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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Brasil despejó todas las dudas



Brasil sufrió una humillación histórica de consecuencias imprevisibles

Brasil sufrió una humillación histórica de consecuencias imprevisibles

Todo el mundo futbolístico y buena parte del resto está conmocionado por lo que sucedió anoche en el estadio Mineirao de Belo Horizonte. Los titulares de prensa rivalizan en adjetivos catastróficos y en tamaño de tipografía. Masacre, ridículo, humillación, desastre, infierno…todo parece poco para definir lo que ocurrió en un partido que se presentaba apasionante y acabó en menos de media hora. Asistimos a un hecho histórico, sin ninguna duda. Sesenta y cuatro años después, el Maracanazo pasa a la segunda página de la historia universal de la infamia futbolística. La portada la ocupará en adelante el 7-1 que endosó ayer Alemania a Brasil.
Hay quien está disfrutando con lo que ocurrió en el Mineirao. Personalmente, sufrí por Brasil durante los noventa minutos. No me gustan los partidos en los que uno de los equipos resulta humillado, y menos si el que sufre el castigo es un referente de la trascendencia de la canarinha. Bajo el césped del Mineirao quedó enterrado un mito, el espejo donde veíamos reflejado el juego que amábamos. Cada gol que caía en la portería de Brasil era una palada de tierra sobre el cadáver del fútbol mismo. Pelé, Tostao, Gerson, Didí, Vavá, Garrincha, Jairzinho, Zagalo, Ademir, Romario… tantos que nos hicieron disfrutar viéndoles con el balón en los pies no merecían lo que anoche ocurrió en Belo Horizonte.
Como si fuera una de las torres gemelas, Brasil se derrumbó en un instante. Recibió cuatro goles en apenas seis minutos, los seis minutos más trágicos de la historia del fútbol. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos; apenas hubo nada antes y todo quedó arrasado después.
El partido tuvo una historia muy corta. Brasil regaló un gol a los diez minutos dejando rematar completamente solo en el área pequeña a Muller en el saque de un corner. Fue un golpe que acusó un equipo sostenido anímicamente por alfileres por las dudas sobre su juego y por las ausencias de sus dos futbolistas de referencia, Neymar y Thiago Silva, delantero y defensa, alfa y omega del equipo. Como el boxeador que ha recibido un gancho en el hígado, Brasil se mantuvo en pie a duras penas. Klose aprovechó otro desastre defensivo para marcar el segundo, el que puso en la lona a los amarillos. A continuación sobrevino la masacre. Cada llegada de Alemania era gol porque enfrente ya no había nada. Seis minutos duró el bombardeo, tiempo suficiente para reducir a escombros un edificio que un día fue el más bello.
Brasil despejó todas las dudas que había despertado a lo largo del campeonato. En realidad, Brasil lleva dudando demasiado tiempo. Por no se sabe qué extraña razón, algunos teóricos decidieron un día que había llegado la hora de abandonar la fantasía y abrazar el músculo. Hace tiempo que Brasil sustituyó a artistas como Socrates o Rivaldo por destajistas como Dunga o Branco. Aquel fue el primer paso hacia la herejía. Todos los dedos acusadores apuntan ahora a Felipao Scolari, pero no ha sido ni el único ni el primero en traicionar los principios que hicieron grande a Brasil.
Hay quien dice que de las favelas de Río ya no salen Garrinchas dispuestos a reirse del mundo con un balón en los pies. Que el talento natural ha desaparecido. ¿Será verdad que Romario, Rivaldo o Bebeto fueron los últimos? ¿Que Neymar es solo una imitación de aquellos grandes artistas? No faltan quienes se resisten a admitirlo; los que no renuncian a buscar futbolistas dignos de vestir la camiseta con las cinco estrellas del pentacampeón. Ojalá los encuentren.
Es muy pronto para calibrar en su justa medida las consecuencias que tendrá para Brasil la humillación de anoche. Después del Maracanazo cambiaron el color de las camisetas. Nunca más Brasil vistió de blanco, y de amarillo logró sus cinco títulos mundiales. Es solo una anécdota pero describe el impacto que supuso aquella derrota.
Lo único seguro ahora mismo es que todos los protagonistas del desastre, con Scolari al frente, han quedado estigmatizados para el resto de su vida y que tendrán que arrastrar la humillación hasta la tumba como Moacir Barbosa, aquel portero que por no adivinar la intención del uruguayo Ghiggia se convirtió en el hombre más odiado de Brasil.
Le costará a la canarinha renacer de sus cenizas. El desastre ha sido de una magnitud desconocida y sus consecuencias son todavía incalculables. Escolari tendrá que emigrar si quiere seguir trabajando en un banquillo, probablemente los dirigentes tendrán que abandonar las poltronas y algunos jugadores quedarán señalados para siempre como la personificación del mal. Pero todo eso será solo la superficie. Probablemente habrá que esperar años para comprobar lo que sucede en el fondo. Hay una cosa clara. Brasil despejó todas las dudas sobre su juego. Le ha quedado muy claro cómo no debe jugar nunca más. Como decían los viejos maestros, la letra con sangre entra.
A los alemanes solo cabe felicitarles por su eficacia para explotar todas las debilidades del rival y por su elegancia en la victoria. Los que estuvieron sobre el césped fueron los primeros en darse cuenta de la trascendencia de lo que estaban protagonizando y se comportaron con un respeto a la altura de las circunstancias. Si hay una selección que merecía un papel estelar en esta historia, esa no puede ser otra que Alemania. Si Brasil representaba la fantasía y la imaginación, Alemania personifica el tesón llevado al paroxismo y la autoestima por encima de cualquier contrariedad. Dos formas de entender el fútbol que es como decir de afrontar la vida.

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Un comentario

  1. Gracias Juan Carlos, sintetizaste en blanco y negro lo mismo que sentí.

    Se nos viene una gran temporada, continuare fielmente siguiendo tus artículos.

    Saludos.