño al Málaga, en el campo y en la grada. Los nervios afloraron y prácticamente en la siguiente jugada Kuzmanovic le arreó un pescozón alevoso a Córdoba y, lejos de esconderse, protestó al árbitro al borde de la histeria para ganarse la segunda amarilla en la misma jugada.

¿Decíamos algo de la guerra psicológica?. El Málaga se veía de nuevo detrás en el marcador y perdía un hombre importante en su estructura. Los andaluces se vinieron abajo y en medio del desconcierto protagonizaron una jugada cómica que Muniain, quién si no, aprovechó para volver a servir a Williams que, en esta ocasión, eligió la sutileza de un remate cruzado para superar al portero.

Recapitulemos. A falta de veinte minutos el Málaga con cero victorias, su entrenador en la picota y algunos jugadores silbados, perdía por 1-3 y jugaba con diez, mientras algunos espectadores ya abandonaban La Rosaleda. Lo que pasó a continuación entra de lleno en la historia negra del Athletic y marca para siempre el historial de los que protagonizaron el despropósito. Ante diez cadáveres que deambulaban por el césped los rojiblancos se fueron del partido de una forma tan lamentable que obliga a cuestionarse muchas cosas.

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