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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Cuando el empate es un triunfo



La presión adelantada del Celta acabó ahogando al centro del campo del Athletic

La presión adelantada del Celta acabó ahogando al centro del campo del Athletic

Hay situaciones en las que lo más razonable es rendirse a la evidencia. Y la evidencia anoche en Vigo es que el Celta fue mejor que el Athletic, así que nada que objetar a un resultado que acabó siendo un pequeño triunfo para un equipo que decía que buscaba los tres puntos pero que, a la hora de la verdad, bastante tuvo con asegurar el que concede de oficio la Federación antes de empezar el partido. Los futuros rivales del Athletic tienen el video de este choque una buena herramienta para estudiar como se puede echar arena en el mecanismo que ha puesto en funcionamiento Valverde. Luis Enrique lo hizo aunque en estos casos siempre queda la duda de cuánto hubo de mérito celeste y cuánto de demérito rojiblanco.

El Celta salió al campo con la determinación de los kamikaces. Luis Enrique dispuso un equipo con seis futbolistas de corte creativo y solo cuatro defensas. Aquello de los brasileños de que la mejor defensa es un buen ataque llevado hasta sus últimas consecuencias. Quería el Celta ahogar al Athletic en su propio campo, impedir que se desplegara a base de estrangularle en la misma salida. Lo consiguió durante todo el primer tiempo y logró que a los de Valverde se les quedara tan mal cuerpo que en la segunda parte ya no hizo falta ni que les presionaran. Ellos solitos se sobraron para completar uno de sus partidos más pobres de los últimos tiempos.

Tuvo mérito el Celta por su valentía y su derroche físico. El equipo gallego le dio al Athletic de su misma medicina. Le presionó, le obligó a correr detrás del balón y le impidió el mínimo sosiego para pensar. Los celestes les ganaron en intensidad a los rojiblancos, y eso dice mucho del despliegue del equipo local. Pero los rojiblancos también pusieron de su parte para facilitar el trabajo al rival. El centro del campo de Valverde completó un partido entre malo y calamitoso. Faltó temple y precisión para burlar la presión rival, para esconder la pelota, para eliminar dos líneas de rivales con un pase correcto al compañero. En definitiva, faltó calidad individual para sacar al equipo del atolladero.

El propio desarrollo del partido y su marcador final ponen de manifiesto que a los de Luis Enrique, jugando al límite de sus posibilidades, solo les alcanzó para poner en apuros reales a Iraizoz en contadísimas ocasiones, alguna provocada por errores ajenos como el trallazo que estrelló Charles en el palo en el tramo final de la primera parte tras un pase atrás incomprensible de Iturraspe. Eso y un tiro en buena posición de Rafinha que Iraizoz desvió a corner constituyó toda la cosecha real de un Celta que por momentos pareció apabullar a un Athletic que dio la impresión de que no se esperaba semejante actitud del rival.

El Athletic vivió del excelente momento que atraviesa Gurpegui y del cumplimiento de alguna de esas normas no escritas que rigen el fútbol y que tienen más que ver con lo esotérico que con lo racional. Lo de las rachas, por ejemplo. Está claro que los rojiblancos están en racha, o sea, que los dioses del fútbol siguen de su lado. El día menos pensado se irán por donde han venido y lo harán sin avisar, pero de momento ayudan, vaya si ayudan. Lo normal en el partido de anoche hubiera sido perder. Pero si el Athletic no terminó ganando fue porque Sola no anduvo vivo para meter la bota en un balón que dejó De Marcos suelto a medio metro de la raya o porque Ibai acabó de forma penosa un contrataque con todo a favor. ¿Qué no hubiera sido justo?. Claro que no, pero hablamos de fútbol, no de justicia.

El Athletic tuvo que vivir de su defensa porque el centro del campo no estaba para nada. Iturraspe falló más pases en un solo partido que en los últimos tres meses, Rico hizo lo que pudo, que no es poco pero no alcanza para darle la vuelta a la situación, y Herrera hizo lo que venía haciendo hasta hace un mes, un taconcito por aquí, una ruleta por allá, muy bonito pero nada productivo. Si le sumamos que Susaeta tenía la luz apagada y Muniain sigue buscándose sin encontrarse, al Athletic le quedaban Aduriz e Iraizoz para recordar aquellos tiempos oscuros de la patada a seguir.

El Celta fue mejor porque en definitiva impuso su fútbol y llevó el partido por donde quería mientras le duraron las fuerzas, pero es difícil evitar la sensación de que todo aquel derroche se podía haber desbaratado con un par de pases bien dados, con una presión más coordinada, con menos atolondramiento y más sentido común. El Athletic recurrió demasiado pronto al pelotazo sin control porque se vio incapaz de hacer otra cosa. Pero es verdad que había que hilar muy fino para sacar la pelota jugada entre tanta presión y en Balaidos esa finura brilló por su ausencia.

Para cuando la falta de oxigeno desconectó neuronas y músculos de los celtiñas la desazón ya había hecho mella en los rojiblancos. Hubiera venido bien alguien capaz de bajar las revoluciones y de imponer un poco de sensatez, de temple, pero del banquillo salieron Sola e Ibai, qué le vamos a hacer.

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