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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic deja claro que el fútbol sigue siendo un deporte de equipo



Aritz Aduriz acaba de dejar atrás a Piqué y sirve el balón que Susaeta transformó en el primer gol. Foto MITXI

Aritz Aduriz acaba de dejar atrás a PIqué y sirve el balón que Susaeta transformó en el primer gol. Foto MITXI

El gol de Herrera en el último suspiro del partido evitó la enésima injusticia del fútbol con el Athletic. No merecían los leones salir derrotados de un choque en el que casi siempre estuvieron a la altura del rival, pero tampoco hubiera sido una novedad que en lugar de los puntos acabaran llevándose un chasco, como ha ocurrido demasiadas veces este año y solo hay que comparar la clasificación y el juego desplegado para comprobarlo. El Athletic no merece seguir mirando con el rabillo del ojo a la zona baja de la clasificación a estas alturas, pero así es el fútbol y así son las cosas de este equipo, capaz de lo mejor y de lo peor en el corto espacio de noventa minutos.

El último choque en San Mamés de dos grandes como el Athletic y el Barcelona, devino en un partido disputado a cara de perro, con los dos equipos discutiendo por cada palmo de terreno y por cada balón. Cien veces han visitado los azulgranas la catedral y casi siempre su presencia ha deparado encuentros vibrantes. El último también lo fue. Fútbol de verdad, sin concesiones a la galería, con entrega total. Se podría hacer un tratado futbolístico con lo que se vio en San Mamés.

Por resumir, podríamos irnos a los orígenes de este deporte, que sus inventores llamaron football association y con cuyo nombre denominaron en el siglo XIX la primera organización encargada de regirlo. Este es el deporte de equipo por excelencia, el juego en el que caben todos, altos y bajos, fuertes y delgados, pesados y livianos, de ahí su popularidad y su grandeza. A este juego pueden jugar Messi y San José, Pique y Muniain, Herrera y Song…

Claro que siempre ha habido figuras individuales cuya grandeza personal ha hecho más grande a este deporte. Y Messi ocupa un lugar prefente, si no el principal en ese olimpo. El argentino es el último, en términos cronológicos, de esa saga de los Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona. Es probable que la historia le sitúe en lo más alto de la pirámide, tiempo tiene para ascender en el escalafón.

El peso de su juego y de sus goles es de tal magnitud que ha acabado por desequilibrar a una maquinaria que roza la perfección. El Barcelona actual tiene dos versiones: una sin Messi y otra con el astro argentino. En la primera es un equipazo plagado de futbolistas que te pueden hacer un traje en cuanto te descuides, en la segunda es un mecanismo de relojería, tic-tac, que da la hora usando tu portería a modo de campana.

Contra ese rival se enfrentó un Athletic que también es capaz de ofrecer varios perfiles del mismo rostro. Cuenta también con futbolistas de peso, pero lo suyo es y ha sido siempre el trabajo en equipo. Si el Barcelona te presenta a los tres tenores, el Athletic es un coro, peor o mejor afinado, pero siempre un orfeón dispuesto a trabajar coordinado. Los rojiblancos tienen un sentido coral del fútbol. Pueden acusar alguna ausencia que desequilibre el conjunto, pero el grupo tiende siempre a compensarlo. El Barcelona también sabe jugar como un grupo pero no puede disimular la ausencia de Messi. Lo dijo Vilanova esta semana. ¡Cómo no va a depender de un futbolista que mete 90 goles en un año y es el mejor del mundo!.

El Barça llegó a San Mamés con casi todo. Faltaba Busquets, un tipo al que apenas se ve pero cuyo juego se nota, vaya si se nota. Se quedaron en el banquillo Messi e Iniesta, entre otros, pero ninguno de los que saltaron al césped era cojo. También faltaba Iturraspe en el Athletic, lo que obligó a Bielsa al enésimo retoque, adelantando a Gurpegui al eje del centro del campo y devolviendo a San José al centro de la defensa. Pero ya está dicho que el Athletic funciona más como un coro que como una suma de solistas y cuando le toca interpretar ante su público, el grupo pasa de once a cuarenta mil componentes y eso suena muy fuerte.

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El Athletic puede mostrar a veces un perfil atolondrado, otras despistado, incluso poner cara de ausente, pero siempre tiene un gesto fiero y más en las grandes ocasiones. Lo que nunca hace el Athletic es volver la cara. Y esta vez tampoco lo hizo.

