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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Con el corazón en un puño



Muniain provocó el penalti y Aduriz lo transformó en el último suspiro. Foto AC

Con los jugadores derrengados y derramando hasta la última gota de sudor, con la afición perdiendo semanas de vida en la grada y con un penalti en el tiempo de descuento, el Athletic sumó su segunda victoria de la temporada, una victoria más que necesaria, imprescindible; obligada a estas alturas de la competición para seguir aferrados al brocal del pozo, con las piernas al aire todavía, pero sin caer al fondo, que es mucho cuando llevas desde el 20 de agosto sin saber lo que es un triunfo.

San Mamés vivió esta final con el corazón en un puño, tan deseoso de asistir a una victoria del Athletic como temeroso de que, como en otras tantas ocasiones, un golpe de infortunio propinara una nueva derrota, como mucho otro empate que no servía para nada. Cuando mediado el primer tiempo el Girona marcó en la portería de Herrerín en la única ocasión en la que se acercó al área rojiblanca, la grada quedó aturdida por el impacto. Afortunadamente, esta vez el VAR jugó a favor de los intereses rojiblancos. El colegiado repasó la jugada y ordenó que todo empezara de nuevo desde cero. El personal celebró el gesto del árbitro señalando el saque de puerta como si se tratara del gol decisivo de una final.

No se merecía el Athletic semejante disgusto, pero el susto se les metió a los jugadores en el cuerpo durante un buen rato, los posteriores a ese gol invalidado por el VAR fueron sus peores minutos del partido, pero afortunadamente el equipo supo reaccionar, esta vez sí, y volvió a retomar la iniciativa. La presencia constante de Pedro Porro en la banda, siempre a la espalda de De Marcos y muy lejos de un Córdoba a quien le costaba lo indecible bajar a echar una mano,  estaba desequilibrando demasiadas veces a la improvisada defensa del Athletic y flotaba en el ambiente la impresión de que lo peor podía ocurrir en cualquier momento. A los de Eusebio les faltó la decisión y la agresividad que a los de Garitano les salía por los poros. Los rojiblancos solucionaron el problema a base de garra y de empuje. Les salió bien, como casi siempre cuando recurren a sus armas históricas.

Correr, pelear, chocar, ganar los duelos individuales, balones a la banda y centro a la olla. El público que acudió a San Mamés dispuesto a ayudar, reconoció muy pronto a su equipo de siempre, al que le ha levantado del asiento aunque el remate acabe en la tribuna alta. Jugadores y afición funcionaron en perfecta simbiosis, los primeros, víctimas de un punto de ansiedad pero generosos en el esfuerzo y liberados de corsés tácticos, siguiendo unas instrucciones tan elementales como precisas; la afición, entregada como en las grandes noches, impulsando a los suyos desde el convencimiento de que los que sudaban sobre el césped se estaban ganando el apoyo de la grada.

Volvió la magia de San Mamés, dejando ese recurrente debate sobre la animación como lo que es, una discusión que se resuelve en noches como ésta. Cuando el equipo conecta, el público responde desde todas las tribunas, desde todas las edades, desde todas las sensibilidades. No hay más. Siempre ha sido así.

Es muy difícil que al Athletic se le escape un partido cuando salta esa chispa en la catedral. Anoche estuvo a punto de impedirlo un gigantesco Iraizoz, que mantuvo vivo al Girona con cuatro intervenciones soberbias. Williams, Córdoba, Aduriz, Capa… lo intentaron desde todos los ángulos y todas las posiciones, y siempre encontraron el guante de Gorka. Solo Aduriz, con el tiempo agotado y desde el punto de penalti, consiguió batirle con una frialdad extrema mientras se disparaban las pulsaciones en la grada y en el césped.

Gaizka Garitano ha devuelto al Athletic sus señas de identidad. En apenas una semana ha tenido tiempo de recuperar un equipo que no se reconocía en el espejo. Los dos viejos gladiadores, Aduriz y Raúl, arriba peleando como juveniles, Williams y Córdoba en las bandas aportando piernas y descaro. Más atrás, Beñat dirigiendo la maniobra y Dani García imperial en la recuperación y dotando de equilibrio al conjunto. La defensa, con las ausencias obligadas de Iñigo Martínez, Berchiche y Balenziaga, además de la de Nolaskoain, fue la línea más improvisada y de la que, sin embargo, surgió el toque de corneta que despertó al personal. Capa encendió a la grada con sus correrías por la banda; algunas no le llevaron a ninguna parte, pero eso a San Mamés no le suele importar demasiado en noches como ésta, porque todo el mundo sabe que a veces, es más importante el talante que el talento.

En circunstancias normales y con otro portero enfrente, el Athletic podía haber resuelto el partido antes del descanso. Pero cuando solo has ganado un partido y el fondo de la clasificación lo tienes a la altura de los tobillos, todo es más difícil. La ansiedad nubla la vista y desvía el punto de mira. Si encima al portero contrario le da por pararlo todo, empiezas a ver fantasmas por todas partes.

Además de los retoques en la alineación Garitano ha traído un estilo más reconocible. Directo, con los pases precisos, ni uno de sobra, para llegar cuanto antes al área contraria, a ser posible desde las bandas, pero sin descartar el pelotazo por dentro. El Girona, que se estiró algo en el primer tiempo, apenas traspasó la divisoria durante todo el segundo tiempo, asediado por un Athletic que empujaba como si no hubiera un mañana, sin perder la fe ni el aliento. Esta vez no se produjo el temido bajón de mitad del segundo tiempo, esta vez las piernas no pesaron y el oxígeno siguió llegando hasta el final. El técnico anduvo listo para relevar a los que ya estaban boqueando por el esfuerzo, primero Williams, después Beñat, finalmente Córdoba, para dar entrada a Susaeta, San José y, por último Muniain, que llegó a tiempo para inventarse un penalti sobre la línea de fondo en el suspiro final del partido. Esta vez todo el mundo aguantó hasta el minuto 90 y si alguno flaqueaba, ya estaba la grada para levantarlo.

El fútbol premió por fin al Athletic. No ganar este partido después de semejante despliegue y tras generar más ocasiones y remates que en todo lo que llevamos de temporada junto, hubiera sido un mazazo moral de consecuencias imprevisibles para el ánimo y la confianza del grupo. Ganar, más que necesario, era imprescindible. Por eso todo San Mamés celebró el último pitido del árbitro como si acabara de ganar la copa del mundo.

Queda mucho todavía para salir de los puestos de peligro, pero equipo y afición han visto cuál es el camino. Se trata de perseverar para que las victorias lleguen con más frecuencia y naturalidad. Ningún equipo ni ninguna afición pueden estar jugando finales cada semana. Ningún corazón lo resistiría, ni siquiera uno tan grande como el del Athletic.

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