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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Demasiadas trampas en el camino



El árbitro se dejó engañar y señaló penalti en un piscinazo de Tiago ante San José

El árbitro se dejó engañar y señaló penalti en un piscinazo de Tiago ante San José

Parecía que el Athletic había aprendido la lección, que por fin Valverde había conseguido explicar a su gente el método para superar a un rival tan especial como este Atlético que dicen que es el de Simeone pero que, en realidad, es el de siempre, el que cualquier aficionado conoce desde tiempo inmemorial. El Atlético, es algo más que un equipo, es una pandilla que lo mismo juega un fútbol de nivel que convierte sus partidos en una riña callejera. El otro fútbol que dicen algunos cínicos, que funciona mucho mejor cuando está engrasado por la bula arbitral. Es una mera anécdota que no va a ninguna parte, pero el Atlético es el único equipo el mundo que puede tener constantemente dos técnicos de pie en la zona técnica con la aquiescencia del cuarto árbitro y del linier. A partir de ese detalle, protestas airadas, interpretaciones dramáticas, patadas o codazos se entienden mucho mejor.

Parecía que el Athletic había aprendido a oponer las mismas armas o similares y a no volver la cara en la pelea. Hasta el descanso dio la impresión de que los leones iban a superar por fin a un rival que en los últimos tiempos se le ha atragantado demasiado a base de repetir siempre los mismos argumentos. Hasta el descanso el Athletic fue superior, plantó cara, no cedió un milímetro de terreno en la guerra de trincheras en la que se convirtió el partido, un encuentro disputado con una intensidad impresionante por todos los protagonistas, con pierna fuerte en cada choque y un ardor que encendió a una grada que no suele necesitar mucho para alcanzar la incandescencia en estos partidos.

Durante los primeros cuarenta y cinco minutos el Athletic se impuso en la batalla, cobró ventaja gracias al gol de Rico a balón parado y pudo ampliar la renta si Aduriz llega a estar solo un poquito más inspirado y resolutivo en una jugada en la que encaró a Moyá con ventaja. Para entonces, el ariete rojiblanco ya llevaba un rato largo haciendo un fútbol imperial, ganando todas las disputas aéreas a Godín y Giménez, distribuyendo, prolongando y asistiendo a sus compañeros. Para entonces también había visto una cartulina amarilla que empezaba a dar una idea del criterio del árbitro. Durante esos minutos, Rico emergía como el centrocampista que requería el partido, como un futbolista de rompe y rasga, de los que no se arrugan ante nada ni ante nadie y que sostiene al equipo a base de pundonor.

Valverde eligió a San José para suplir al sancionado Iturraspe y a Gurpegui para ocupar el sitio del también castigado Laporte. Ambos cumplieron holgadamente el papel que les asignó el técnico. Con el apoyo del reaparecido Etxeita y con Balenziaga y De Marcos dominando las bandas, el Atlético de Madrid vio cegados todos los caminos hacia Iraizoz, hasta el punto de que a lo largo de todo el primer tiempo no consiguieron ni siquiera acercarse a los dominios del portero local. Unai López lo tuvo peor en un partido demasiado físico para sus condiciones. El chaval es un peso mosca que apenas pudo entrar en la batalla aérea que se libró en los alrededores del círculo central. Tampoco Muniain encontró la forma de trascender en el partido desde el costado izquierdo. Lo intentó como siempre, pero tampoco consiguió encender el foco. Susaeta, en la línea de sus últimos partidos, se prodigó más, pero con acierto desigual.

Lo que ocurrió después del descanso entra en la habitual crónica de sucesos en el que suelen devenir las visitas del Atlético. Por empezar por el principio, el Athletic se vio sorprendido en el primer minuto de la continuación por la jugada mejor hilada del rival. Es verdad que hasta seis colchoneros lo bordaron hasta que Griezmann alojó el balón en la red de Iraizoz, pero como no es la primera vez que el Athletic regresa dormido del vestuario, no queda más remedio que sospechar de la actitud de los rojiblancos en ese primer minuto. En el partido de Copa del año pasado, Raúl García tardó diez minutos de la segunda parte en marcar el gol que sentenciaba la eliminatoria. En el de Liga, Koke tardó exactamente el mismo tiempo en marcar el gol que volteaba el marcador. Está claro que Valverde no ha explicado bien esa parte de la lección a su chicos o estos no la han acabado de entender. Una vez más, dio la impresión de que los leones agotaron la adrenalina en la primera parte, y no repostaron en la caseta. El principio del fin llegó por la inspiración del rival y por el despiste propio.

Lo que ocurrió desde aquí hasta el final hay que anotarlo en la agenda del árbitro. El canario Hernández Hernández ya había estado apuntando maneras antes del descanso y se cubrió de gloria a los cinco minutos de la continuación. El árbitro y uno de sus ayudantes, mejor dicho. El piscinazo de Tiago en sus mismas narices debe de estar a estas horas en la antología de las tomaduras de pelo a los árbitros. El penalti inventado a medias entre el jugador colchonero y el equipo arbitral acabó de hundir a un Athletic que revivía su pesadilla y dio alas al Atlético para jugar a placer a lo que más le gusta.

La gran batalla que se había librado hasta el descanso, se convirtió en un embrollo, en un lío, en un río revuelto en el que siempre salieron ganando los pescadores de Simeone. Un resbalón inoportuno de Gurpegui facilitó el tercer gol del Atlético, segundo de Griezmann. El francés hizo todavía un tercero en fuera juego, pero a esas alturas poco importaba ya.

El Athletic se hundió con estrépito porque se encontró con demasiadas trampas en su camino y porque, también hay que admitirlo, carece de recursos para encontrar soluciones a los problemas que surgen sobre la marcha. Griezmann marcó el tercero del Atlético cinco minutos después de que Guillermo sustituyera a un Unai López que se había diluido, así que el papel del delantero fue totalmente irrelevante. Más tarde salió Ibai Gómez por Balenziaga con idéntico efecto práctico, o sea, ninguno. Estaba Beñat en el banquillo y Viguera se había quedado fuera de la convocatoria, pero esas son otras historias.

No es la primera vez que el Athletic muestra dos caras en el mismo partido. El equipo intenso y poderoso de la primera parte, se convirtió en la continuación en un grupo inseguro, incapaz de aguantar el crecimiento de un rival que contó con el viento a favor del silbato del árbitro, es cierto, pero que supo plasmar esa superioridad con un empleo óptimo de todas sus herramientas, las reglamentarias y las otras.

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