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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

José Mari Maguregi, el aldeano que faltó a la gran cita



Maguregi formó con Mauri un centro del campo inolvidable.

Maguregi formó con Mauri un centro del campo inolvidable.

Se ha ido otro icono del Athletic. José Mari Maguregi fue uno de los pilares que aquel memorable equipo de la década de los cincuenta que dejó para el club algunos de los episodios más brillantes de su historia como el doblete de la temporada 55-56 que abrió la puerta al debut de los leones en la segund edición de la Copa de Europa y que trajo a San Mamés a equipos como el Oporto de Jaburu, que rebautizaría posteriormente a Iñaki Sáez por su parecido físico, el Honved de Puskas, Czibor, Kocsis y compañía y el inolvidable Manchester United aquel día de la nieve en la vieja catedral. Pero quizá por encima de todos, el partido que marcó para siempre a aquella generación de futbolistas fue la final de Copa de 1958 que el Athletic ganó al Real Madrid de Di Stéfano en Chamartín, la de los once aldeanos, en la que, casualidades del fútbol, no pudo participar Magu, como no participó en toda la Copa, ausente desde el mes de marzo de aquel año en un partido de Liga en Valladolid.

La historia de los once aldeanos es bien conocida. La asistencia de Franco a las finales de la Copa que llevaba su nombre obligaba a disputarlas en Madrid. Clasificados el Real Madrid y el Athletic, el club rojiblanco presentó una queja formal pero la Federación solo accedió a cambiar Chamartín, feudo blanco, por el Metropolitano del Atlético de Madrid. Enrique Guzmán, a la sazón presidente del Athletic, reaccionó ‘a la bilbaina’: “Si nos obligan a jugar en Madrid, mejor en Chamartín que es más grande y podrá ir más gente nuestra”. Teniendo en cuenta que aquel Real Madrid era el que acabaría ganando cinco Copas de Europa consecutivas, no se podrá negar que la bravata tenía su gracia. Fue en el recibimiento a los campeones en el Ayuntamiento de Bilbao, cuando un Guzmán exultante pronunció la frase que bautizaría para siempre a aquel equipo: “¡Con once aldeanos les hemos pasado por la piedra!”.

Aquellos once aldeanos fueron: Carmelo, Orue, Garai, Canito, Mauri, Etura, Artetxe, Aguirre, Arieta, Uribe y Gainza. Faltaba Maguregi quien junto a Mauri formó un centro del campo legendario y una pareja que ha pervivido hasta que la muerte la ha separado. Mauri-Mauregi, así, los dos apellidos seguidos, como si fueran uno solo, era como se recitaba la alineación. Para varias generaciones Mauri-Maguregui era sinónimo de pareja, otra manera de describir la dualidad. Uno, Mauri, ponía la fortaleza, el trabajo y un espíritu indomable reflejado en mil anécdotas; el otro, Maguregi, ponía la clase, el toque, la visión de la jugada. Eran así en el campo y fuera de él. Una pareja inseparable.

A Magu le faltó jugar aquella memorable final y le faltó entrenar al Athletic, un sueño siempre perseguido y nunca realizado. Desde que dirigió al Sestao, tras un breve paso inicial por el equipo de su pueblo, siempre se dijo que Magu acabaría en el banquillo de San Mamés. Tenía su lógica que quien fuera futbolista excepcional acabara dirigiendo a su equipo y todo el mundo daba por sentado que algún día le llegaría su turno. Pero nunca llegó. Quizá el momento en el que más cerca estuvo fue en la década de los ochenta, en la crisis que se abrió después de los últimos títulos de Liga y Copa. El club buscaba un nombre de referencia, con el suficiente eco como para sustituir en el banquillo a Iribar y para tapar la polémica que corroía a la afición en torno a Javier Clemente. El nombre de Maguregi se pronunció muchas veces aquel largo verano de 1987 e incluso algún periódico de la época dio por hecho su nombramiento, pero finalmente el club eligió a Howard Kendall, que venía con el aval de dos Ligas y una Recopa al frente del Everton.

Aquel fue el último vagón del último tren rojiblanco que pasó por delante de Magu, que se acabó convirtiendo en todo un especialista en asuntos futbolísticamente tan complicados como los ascensos y las permanencias. Así de convirtió en un héroe en Santander, donde llevó al Racing a dos ascensos, o en Almería, a quien hizo debutar en Primera. También estuvo en el Celta y en el Espanyol, siempre viviendo el lado peligroso del fútbol, jugando una final cada domingo para abandonar la miseria de la Segunda o para sobrevivir en el sótano de Primera. Para cuando uno de los llamados grandes se acordó de él, fue el Atlético de Jesús Gil, aquel frenopático en el que los entrenadores entraban por una puerta y salían por otra sin solución de continuidad.

Magu siempre se sentó en banquillos eléctricos, de ahí que nunca hiciera concesiones a la galería. Magu y su autobús dieron para muchos titulares de prensa, bastantes más que Helenio Herrera y el suyo, aquel del que no le hacía falta bajarse para ganar los partidos. Magu necesitaba aparcarlo en su área para arañar el puntito salvador.

José Mari Maguregi fue primero un futbolista y después un entrenador propio de una época que nada tiene que ver con la actual. Fue uno de esos profesionales que se tomaron el fútbol como un oficio esforzado, en el que hay que meter muchas horas y prestar atención a todos los detalles, pero que a cambio devuelve cosas impensables en cualquier otro ámbito, tanto en lo económico como en lo anímico. Hasta que la enfermedad lo impidió, Magu siempre fue el interlocutor perspicaz y divertido que salía por donde menos te lo esperas y te desconcertaba con su mirada pícara. Sabía tanto del fútbol y de sus circunstancias que era imposible no aprender algo cada vez que hablabas con él.

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Un comentario

  1. Con el recuerdo a Maguregui y a ese equipado de 1958.:…y un Koldo jugando con 17 años .