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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic dio la cara… y se la partieron



Aduriz mantuvo una gran pugna con Piqué durante todo el partido. Foto AC

Aduriz mantuvo una gran pugna con Piqué durante todo el partido. Foto AC

Nada que objetar. El Athletic no puede apelar a nada para justificar el severo correctivo que le aplicó el Barcelona en San Mamés. Si cualquier enfrentamiento con el equipo blaugrana ya es un problema en sí mismo, si encima no tienes ni pizca de suerte, el desenlace está cantado. Para ganar a este Barcelona hace falta una conjunción astral que anoche no se produjo en el cielo de San Mamés. Hace falta que los blaugranas tengan ese día tonto que todos los equipos sufren de vez en cuando; es imprescindible que uno mismo alcance la perfección durante los noventa minutos y, por último, es necesaria esa gota de fortuna que siempre aparece en los partidos con final feliz. Ninguna de esas circunstancias se produjo anoche en la catedral. El Barcelona estuvo especialmente inspirado, el Athletic estuvo siempre bastante lejos de la perfección, y la suerte fue esquiva con los rojiblancos en los momentos clave del partido.

Puede decirse que el Barcelona empezó a ganar el partido cuando peor estaba jugando. La puesta en escena del Athletic fue intimidatoria, con una presión muy adelantada que creó bastantes problemas al rival a la hora de sacar el balón de su propio terreno. En esos primeros minutos, el Athletic cobró un par de saques de esquina y un remate mordido de Aduriz que se fue por encima del larguero. Suficiente para confirmar que los de Valverde habían salido dispuestos a todo y, lo que era mejor, lo estaban consiguiendo.

No lograba el Barcelona salir con claridad y sus hombres más adelantados se tenían que buscar la vida por su cuenta, fiándolo todo a su habilidad individual. Digamos que el Barcelona inquietaba más por la apariencia que por hechos concretos.

La ilusión duró un cuarto de hora. Muniain controló un balón con el brazo en una maniobra perfectamente prescindible, el árbitro señaló la infracción y el golpe franco botado por Messi acabó con el balón en la portería de Iraizoz después de tocar en las cabezas de Laporte y Susaeta, en la barrera, descolocando al portero. Era el primer tiro a puerta del Barcelona.

El gol tranquilizó a los de Luis Enrique, que empezaron a desarrollar todo su fútbol explotando todas sus virtudes y todas las debilidades del Athletic, que afloraron de golpe. Valverde se decidió por colocar a San José y Rico por delante de la defensa, con Unai en la media punta y Susaeta y Muniain en las alas. A la vista del desarrollo del partido habrá que convenir en que no fue la decisión más acertada. Claro que el problema es descubrir cuál hubiera sido una apuesta más segura.

La presión adelantada del Athletic se diluyó pronto porque entre las características de Unai López no está precisamente su poderío físico para perseguir el balón o a los defensas contrarios. Aduriz se tenía que encargar de eso, pero era poco dique para tanta ola. El Barcelona llevaba el balón con mucha facilidad hasta el centro del campo, y entre la calidad de Busquets, Xavi y Rakitic y las constantes ayudas que recibían de Messi, Neymar y Suárez, la superioridad del Barça en la zona ancha pasó de agobiante a aplastante con el transcurso de los minutos.

El balón y los rivales se movían siempre a demasiada velocidad para San José, y Rico no podía apagar el incendio con un extintor. Los de Luis Enrique llegaban en oleadas al área del Athletic. Iraizoz hizo la parada de la noche repeliendo un cabezazo a bocajarro de Suárez, desmarcado en el área pequeña, pero no pudo con el siguiente remate del uruguayo, llegando desde atrás para machacar un balón que le dejaron en el área con lacito y todo, tras un contragolpe de Messi.

Un cabezazo de Aduriz a centro de Balenziaga, pudo devolver al Athletic al partido, pero la cepa del poste negó a los rojiblancos ese golpe de suerte que necesitaban para sacar la cabeza y respirar. El hecho de llegar al descanso con una desventaja de dos goles no fue mal recibido por un San Mamés que veía que su equipo caminaba por el borde del precipicio que conducía a la debacle.

En situaciones así caben dos posibilidades: protegerse un poquito para capear el temporal o liarse la manta a la cabeza y morir matando. Ya se sabe que en estos casos, el Athletic tiene una tendencia natural a elegir la segunda opción. Al fin y al cabo, su historia también se ha escrito con capítulos que tienen más de épica que de fútbol. Así que el Athletic regresó del vestuario con espíritu legionario, dispuesto a inmolarse en busca de la gloria. No importaba que el Barcelona siguiera jugando con suficiencia, ni que Aurtenetxe tuviera que sustituir a un Balenziaga tocado; no estaba la noche para debates de ese tenor. Unai tuvo en su bota izquierda una buena ocasión para batir a Bravo en el segundo palo, pero eligió rematar con la derecha y el balón se fue fuera. Pero casi a continuación recurrió a su calidad para dar un gran pase en profundidad a Aduriz; el delantero remató con toda su alma y Rico acabó llevando a la red el rechace corto de Bravo.

El Athletic se metía milagrosamente en el partido y la catedral se disponía a desempolvar el libro de historia para escribir otro capítulo que contar a los nietos. El espejismo duró exactamente tres minutos, el tiempo que tardó el Barcelona en trenzar otra jugada de encaje que acabó de una manera un tanto cutre, con un remate defectuoso de Messi que entró en la portería tras tocar en el cuerpo de De Marcos. El Athletic hubiera necesitado al menos diez minutos para asimilar el gol de Rico y preocupar al Barcelona, pero lo que ocurrió fue que cinco minutos después del gol de Rico, el Athletic ya perdía por 1-4, porque, sin tiempo para contar el tercero, Neymar culminó una gran jugada colectiva de todo el Barcelona, para hacer el cuarto.

Lo que vino después es mera anécdota. Aduriz volvió a acortar distancias, pero el Athletic ya era un pollo sin cabeza, que seguía corriendo y persiguiendo sombras por puro instinto. No hay nada que objetar a la derrota. Ni siquiera Mateu Lahoz puede servir de excusa en esta ocasión, porque para cuando expulsó a Etxeita todo el pescado estaba más que vendido, y la patada del central rojiblanco a la rodilla de Suárez fue merecedora de la tarjeta roja. Es verdad que Mateu ganaría credibilidad si, por ejemplo, en el primer tiempo hubiera mostrado la cartulina amarilla a Piqué por una zancadilla a Aduriz al borde del área, con su bota más o menos a la misma altura. Pero eso lo haría un arbitro bueno, y nadie, salvo sus gruppies, está diciendo que Mateu lo sea.

El Athletic tiene que agradecer que Neymar sea brasileño y se empeñara en llevar el balón a la red haciendo florituras delante del portero. Si llega a ser alemán y le da por chutar como han hecho los delanteros toda la vida, hubiera fundido el marcador de San Mamés.

Los de Valverde cosecharon una derrota que entraba en todas las previsiones, así que, aunque valgan lo mismo, los puntos que volaron de San Mamés duelen menos que otros que se perdieron ante rivales que se parecen a este Barcelona como un huevo a una castaña. Es más, a la afición, que es soberana, no le afectó el correctivo y despidió a sus jugadores como héroes caídos. Es un clásico de un San Mamés que exige que el equipo de la cara en cualquier circunstancia… aunque se la partan.

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