El Athletic no es el Bayern, ni falta que le hace, pero es capaz de correr y presionar tanto o más que los bávaros. Que se lo digan a los defensas y centrocampistas del Barça, que durante todo el primer tiempo fueron incapaces de enlazar tres pases seguidos, atosigados siempre por un rival. El Athletic salió al campo con las ideas muy claras: ahogar la salida del Barcelona, cortar sus líneas de pase hasta estrangular su juego en el círculo central. Los azulgrana solo pudieron tocar entre el centro del campo y la frontal de su área, terreno inocuo. Atravesar la divisoria era entrar en un campo de minas donde esperaban once fieras. Estuvo entonces enorme Herrera, acudiendo a todas partes, perfectos San José y Ekiza bien escoltados por Iraola y Aurtenetxe, valientes Susaeta y Muniain en las bandas, inteligente Aduriz, destajista como en sus mejores tiempos De Marcos, y afilado Gurpegui para rebañar aquí y allá. A Iraizoz apenas se le vio porque el Barça, todo un Barça, solo pudo cobrar un par de remates hasta el descanso, uno de Alexis a la base del poste y otro lejano de Xavi, ligeramente desviado.

Tampoco es que Valdés tuviera mucho trabajo, pero Susaeta remachó a la red una excelente jugada individual de Aduriz, con bicicleta incluida ante Piqué, y el propio Aduriz cabeceó a las nubes un balón de De Marcos que más que un balón era un regalo con lacito y todo.

No hubo exquisiteces, pero nadie se las pide al Athletic. Al Athletic se le pide exactamente lo que dio ante el Barcelona. Intensidad, concentración, fiereza, espíritu. El fútbol suele acabar por llegar en esas condiciones y también llegó a las botas de los leones. Que su interpretación sea radicalmente diferente a la de los azulgrana es otra cosa. Hay gustos para todo y el fútbol permite muchas versiones.

El segundo tiempo arrancó con un saque de falta que Susaeta estrelló en la cruceta y cuyo rechace envió Aduriz al poste contrario, pero a la vista de que sus solistas no podían con el grupo que tenían enfrente, Vilanova recurrió pronto a su arma definitiva. Messi pisó el césped en el minuto 58 sustituyendo a Xavi y de inmediato comenzó a sembrar el pánico en la retaguardia rojiblanca. Empezó con una arrancada para servir un pase preciso a Pedro cuyo remate repelió Iraizoz. En la siguiente prefirió no confiar en nadie y guisárselo y comérselo solo. Dribló en una baldosa a San José, Gurpegui y Herrera y colocó el balón pegadito a la base del poste lejos de los guantes de Iraizoz. Un golazo propio de una superestrella, un mazazo que dejó groggy a un Athletic que ya había empezado a mostrar algunos síntomas sospechosos. Es verdad que todo el Barcelona creció bajo el influjo de Messi, pero no es menos cierto que algunos rojiblancos colaboraron activamente con algunas perdidas de balón que son como puñaladas traperas para el equipo. Tres minutos después el propio Messi desvió de cabeza un centro de Alba para que Alexis volteara el marcador desmarcado en el área pequeña.

Todo pareció perdido entonces y quien más quien menos se afanó en el ejercicio de autoconvencerse de que, bueno, a fin de cuentas, el Athletic había plantado cara con mucha dignidad y que perder contra el Barcelona siempre entra dentro de lo probable. Los que no pensaron lo mismo fueron los jugadores del Athletic y el público de San Mamés. Fue un ejercicio colectivo de fe, de negarse a la resignación pese a lo duro del golpe. El Athletic se levantó como el boxeador noqueado, por puro reflejo, sostenido más por el instinto de supervivencia que por el sentido común. Ya no había fútbol en San Mamés, era otra cosa, era la magia de un estadio mágico que sujeta al equipo cuando está a punto de caer. El Athletic y San Mamés fueron una vez más un equipo, muy grande incluso para un gigante como el Barcelona. San Mamés dirigió el balón que centró De Marcos hasta la bota de Herrera y cuarenta mil almas empujaron el remate del centrocampista. A lo mejor en aquel instante alguno pudo entender que la vieja catedral no es comparable a ningún otro escenario.
Reportaje gráfico: MITXI

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