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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama



Si alguien pregunta por el significado de la palabra desolación, le bastará con ver la imagen de Iker Muniain entrando en camilla por el túnel de vestuarios mientras un San Mamés semi vacío silbaba al Athletic. Los rojiblancos habían completado uno de los partidos más lamentables de los últimos tiempos y acababan de encajar una derrota que les deja en el alambre de la tabla clasificatoria de un grupo que parecía pan comido. Dijo San José en el calor del momento que el que pensara que esto iba a ser fácil “no tiene ni puta idea de fútbol’. Bueno, todo es relativo. No hace falta ser muy experto para calibrar que un equipo del grupo cabecero de una de las Ligas más potentes del mundo, tiene muchas posibilidades teóricas de ganar al séptimo clasificado de una medianía de Liga de doce equipos que se disputa en un país en estado de guerra. Hasta ahí podemos llegar todos. San José se podría preguntar también si los profesionales que establecen los baremos en las apuestas y que ahora mismo deben de estar con un ataque de nervios, tampoco saben de qué va esto.

La autocrítica no es el fuerte de los futbolistas, precisamente. Siempre encuentran una disculpa o una explicación sea cual sea el calibre de la catástrofe. Y generalmente nunca suele figurar en el listado de razones su propia responsabilidad. Tampoco es nada nuevo, ni lo de este partido es una sorpresa. En la historia del Athletic hay bastantes petardazos como éste. Por si a alguno le sirve de consuelo, todos los equipos esconden cadáveres como éste debajo de sus alfombras. El problema en este caso es que llueve sobre mojado. Perder contra el Zorya cinco días después de lo de Málaga acaba con la moral del más incondicional de los forofos.

El aficionado del Athletic no sabe a qué carta quedarse. Está deseando aplaudir cualquier detallito de su chicos; un pase al hueco, que no es lo mismo que al amigo invisible, un remate bien orientado… ¡qué pasaría si un día se viera un buen centro en San Mamés! Pero el aficionado del Athletic últimamente se está quedando con las ganas de aplaudir y entonces, casi por una razón puramente fisiológica, silba, y grita, y protesta, y recuerda los viejos malos tiempos cuando al campo se iba a sufrir y no a disfrutar, y no le gusta la idea. Así que el aficionado de San Mamés está ahora mismo sumido en la angustia y los dedos se le vuelven huéspedes porque hace tiempo que no le dan la ocasión de romperse las manos a aplaudir.

Después de lo de Málaga, el personal había caído en la cuenta de que su equipo llevaba cuatro partidos sin ganar. Que la última vez que se fue a casa con una media sonrisa fue el día del Girona. Así que todo el mundo quiso ver el partido contra el Zorya como la oportunidad de resarcirse. Aunque nadie había oído hablar nunca del tal Zorya, o precisamente por eso, el escaso personal que acudió al campo lo hizo soñando con un triunfo fácil, con una goleada incluso. Al fin y al cabo, los propios jugadores eran los primeros interesados en que lo de Málaga se olvidara cuanto antes y qué mejor que un bonito espectáculo aprovechando la visita de unos pardillos ucranianos.

Y la cosa empezó según lo previsto. Muniain estrelló un buen remate en la cruceta en la primera jugada del partido. Prácticamente en la siguiente se le fue una volea alta, completamente desmarcado en el pico del área pequeña. Minutos después Laporte devolvió de cabeza al corazón del área pequeña un corner pasado, y Etxeita cabeceó fuera por poco cuando Williams esperaba a su espalda con la pierna amartillada para el disparo.

Apenas había pasado un cuarto de hora y el Athletic había tenido fútbol y ocasiones suficientes para cumplir los pronósticos más optimistas. Muniain volvía locos a los ucranianos y el balón circulaba con velocidad y precisión gracias a las facilidades que ofrecía el rival. Se veía todo tan fácil que los de Ziganda levantaron el pie con suficiencia, como si consideraran que ganar a un rival semejante no merecía la pena tanto sudor. Fue el principio del fin. El personal, que había ido a San Mamés con la mosca detrás de la oreja, empezó a pedir explicaciones como se suele hacer desde la grada, o sea, con música de viento. Primero unos pocos, los más impacientes o los más airados; cuando el único corner que botó el Zorya en todo el partido acabó con el balón en la portería de Herrerín, la protesta ya era mayoritaria.

Tampoco era como para tomárselo así. Al fin y al cabo solo habían pasado veintiséis minutos, quedaba todo el partido por delante para seguir con el plan inicial de la goleada reivindicativa, el olvido de lo de Málaga, la recuperación del rumbo perdido y todas esas cosas. Pero aquello empezó a ser el principio del fin.

El gol descompuso a un equipo que da la impresión de que ahora mismo tiene las neuronas cogidas con alfileres. Llegaron los nervios paralizantes y las imprecisiones desesperantes. Cada segundo que los ucranianos tenían el balón en sus pies, y cada vez eran más, se convertía en una angustia y en un mirar al reloj como si el partido estuviera en el descuento. Era inútil cualquier intento de recobrar o mantener la calma sobre el terreno de juego. Si alguien quería dar pausa era señalado como culpable del desastre; si daba un pase atrás, aunque fuera para facilitar la circulación, voces airadas exigían su fusilamiento al amanecer.

Solo Muniain siguió intentando poner criterio y orden en medio del desastre. Williams se escondió y estoy por decir que hizo bien en taparse porque cada vez que se le vio la imagen fue la de un extremo que no se va ni del banderín de corner. San José y Beñat jugaban a cámara lenta, y parecía que a Raúl García y a Aduriz les habían caído diez años de golpe

El segundo tiempo solo fue más de lo mismo. La sensación de impotencia fue creciendo a medida que el rival se atrincheraba, cada vez más cómodo. Su portero Lunin solo tuvo que hacer una parada de mérito en todo el partido: un remate raso de Córdoba con la derecha. El chaval acababa de salir con la misión de agitar el juego por la banda, sustituyendo a un Saborit que volvió a pasar por un partido como la luz por el cristal: sin mancharlo ni romperlo.

La lesión de Muniain en su último intento de encontrar una jugada milagrosa, ya en el tiempo de descuento, añadió crueldad al desenlace. El mejor futbolista del partido, y el mejor futbolista del Athletic en lo que llevamos de temporada, abandonó el campo en camilla. Fue una imagen especialmente dura, el triste colofón de uno de esos días en los que es mejor no levantarse de la cama.

 

 

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