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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

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El Bilbao Athletic celebró en Cádiz un ascenso más que merecido

El Bilbao Athletic celebró en Cádiz un ascenso más que merecido

El Bilbao Athletic vuelve a ser equipo de Segunda A después de 19 años. El rojiblanco será el único filial en la categoría de plata la próxima temporada. Ni Barcelona, descendido este año, ni Real Madrid Castilla, que bajó el curso pasado y que esta temporada ha quedado a ocho puntos de los cachorros, fuera del play off, en la temporada regular, ni Sevilla, ni Villarreal, ni otros equipos con canteras emergentes, tendrán representación en el segundo escalón del fútbol estatal. El dato da una idea de la importancia del logro del equipo de Ziganda, pero también de la dificultad que entraña el reto que encara el año que viene. No es cosa de echar agua al vino de la celebración en plena efervescencia del éxito, pero convendría asumir las cosas en su justa medida: el ascenso es un premio muy bonito y motivo de alegría y orgullo, claro que sí, pero la memoria no es la virtud más destacada del fútbol y convendría hacer algunas consideraciones antes de que las cañas se tornen lanzas dentro de unos meses.

Conviene no olvidar, para empezar a centrar el asunto, que la tarea del Bilbao Athletic es la de formar jugadores para el primer equipo. La discusión sobre si ese trabajo se desarrolla mejor en Segunda A o un escalón más abajo, se parece demasiado a la que los participantes en el Concilio de Bizancio sostuvieron sobre el sexo de los ángeles. El Bilbao Athletic lleva diecinueve años en Segunda B proporcionando de forma regular, año tras año, jugadores el primer equipo, lo que parece indicar que la categoría es indiferente. Es cierto que sobre el papel parece más fácil saltar un escalón que dos, pero habría que preguntarse si es mejor que los aspirantes rojiblancos completen su periodo de formación con un ‘Erasmus’ lejos de Lezama, o es más recomendable que lleguen al primer equipo sin ver más mundo ni conocer más experiencias que las de las cuatro paredes de las instalaciones, alicatadas hasta el techo, con calefacción en invierno y aire acondicionado en verano.

Entre los expertos se encuentran opiniones para todos los gustos. Hay quien apuesta por pulir a los aprendices en un centro de alto rendimento como Lezama, incomparable en instalaciones y medios técnicos y humanos aunque estéril como un quirófano, y quien prefiere que la chavalería aprenda los arcanos de la vida y de su deporte en ambientes contaminados por el virus de la competencia y la necesidad de buscarse la vida a diario. Hay teóricos que entienden que la progresión individual es más factible compitiendo en las filas de un equipo generalmente dominador, como puede ser el Bilbao Athletic en Segunda B, que en un grupo condenado a sufrir y a jugar a remolque del rival, como le puede ocurrir al filial el año que viene. En el fútbol, como en todos los deportes, el estado de ánimo es tan importante o más que la condición física, y es sabido que las cosas no salen igual en una dinámica perdedora o en una racha en la que todo sale bien.

Es muy bonito, sensacional, que el Bilbao Athletic compita el año que viene en Segunda A por lo que eso significa. Y significa que la cantera de Lezama funciona muy bien, a pesar de todos los pesares y de sus sempiternos críticos. Porque el éxito de este Bilbao Athletic hay que adjudicárselo a los que han estado trabajando al menos en la última década. Esto no es flor de un día, ni surge por generación espontánea. Este equipo ganador se empezó a gestar cuando un ojeador descubrió a un niño y lo llevó a Lezama, cuando un entrenador pulió sus primeros defectos y recomendó su promoción a un equipo de mayor edad, cuando otro técnico le enseñó a competir en el juvenil o en el Basconia, cuando finalmente, Cuco Ziganda le reclamó para dar el penúltimo paso hacia el Athletic. Por cada uno de los cachorros que han tocado el cielo en Cádiz, se han quedado decenas de aspirantes en el camino. El proceso de selección medido al milímetro, la enseñanza continua, la progresión labrada en el trabajo diario, la paciencia, todo eso y mucho más que tantos ponen en duda tantas veces y con tan pocos argumentos, eclosionó en el Ramón de Carranza. Si sirve para que de una vez por todas se deje en paz a Lezama sería más importante incluso que el propio ascenso.

El decisivo partido del Carranza se disputó más en clave de gesta que de fútbol propiamente dicho y volvió a dejar en evidencia algunas de las muchas lagunas que asolan a este deporte en este país. Es probable que cuando alguien decidió poner el partido a las 12 del mediodía, no se conocía el pronóstico que anunciaba una ola de calor africano para este domingo, pero seguro que al margen del pronóstico, tampoco tomó su decisión buscando la fresca precisamente un 28 de junio en Cádiz. En el pasado Mundial, la FIFA decretó una interrupción en cada tiempo de los partidos a partir de una determinada temperatura; en el Carranza los dos equipos tuvieron que jugar hasta la deshidratación.

El choque puso también sobre la mesa el debate nunca abordado sobre el papel de los equipos filiales en el fútbol profesional. Se enfrentaba un grupo de aspirantes a futbolista con todo su futuro por delante con un equipo en el que muchos de sus componentes se jugaban, literalmente, el pan de sus hijos. Un equipo para el que el ascenso era un bonito premio y otro cuyo presupuesto y hasta su viabilidad dependía del resultado. Y se notó claro, vaya si se notó. Los cachorros cursaron un master acelerado de eso que llaman ‘el otro fútbol’. Los jugadores del Cádiz interpretaron la agresividad natural y hasta encomiable en una final, como un ejercicio de amedrentamiento que, afortunadamente, no tuvo éxito porque los de Ziganda demostraron un carácter y un espíritu competitivo muy por encima de su edad y de un equipo de sus características. Supieron sufrir, mantuvieron la cabeza fría y consiguieron el premio que se han merecido por juego y por ambición. Su temporada ha sido todo un éxito, pero no olvidemos lo principal cegados por lo accesorio: el verdadero éxito de este Bilbao Athletic lo calibraremos dentro de cinco años, cuando contemos los jugadores que han conseguido instalarse en el primer equipo.

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