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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El derbi descubre al mejor Athletic lejos de San Mamés



Está claro que los derbis son partidos especiales. Tan especiales que son capaces de cambiarle el aspecto  a un equipo que ha ido de caballero de la triste figura por casi todos los campos que ha visitado, para convertirlo en un grupo rocoso, convencido de su potencial y con la suficiente claridad en su fútbol como para mostrarse superior y derrotar sin apelativo posible a un rival que está completando su mejor temporada de la última década. El Athletic volvió a ganar lejos de San Mamés casi cinco meses después de aquella victoria en Granada hace más de una vuelta; lo hizo marcando dos goles cuando hasta la fecha sumaba siete de visita y, además, acabó el partido con su portería a cero. El triple prodigio ocurrió en Anoeta lo que multiplica el efecto en el ánimo de una afición que anda cariacontecida a pesar de que su equipo sigue manteniendo todas sus aspiraciones en la Liga.

Puede que sea exagerado decir que el derbi era un partido de seis puntos. Es verdad que, de ganar, la Real se hubiera ido a diez puntos del Athletic, haciendo prácticamente imposible su caza para los rojiblancos. Ahora queda a cuatro puntos, que sigue siendo una distancia respetable. Lo bueno para el Athletic es que los tres puntos de Anoeta le permiten no perder pie en la carrera por los puestos europeos, manteniendo una distancia razonable respecto a los perseguidores que sigue observando desde el retrovisor.

Es una lástima que partidos que conservan la verdad del fútbol, como el disputado por la Real y el Athletic bajo un aguacero, se tengan que disputar a una hora tan poco futbolera. En su empeño por matar el fútbol, sus dirigentes siguen empeñados en cargarse tradiciones con tanto sabor como el derbi vasco, un ejemplo que habría que promocionar en prime time en lugar de relegarlo a un horario de deporte escolar.

Pero hubo fútbol en Anoeta, mucho y variado; y hubo partido, disputado con el empleo de diversas armas, todas lícitas, en un ambiente admirable de deportividad y rivalidad bien entendida. El Athletic fue mejor y estuvo más acertado en el empleo de sus recursos, como reconocieron todos y cada uno de los realistas, que vieron cómo a lo largo de los noventa minutos los rojiblancos supieron jugar el partido que más les convenía. En estos tiempos de estadísticas y ensaladas de números que en la mayoría de las ocasiones no dicen nada que merezca la pena, podríamos decir que la Real superó al Athletic durante el último cuarto de hora de la primera parte, el tiempo que transcurrió desde el gol de penalti de Raúl García, hasta el descanso. La Real regresó el vestuario con el mismo ánimo de acogotar al Athletic, y durante los primeros cinco minutos de la continuación pareció que el partido podría seguir en los mismos parámetros en los que había terminado la primera parte, pero Williams aprovechó el fallo de Odriozola y la indecisión de Martínez, para vacunar a Rulli y anestesiar a toda la Real que, a partir el segundo gol, se movió más a espasmos que con la coherencia futbolística que requería un partido tan cuesta arriba. Todo el resto del partido tuvo un nítido tinte rojiblanco, y la victoria del Athletic fue la consecuencia lógica de esa superioridad.

El Athletic fue mejor porque empleó mejor sus armas, y hasta pudo acabar el partido goleando. Williams provocó un despeje que se fue a corner tras tocar la base del poste y Aduriz dio un pase a la red que tropezó en el mismo palo. Sin embargo se oyen algunas voces que obviando lo que fue, se aferran a lo que pudo ser y recuerdan el gol anulado a Raúl Navas. Fue una jugada importante porque quedaban todavía viente minutos y el gol hubiera metido a la Real en el partido, pero la decisión del colegiado, que tal vez apreció que Navas había cobrado una ventaja inaudita en el salto, lleva el asunto al terreno de las hipótesis; lo cierto, lo palpable, al margen  de la discusión, es que el Athletic tenía dos goles de ventaja en el marcador y una sensación evidente de autoridad sobre el terreno de juego.

Esta vez todos los rojiblancos se emplearon a un nivel más que apreciable. Salieron con las ideas claras y con la lección bien aprendida. La Real empieza a repetirse en sus argumentos y, a estas alturas, todo el mundo sabe que presionando arriba y obstaculizando su salida de balón, el grupo de Eusebio sufre la carencia de repertorio. Casi siempre son los mismos haciendo lo mismo y eso facilita las cosas a los rivales. Otra cosa es que, a pesar de todo, hay que ganar los duelos individuales, esas pequeñas batallas que se dirimen en todo el campo y que deciden el rumbo de la guerra. En Anoeta, los rojiblancos ganaron casi todas esas batallas e incluso plantearon escenarios novedosos en los que los realistas acabaron extraviados.

La movilidad de Williams, por ejemplo, llevó por la calle de la amargura a todo el entramado defensivo realista. Iñaki desaparecía del eje del ataque, dejando a Navas y Martínez mirándose a la cara, y aparecía por sorpresa por una banda, o lanzado en carrera desde la segunda línea, sembrando el desconcierto. Raúl García aportó el oficio y la veteranía para hacer lo que correspondía a cada momento y por el costado derecho Lekue aportaba trabajo y profundidad para mantener a Berchiche lo suficientemente ocupado como para pensar en más cosas que en defender su posición.

Beñat completó un primer tiempo pleno de autoridad, moviéndose y moviendo el balón siempre con criterio y con la tranquilidad que le aportaba un San José tan crecido que ocupaba el sitio de dos. Así las cosas, se entiende que el reaparecido Arrizabalaga tardara más de media hora en probarse y comprobar si había regresado en plenitud de condiciones. Lo hizo respondiendo con un paradón a un cabezazo de Juanmi, el único remate de la Real en toda la primera parte, que no tuvo continuidad hasta un cabezazo de Martínez al larguero en los estertores del partido, al margen del ya comentado gol anulado a Navas.

Rulli tuvo bastante más trabajo, empezando por una excelente mano a ras de suelo a disparo de Williams, al comienzo del partido, y siguiendo por un paradón ante Raúl García, que se había quedado solo en el área pequeña. A punto estuvo de detener el penalti y vio pasar un disparo lejano de Lekue que se fue rozando la base del poste. En la segunda parte, el portero argentino de la Real encontró en su poste izquierdo el remedio a lo que pudo ser una goleada.

El Athletic impuso su autoridad y salvo esa laguna del último cuarto de hora de la primera parte, en la que la Real impuso su fútbol de combinación para cercar el área contraria, aunque fuera sin remate, el equipo de Valverde se hizo acreedor a los tres puntos sin ni siquiera pasar excesivos agobios durante unas segunda parte en la que solo le faltó una pequeña dosis de fortuna para ampliar el marcador a cifras más rotundas.

Quedan en el aire algunas preguntas después del derbi. La primera y principal es la de si estamos ante un cambio de cara definitivo del equipo de cara al esprint final de la Liga o lo de Anoeta ha sido solo un momento de inspiración puntual como el que tuvieron los leones en Sevilla hace quince días. El próximo visitante de San Mamés es el Real Madrid, con todo el peligro que entraña, pero con el plus de competitividad que suelen inyectar a los leones este tipo de visitas.

Las sensaciones que dejó el equipo en Anoeta invitan al optimismo. Solía decir Luis Aragonés, que lo importante es llegar en disposición de competir a los últimos diez partidos, que es cuando se deciden las temporadas. El Athletic llega bien colocado en la tabla; si está a tiempo de recuperar su nivel de juego, todavía le quedan muchas cosas que decir antes de que se acabe esta película.

 

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