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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic solo jugó diez minutos en Leganés



El error de San José cortó de raíz la reacción que lideró Iturraspe.

No se conocen muchas historias en las que un equipo gana un partido de fútbol jugando diez minutos. Las hay, claro. Historias de remontadas eléctricas, de insólitos golpes de fortuna. El propio Athletic puede contar algunas. Pero, insisto, suelen ser excepciones, rarezas que se cuentan, y se toman, como tales. El Athletic jugó al fútbol diez minutos en Leganés y perdió, que es lo que les suele ocurrir habitualmente a los equipos perezosos y a los que no saben por dónde les da el aire. El Athletic, y es lamentable decirlo, atesora las dos características. Circula por el campo como si a sus jugadores les costara trabajo mover una pierna después de la otra y da señales inequívocas de un despiste general y cada vez más acusado. El jueves en Suecia los rojiblancos se pasaron noventa minutos persiguiendo sombras; en Butarque solo vieron la luz durante diez minutos. Comprobaron que podían hacer daño al Leganés, pero cuando más razones tenían para creer en sí mismos, vino el desengaño de la forma más cruel, el fallo propio.

No es nada científico pero algunas de las cosas que le están pasando al Athletic son las que les suelen pasar a los equipos condenados a sufrir. Sabemos desde Valdano que el fútbol es un estado de ánimo y ahora mismo asoman negros nubarrones en las cabezas de los rojiblancos. Si  las cuestiones centrales del fútbol, esas que se refieren a la actitud, a la aptitud, a la calidad individual o a la organización colectiva ya dejan mucho que desear, los aspectos secundarios, pero no menos importantes, como la moral de la tropa, la confianza, la fe o la imprescindible comunión entre equipo y afición, alimentan la preocupación. El personal está con la mosca detrás de la oreja, nadie sabe a ciencia cierta a qué agarrarse para seguir creyendo en un equipo que trasmite la nada absoluta. Empieza a dar la sensación de que si se repite otro espectáculo como el de Ostersunds o Leganés aquí puede arder Troya.

Que un recién llegado como Córdoba sea de los pocos futbolistas que dan señales de vida, debería ser motivo suficiente para plantearse muchas cosas. Que el mejor de los dos últimos partidos, Susaeta, empezara en el banquillo y solo saliera con todo perdido y solo veinte minutos por delante, pone en cuestión la dirección técnica. Por no hablar de la entrada de Beñat, ¿qué fue de Beñat?, ¡en el minuto 84! ¿Por qué?, ¿para qué?

El espectáculo que ofrecieron el Athletic y el Leganés durante toda la primera parte fue para pedir la devolución del importe de la entrada. Aquello fue la nada más absoluta. Un disparo lejano de Gabriel Pires atrapado sin problemas por Arrizabalaga junto a la base del poste, fue lo único concreto que se vio durante los cuarenta y cinco minutos más plúmbeos de la temporada. Fue un viaje en el tiempo a aquellos espectáculos insufribles del fútbol control, aquella moda que consistió básicamente en no arriesgar nada para evitar el fallo y esperar el error del rival o  la ejecución afortunada de un balón parado. Volvimos a la Italia anterior a Sacchi, a aquella época en la que reinaba Trapattoni, que ganando con dos goles de ventaja metía un defensa más en el minuto 85, por si acaso.

No es que el Leganés y el Athletic volvieran al catenaccio, que es un recurso tan legítimo como cualquiera y que requiere de su arte para llevarlo a cabo con gracia y eficacia. Ojalá pudiéramos decir que el Athletic lo practica. Al menos sabríamos lo que hace, porque ahora mismo su propuesta es incomprensible. No. Lo que el Leganés y el Athletic ofrecieron fue el antifútbol. El equipo local amagó al menos con intentar dominar el juego; a los rojiblancos no se les recuerda una sola serie de tres pases consecutivos durante toda la primera parte. La secuencia repetida una y otra vez era la siguiente: Laporte para Núñez; Núñez para Laporte; Laporte para Núñez y melonazo arriba para un defensa o el portero del Leganés. Y así una y otra y otra vez. Vesga y San José se afanaban sin balón, cuando lo tenía el Leganés… y cuando lo tenía el Athletic. Williams veía el partido desde una esquinita en la banda derecha; nadie le hubiera echado en falta si se hubiera ido porque sus compañeros ni le miraron. A Aduriz y a Raúl García se les vio algo más, por aquello de que se mueven por el centro, pero eso no quiere decir que participaran en el juego. Con dos laterales sin ninguna proyección ofensiva, solo Córdoba intentaba superar las líneas rivales conduciendo el balón, tocando y buscando paredes o intentando la jugada individual. Como era el único que jugaba, Garitano lo tuvo fácil para anularle reforzando su vigilancia con un apoyo a su lateral derecho.

Se quedó Vesga en la caseta y salió Iturraspe tras el descanso. El recién incorporado se estrenó con un pase en diagonal al hueco, el primero que daba el Athletic con sentido, para la velocidad de Williams. El extremo se plantó en el área y optó por el disparo raso y cruzado que Cuéllar desvió a corner en una gran intervención. Pudo ceder a Aduriz, que llegaba desmarcado por el centro, pero eligió el remate, como lo hizo en Valencia hace unas semanas con el mismo resultado. Quizá se equivocó, pero tampoco es lo que más se le puede reprochar a Williams.

Tras el corner San José cabeceó al larguero, en la segunda ocasión consecutiva. Como por arte de magia, el vacuo equipo del primer tiempo, empezó a mover la pelota con sentido, a enlazar pases interesantes, a buscar las bandas o a encontrar el pase de seguridad atrás cuando no veía el hueco. De pronto apareció el fútbol en Butarque; lo trajo Iturraspe en sus botas. Pero cuando el Athletic se fue a por el partido y el Leganés se quebraba, llegó la jugada desafortunada. San José se dejó robar el balón por Amrabat en el círculo central con todo el Athletic muy adelantado, y Beauvue aprovechó el descalabro para culminar con un remate duro una buena jugada individual.

Habían pasado diez minutos de la segunda parte. Quedaba tiempo para superar los efectos de una jugada tan desgraciada, pero todo el fútbol del Athletic se quedó en ese fogonazo. El Leganés recuperó su fortaleza, los rojiblancos volvieron a sus viejos vicios y el partido fue languideciendo sin remedio sin más noticias que unos cambios tardíos que no sirvieron para nada.

 

 

 

 

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