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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Champions League, un club cada vez más cerrado y elitista



El Bayern Munich ganó la última Champions League de la mano de Heynckes

El Bayern Munich ganó la última Champions League de la mano de Heynckes

El fútbol europeo vive una deriva imparable hacia una concentración del poder en manos de unos pocos privilegiados. Hace tiempo que las competiciones domésticas sufren el fenómeno con mayor o menor virulencia. La Liga española es cosa de dos, pero no son cosa de muchos más la Premier inglesa o la Serie A italiana y poco a poco, las alternativas también parecen reducirse en la pujante Bundesliga. La suma de la ley Bosman y la irrupción de las televisiones de pago han completado una fórmula explosiva que amenaza con demoler el fútbol tal y como lo hemos conocido hasta ahora.

Fue en la década de los noventa cuando se empezaron a oir voces cada vez más insistentes hablando de la posibilidad de armar una liga europea estable. La influencia del modelo de la NBA, unas fronteras interiores cada vez más difuminadas y la evolución del estilo de gestión de los clubes bajo la forma de sociedades anónimas volcadas en la rentabilidad, según el modelo que implantó en su día el Manchester United con su novedosa explotación del merchandising, fueron dando forma a la idea de una competición continental más estable que la Copa de Europa tal y como se venía disputando desde su fundación en la temporada 1955-56.

En realidad el salto desde la Copa de Europa hasta la Champions League que se produjo en la temporada 1992-93 no hace más que reproducir la evolución que históricamente han experimentado todas las competiciones futbolísticas. En todos los países fue primero la Copa. En España la primera se disputó en 1902, mientras que la Liga no se estrenó hasta la temporada 1928-29, cuando los clubes, metidos ya en los gastos a los que les obligaba el incipiente profesionalismo, dieron con la fórmula que les garantizaba muchas más taquillas que las que les proporcionaba la siempre incierta Copa.

El paso de la fórmula de la Copa con eliminatorias fulminantes, a la de una Liga en la que deciden los puntos, tiene más que ver con la economía que con el deporte y el espectáculo. La emoción y el interés están en la Copa, una competición donde no hay espacio para la rectificación; el dinero y la seguridad están en la Liga, donde se garantizan una serie de partidos con sus respectivas taquillas y derechos de televisión, pase lo que pase en el terreno de juego. Que un altísimo porcentaje de esa Liga no tenga el mínimo interés para el aficionado que no sea afín a los contendientes, es lo de menos. La Champions en su actual formulación, tiene una primera parte anodina y previsible con bastantes jornadas con campos semivacíos y sin más interés que el que le quieren los titulares de los periódicos deportivos, y un tramo final eléctrico y apasionante que concentra la atención del aficionado.

La idea de aquella Liga europea de la que se hablaba en los noventa, no terminó de cuajar en los términos que todo el mundo podía imaginar porque las respectivas federaciones nacionales y los clubes que sabían que no estaban llamados a figurar en aquella élite defendieron la pervivencia de las competiciones domésticas. Los esfuerzos de los más grandes, reunidos en aquellos grupos de trabajo que se dieron en llamar G-6, G-10 o cualquiera que fuera el número de asistentes en cada ocasión, no terminaron de cuajar, o al menos eso pareció en un primer momento. A día de hoy se pude afirmar con los números a la vista, que la élite europea ya tiene su competición propia a la que, de momento, siguen invitando a una serie de comparsas que son felices ocupando las filas traseras en las fotos y recogiendo la calderilla.

El diario L´Equipe y Santiago Bernabéu fundaron la Copa de Europa en 1955 con dieciseis equipos, que pronto se convertirían en treinta y dos. En la 1991-92 se introdujo la fórmula de transformar los cuartos de final en una liguilla con dos grupos de cuatro equipos cuyos campeones jugaban la final. En la 1992-93 la competición se bautizó con su nombre actual y la temporada siguiente los dos grupos que disputaban la liguilla de cuartos desembocaban en una semifinal que disputaban los dos primeros clasificados de cada uno.

En la temporada 1994-95 ya disputaban liguilla dieciseis equipos para que la mitad desembocara en los cuartos de final. A partir de entonces se han sucedido las ampliaciones y el derecho a participar se ha extendido tanto que contradice el propio nombre de la competición. La vieja Copa de Europa de Campeones ha dado paso a un torneo que se llama Liga de Campeones pero al que puede acceder hasta el cuarto clasificado de determinados países. Así Inglaterra, España y Alemania tienen hoy en día derecho a cuatro participantes, mientras que Italia, Portugal y Francia disfrutan de uno menos.

El número de participantes condiciona el palmarés, pero lo hace mucho más el poderío económico de los contendientes. Un repaso a la estadística del presente siglo pone de manifiesto que hay dos Champions League: una ficción efímera en la que toman parte numerosos y diversos equipos cada curso, que se suelen despedir al llegar la Navidad y una auténtica, la que disputan, disfrutan y cobran unos pocos, casi siempre los mismos, cada año.

Si repasamos los equipos que estos trece años han llegado como mínimo a los cuartos de final de la competición encontramos un pequeño ramillete de nombres que se repiten sin dejar sitio a casi nadie en su club privado. El Barcelona ha llegado o superado los cuartos nueve años de trece, y dos más ha quedado en octavos. El Manchester United lo ha hecho en ocho ocasiones y tres más en octavos. Los mismos números que presenta el Bayern Munich. El Real Madrid ha alcanzado los cuartos en siete ocasiones y en seis se ha quedado en octavos. El Chelsea ha jugado siete años los cuartos y tres más los octavos. Arsenal le sigue de cerca, seis y cuatro, mientras que un clásico como el Liverpool ha llegado a cuartos en cinco ocasiones y una vez se quedó en octavos. Los grandes italianos, Milan e Inter han jugado seis y cinco y cinco y cuatro respectivamente. Un poco más atrás, la Juve lo ha hecho en cuatro ocasiones en cuartos y en dos se quedó en octavos.

Apenas hay noticias de otros equipos y otros países. El Olympique de Lyon logró alcanzar cuatro cuartos de final y cinco octavos mientras que históricos portugueses como Oporto, dos y cinco y Benfica, dos veces en octavos en todos estos años, son la evidencia del cambio.

Si se revisan la finales disputadas en los trece años que lleva consumidos el siglo, se comprueba que son los mismos los que acuden al reparto. Barcelona tres veces, Bayern y Milan dos, Real Madrid, Oporto, Liverpool, Manchester United, Inter y Chelsea han sido los campeones. Valencia, Bayer Leverkusen, Monaco y Borussia Dortmund, fueron excepcionales finalistas. El resto de subcampeones son los mismos que han sido campeones.

Barcelona, Bayern Munich, Manchester United, Real Madrid, Chelsea, Arsenal, Liverpool, Milan, Inter, Juventus y Olympique de Lyon son los once equipos con presencia constante en el tramo final de la Champions League. Son los verdaderos beneficiados, los que año tras año cierran un círculo cada vez más elitista y alejado: los que cobran más que nadie porque son los más grandes; los que son los más grandes porque cobran más que nadie. Al resto le toca hacer de comparsas en sus competiciones domésticas y disfrutar de vez en cuando del privilegio de recoger las migajas que caen de la mesa.

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