Pages Navigation Menu

Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Bilbao ya tuvo un equipo de campeonas europeas



Arriba: Sebas González, Paloma Salazar, Mon Maiz, Merche Pombo, Sofía Lamana y Marisa Otaola. Abajo: Marta Jauregui, Yoya Astigarraga, Lin Astigarraga y Mª Fernanda Perez Yarza.

Arriba: Sebas González, Paloma Salazar, Mon Maiz, Merche Pombo, Sofía Lamana y Marisa Otaola. Abajo: Marta Jauregui, Yoya Astigarraga, Lin Astigarraga y Mª Fernanda Perez Yarza.

El Athletic tomó el año pasado Manchester para firmar una de las páginas más brillantes de su centenaria trayectoria. Ellas ya lo habían hecho. El Bilbao Basket tratará de hacer historia  en Charleroi, donde ellas también protagonizaron un episodio brillante. Ellas son el equipo femenino del Sagrado Corazón de Bilbao que en 1964 ganaron los Juegos de la FISEC en la ciudad inglesa, en 1965 quedaron subcampeonas en la ciudad que acoge la final de la Eurocup y en 1966 quedaron campeonas de nuevo en Madrid. Los anales dicen que Bizkaia nunca ha tenido un equipo campeón en Europa, pero conviene matizar y precisar y rescatar a estas adolescentes que dieron muchas alegrías a la ciudad en unos años en que precisamente la alegría no sobraba.

La FISEC era la Federación Internacional de Estudiantes de Escuelas Católicas y anualmente organizaba una competición que reunía a equipos escolares de toda Europa y de distintas disciplinas. El Sagrado Corazón de Bilbao, que se ubicaba en la Gran Vía en el solar que ahora ocupa El Corte Inglés, tenía un equipazo, un grupo de chicas que jugaban un baloncesto ágil, atractivo y ganador. El seleccionador de la época ni siquiera se molestó en hacer una criba: para la edición de 1964 escogió a todo el equipo bilbaino, incluido su entrenador Sebas González.

Merche Pombo, Vicky Galíndez, Sofía Lamana y Mon Maiz, cuatro de las componentes de aquel conjunto, aún son capaces, casi 50 años después, de desgranar hechos, anécdotas y personas que jalonaron la existencia de un grupo de jugadoras que, sobre todo, eran “amigas” y los siguen siendo. “Estábamos todo el rato juntas en el colegio de ocho y media de la mañana a ocho y media de la tarde, incluidos los sábados, y en los ratos libres y los recreos nosotras jugábamos al baloncesto cuando otras lo hacían al campo quemado”, recuerdan.

La Madre Tinao fue quien les inició en el baloncesto cuando tenían 12 años y sus años de esplendor llegaron de la mano de Sebas González, un entrenador al que aún recuerdan de forma entrañable porque, además, era una suerte de protector para aquellas chicas que apenas habían salido de Bilbao en su vida. “Los entrenamientos eran serios, pero informales. Nos lo tomábamos como un juego y no había los esquemas de ahora. Nosotras sabíamos que había que anotar, pero no importaba quién lo hiciera”. El baloncesto era también una buena excusa para saltarse algunas clases de Formación del Espíritu Nacional y para convencer a los monjas de la comodidad de una falda unos centímetros más corta. “España católica, chicas decentes”, era lo que oían como reprimenda para ese atrevido equipaje que se completaba con camisetas de tela, bombachos, calcetines de nylon y playeras. “La aparición posterior de los John Smith fue un lujo”, celebran. Se jugaba al aire libre, con balones de cuero “que se mojaban cuando llovía y no botaban” y se pasaba frío, tanto como para que algún árbitro guardara alguna petaca de coñac en el bolsillo.

Algunas jugadoras, como Sofía Lamana e Isabel, la hermana de Vicky, pudieron ser captadas para el atletismo. Bernardino Lombao, que luego fue conocido como el preparador personal de Aznar, “nos llevaba a la playa, pero éramos muy malas. Lo que nos gustaba era el baloncesto”, explica la que en aquellos años era la mejor jugadora juvenil de Bizkaia. Poco a poco, se fue forjando un equipo “muy competitivo, pero de buen rollo” y que ganaba mucho. “Jugábamos de memoria. Nos podíamos entender y saber lo que iba a hacer la compañera casi durmiendo”, apunta Vicky Galíndez.

El Sagrado Corazón tenía como rivales en el territorio a Esclavas, Irlandesas, Veracruz, las Damas de Nevers… En cada colegio había un equipo, aunque el baloncesto, pese a que ya el Águilas estaba en la Primera División masculina, aún no era suficientemente conocido, menos aún el femenino al que solo acudían “los familiares y amigos y, a veces, ni eso”. Aquellas chicas habían ganado todos los partidos que habían disputado y en la fase regional de Donostia lograron un  triunfo por 102-8. En Madrid ganaron el Campeonato de España ante la oposición de más de 600 equipos y se plantaron invictas en Manchester después de un viaje tomado como una aventura que, encima, debían costear de su bolsillo. Un autobús les llevó hasta Calais y allí embarcaron en el ferry para saltar a Gran Bretaña. “Llegamos a Manchester a los dos de la madrugada, había que levantarse a las ocho para la presentación de equipos y a las dos, el primer partido”.

