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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Cambiar no duele



Iñaki Williams se estrenó como goleador con el primer equipo. Foto AC

Iñaki Williams se estrenó como goleador con el primer equipo. Foto AC

A estas alturas uno ya estaba convencido de que Valverde se mantenía siempre en sus trece porque el entrenador creía que los cambios duelen. Pues ya ve que no, que se puede cambiar hasta de esquema de juego sin que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. A la fuerza ahorcan. El técnico se vio obligado a recurrir a su segunda unidad en Turín reservando a los titulares principales, léase Aduriz, para el trascendental partido del próximo domingo ante el Rayo. ¡Qué cosas tiene el fútbol! Te dan a elegir entre el Rayo Vallecano y el Torino, entre la competición doméstica y el oropel de Europa, y no tienes más remedio que elegir lo primero. Así que allá se fue el Athletic, a la capital del Piamonte, con Aurtenetxe, Williams, Viguera y Herrerín de titulares y Sola en el banquillo.

La verdad es que la cosa no animaba a tirar cohetes aunque había cierto consenso en admitir que a Valverde no le quedaba otra opción que tirar de sentido común. El Athletic se juega las alubias de la Liga el domingo y ya se sabe que con las cosas de comer no se juega. Así que quien más, quien menos, se conformaba con salir vivos de Turín, sin dar el espectáculo que a veces suele dar este equipo cuando pierde los papeles en el campo.

La apuesta del míster se las traía al menos en dos de las tres líneas del equipo. Si De Marcos, Etxeita, Laporte y Aurtenetxe formaban una defensa que sembraba dudas, la delantera formada por Viguera, Muniain y Williams era todo un acertijo en los primeros minutos, hasta que el trío fijó sus posiciones. En medio, el triángulo San José, Beñat y Rico era lo más reconocible del once.

Fue en la delantera donde el Athletic empezó a cimentar un éxito que estuvo a punto de echar a perder la defensa. Valverde se sacó de la manga la figura del falso nueve, un invento que estuvo muy de moda hace algún tiempo y del que de pronto se había dejado de hablar. Muniain ocupó esa posición con Viguera y Williams en las bandas. Lo del falso nueve provoca que casi todo sea falso en la delantera, porque se abren huecos y aparecen oportunidades para que cualquiera de los hombres de punta aparezca por el sitio más inesperado. Es un problema para la defensa contraria, sobre todo para los centrales, y si son tres como los del Torino, la cosa es peor. Lo mismo se encuentran mano sobre mano, sin un triste rival al que marcar, como se les viene encima la marabunta.

Lo acertado de la idea se comprobó a los ocho minutos. Viguera recogió un balón en profundidad en la banda, progresó, sorprendió a su par con un gran gesto técnico a un metro de la línea de fondo y sirvió un balón de gol que Williams empujó a la red a bocajarro. Fue un gol por sorpresa, fruto de una jugada fulminante para escarnio de una defensa italiana. Ya ni las defensas italianas son lo que eran; no hay que más que recordar el papelón que hizo la del Nápoles en San Mamés este verano.

El gol de Williams cambió radicalmente el panorama. El Athletic improvisado cobraba ventaja y podía empezar a creer en su futuro en la eliminatoria. Dijo Valverde antes del partido que el Torino es un equipo con mucha paciencia. Después de visto el partido se diría que este equipo está bajo la advocación del santo Job. Los de Ventura siguieron jugando como si no hubiera pasado nada. Su fútbol está basado en mantener el orden por encima de todo. No se molestan en presionar la salida del rival. Prefieren esperarle perfectamente organizados en su propio campo, con todo el equipo bien junto, formando una pared infranqueable. El Athletic les cazó una vez que se confiaron y no estaban por la labor de repetir.

Un equipo más sólido que este Athletic hubiera podido aguantar el resto del partido, conservando la bola entre sus líneas de defensa y centro del campo, pero este equipo no tiene ni la seguridad ni la precisión para hacer ese tipo de fútbol. En la primera jugada digna de tal nombre que consiguieron trenzar los italianos, la pelota acabó en la red de Herrerín. Los de Ventura sabían muy bien dónde estaban las debilidades del rival: en las alas. Cargaron la mano sobre la banda de De Marcos con la incorporación de su lateral y la superioridad les permitió un centro al corazón del área que Maxi López remató mal cubierto por un Aurtenetxe forzado a defender sin postura.

Sin acelerar el ritmo, el Torino se fue haciendo con el partido, con el dominio territorial y con la pelota. No era una avalancha, no es su estilo, pero este equipo tiene gente arriba capaz de hacer mucho daño y dos laterales que se incorporan con mucha facilidad a los espacios que les crean sus compañeros. Un cambio de orientación de izquierda a derecha desarboló a toda la defensa del Athletic, incapaz de evitar el centro consiguiente, culminado con un soberbio cabezazo de López. Era el segundo gol de los locales y no fue el tercero porque un minuto antes Martínez no había sido capaz de marcar a puerta vacía.

El Athletic empezó la segunda parte con mal color y con Herrerín repeliendo un trallazo de Molinaro, una pesadilla por la banda izquierda. Aunque el Torino no forzaba, los de Valverde se sentían inferiores y se aferraban a su gol como el náufrago a un salvavidas. El equipo se estaba descomponiendo a ojos vista cuando Valverde tomó, por fin, la decisión de cambiar, pero de verdad. Se fueron Aurtenetxe y Viguera y entraron Iraola y Gurpegui. No fue una sustitución hombre por hombre sino una recomposición total del concepto del equipo. Iraola y De Marcos cerraron las bandas y Gurpegui se constituyó en tercer central. El Athletic cerró la puerta, recuperó la pelota y equilibró un partido que se le estaba escapando. El Torino pareció conformarse con la ventaja mínima y tomó sus precauciones a la espera de algún golpe de mano que redondeara el marcador. Erró el cálculo.

Como ocurriera en Nápoles allá por el mes de agosto, Muniain se puso los galones en el tramo final del partido. Pidió el balón y lo jugó siempre por dentro. Una falta provocada por su regate le dio la ocasión a Beñat de colocar la pelota en el punto de penalti para que Gurpegui la peinara a la red. Los tres repitieron suerte diez minutos más tarde, pero el balón se estrelló en el larguero. Un tercer gol hubiera sido demasiado premio, pero el Athletic consiguió en esa última media hora reconciliarse consigo mismo y demostrarse que todavía está a tiempo y que puede y debe aspirar a algo más que a jugarse las alubias en la Liga cada domingo.

El equipo y el entrenador descubrieron además, que no pasa nada malo por cambiar de vez en cuando, amoldándose a lo que pide el rival de turno. Al contrario, que puede suceder que el equipo crezca y el rendimiento mejore si se tienen a mano diversas alternativas. El Athletic no hizo el mejor partido de su historia, pero supo competir con un rival complicado, que está en racha de resultados y con la moral por las nubes. Empezó muy bien, atravesó por una fase de problemas, supo reponerse y acabó siendo superior. No está mal para un grupo improvisado en el que nadie, o casi nadie creía.

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