Superado el susto inicial de llegar a una ciudad “muy oscura y en la que había muchos negros. En Bilbao, por entonces, se conocía a los Jones y poco más”, las chicas del Sagrado Corazón fueron ganando partidos hasta levantar el trofeo de campeonas. “Casi no te dabas ni cuenta de lo que habías hecho, solo de lo bien que lo pasábamos”, precisan para valorar un triunfo “que valoramos más ahora que entonces”. Aquella victoria tuvo cierto eco en los medios de comunicación de la época, pero tampoco demasiado. Un poco como ahora cuando el deporte femenino sigue relegado y poco valorado. Mon Maiz, que entonces era la jugadora más alta de Bizkaia, cree tener una explicación. “Las chicas ahora son más altas y mucho mejores atletas y el baloncesto, y otros deportes, se parecen demasiado al masculino y la gente, claro, prefiere quedarse con el original. Yo creo que le falta darle el toque femenino”. Merche Pombo, la base de aquel equipo, imaginativa y creativa, añade que “ahora hay mucha rigidez, mucha táctica: pasa por allí, bloquea, ponte por detrás, que lío… El baloncesto tiene que ser más vivo, más dinámico. Nosotras en tres pases metíamos canasta. Yo, por eso, cada vez lo veo menos. Casi prefiero el fútbol”.

De vuelta a mediados de los 60, el Sagrado Corazón volvió a los Juegos de la FISEC en 1965. Fueron subcampeonas de España, pero el campeón, de Madrid, renunció y las bilbainas disputaron de nuevo el torneo de baloncesto, esta vez en la sede belga de Namur, “aunque nuestros partidos se jugaron en Charleroi y en pabellón cubierto, lo que para nosotras era una gozada”. Entonces recibieron una ayuda de la Diputación de 25.000 pesetas a dividir entre diez para costearse el viaje, “el único dinero que recibimos en todos esos años”. Solo un punto las separó del título, que fue a manos de las anfitrionas. Pero el equipo se lo tomó con la misma naturalidad que el triunfo anterior y no perdió el espíritu lúdico-festivo y a veces picarón que las impulsaba en tantas horas de convivencia. De hecho, en 1966 se proclamaron otra vez campeonas de la FISEC en Madrid.

Ya eran entonces unas adolescentes de 17-18 años y las inquietudes personales o de estudios hicieron que el equipo se fragmentara. Algunas siguieron jugando en otros equipos como el Vizcaya, el Águilas femenino o el del Conservatorio y otras lo dejaron para seguir sus estudios o para formar una familia. Y la conversación deriva entonces hacia la comparación entre el baloncesto de antes y el de ahora, entre la educación de antes y la de ahora. “Cada uno vive el momento que le toca y a nosotras nos tocó ese, que fue muy feliz, sin la sobreprotección que existe ahora. Superar dificultades es muy educativo”, asegura Mon Maiz. Merche Pombo recuerda que “nosotras no sentíamos las obligaciones ni las exigencias que aprietan ahora a los jóvenes. Teníamos tiempo para todo y jugar ocupaba parte de ese tiempo. No sé si las jóvenes de ahora disfrutan lo que disfrutábamos nosotras”. Sofía Lamana cree que el hecho de que muchas familias, como la suya propia, fueran numerosas, “impedía que los padres estuvieran pendientes todo el rato de sus hijos. Como para volverse locos… Y eso no significa que estuviéramos mal educados, al contrario”. Cada caída no era un motivo de preocupación, como ahora. De cada lesión no se hacía un drama. “Jugando en descubierto lo normal era caerse, pero nadie se quejaba. Yo misma, cuando me hacía daño en los dedos, me ponía la tablilla, me vendaba y a seguir jugando. Igual éramos un poco salvajes”, completa Vicky Galíndez.

El baloncesto ha quedado un poco apartado en la vida de estas cuatro mujeres que fueron campeonas, pero de cuando en cuando disfrutan de los partidos y del espectáculo que los rodea. “Calla, calla, demasiado ruido”, protesta Merche cuando Mon le dice que “ver partidos en el Bilbao Arena es una gozada. Es una cancha preciosa”. En este fin de semana en que el Bilbao Basket puede hacer historia en el baloncesto masculino y el Ibaizabal en el femenino, viene a cuento rescatar de la memoria a ese patio del colegio Sagrado Corazón que ya no existe donde se forjó un equipo campeón y una amistad duradera gracias al baloncesto.

El equipo del Sagrado Corazón con la Copa ganada en Charleroi

El equipo del Sagrado Corazón con la Copa ganada en Charleroi

 

Share This: