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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic, en el vértigo del tobogán



Un gran cabezazo de Raúl García propició el primer gol de Williams. Foto AC

El día que vea a Estrada Fernández sacar esas dos tarjetas amarillas a Modric o a Busquets, por decir dos nombres al azar, señalaré a Susaeta como único responsable del estropicio que sufrió el Athletic en la segunda parte de su partido contra el Betis. Mientras eso no ocurra, o sea, mientras no vea desfilar a Modric o a Busquets, por decir dos nombres al azar, por dos entraditas, sobre todo la primera,  como las de Susaeta en el Villamarín, seguiré pensando que mejorar el arbitraje depende de muchos más factores que la implementación del famoso VAR o de la ampliación del trío arbitral de toda la vida a una cuadrilla que ríase usted de la cuerda de barítonos de la Coral de Bilbao.

Estrada Fernández enseñó nueve tarjetas amarillas en un partido de guante blanco en el que no hubo la mínima fricción y en el que los auxiliares no tuvieron que salir ni una sola vez a asistir a algún lesionado. Demasiadas a todas luces, y demasiado mal repartidas, siete para el Athletic y dos para el Betis, en cualquier caso. ¿Se equivocó Susaeta?. Sí, sobre todo en la segunda acción, la que en definitiva le costó la expulsión, porque para entonces ya sabía la alegría con la que Estrada se llevaba la mano al bolsillo. Digamos que árbitro y jugador se equivocaron a medias.

Tiene sus riesgos presionar como quiere Berizzo que lo hagan sus hombres. En la primera acción, Susaeta quiso robar un balón en la zona defensiva del Betis; en la segunda, estaba tapando el flanco derecho de la defensa de su equipo. Su expulsión fue determinante y propició que el Athletic no culminara una victoria a la que se hizo acreedor en un primer tiempo espectacular.

Era el estreno del Athletic fuera de casa esta temporada y había curiosidad para ver cómo se desenvolvería el equipo lejos de San Mamés. Hubo buenas noticias en el Villamarín a este respecto. Si éste es el Athletic que vamos a ver cuando viaje, hay razones fundadas para el optimismo. Este equipo sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Y, lo que es mejor,  parece evidente que Berizzo ha convencido a sus jugadores y estos se aplican sobre el césped con la fe del converso.

El técnico, por su parte, ya ha dejado claro su gusto por adaptar sus alineaciones a las circunstancias de cada partido. Recurrió al hasta ayer inédito Balenziaga para tapar el lateral izquierdo, adelantando unos metros la posición de Yuri Berchiche, habitual titular de la plaza. Con esta especie de doble lateral, cerró ese costado y reforzó la línea de presión hasta límites insospechados para un Betis al que le gusta mover la pelota con tranquilidad y el rival mirando desde lejos. En el otro lado eran De Marcos y Susaeta los que hacían de espejo mientras que por dentro Dani García y Beñat formaban una barrera que reforzaba por delante un Raúl García en plan gladiador, con Williams echando siempre una mano generosa.

El Betis se vio sorprendido y acogotado por una presión feroz en su propio campo, prácticamente en la frontal de su área. Sus intentos por salir con la pelota jugada apenas rebasaban el círculo central. El Athletic robaba y robaba, pero además, jugaba y jugaba, moviendo el balón con criterio de lado a lado, sin remilgos para retrasarlo buscando siempre una salida cómoda. No era el del Athletic, ni mucho menos, ese tiqui-taca tontorrón que no conduce a nada, ni buscaba esa posesión que solo sirve para adornar la estadística. Una larguísima posesión, en la que participó prácticamente todo el equipo, acabó con el balón en los pies de Balenziaga en posición de extremo; su magnífico centro lo cabeceó Raúl García como mandan los cánones, de arriba a abajo y con violencia. Pau López hizo la parada de la noche, pero la pelota volvió a la cabeza de Raúl, que tuvo tiempo y visión para ceder a Williams quien remató a la red a bocajarro.

El Athletic había necesitado solo seis minutos para hacerle un boquete al Betis en la línea de flotación. Con el equipo de Setién totalmente desorientado, otro robo en la salida de los andaluces propició un disparo lejano de Raúl García raso, seco y pegado a la base del poste, inapelable, un monumento al remate a gol. Diecisiete minutos había consumido el partido, apenas el primer asalto, y el Betis estaba en la lona con la boca abierta y la mirada turbia.

El Athletic caminaba decidido hacia una victoria sobre la que apenas cabían dudas aunque quedara más de medio partido. El Betis solo llegaba al área de Simón a base de correrías individuales de Canales, Joaquín o Lo Celso, intentos que hablaban más de desesperación que de un plan definido.

La familia rojiblanca se las prometía muy felices contemplando la vida desde lo más alto del tobogán. Pero entonces ocurrió lo imprevisto. Una ráfaga de tres amarillas consecutivas en siete minutos, a Susaeta, a Yeray y de nuevo a Susaeta, arruinaron el partido cuando los dos equipos ya estaban prácticamente enfilando el túnel de vestuarios.

La ausencia de Susaeta descompuso todo el sistema que tan bien le había funcionado al Athletic en la primera parte. La falta de una de las piezas más importantes atascó todo el mecanismo. A los rojiblancos les faltaba un peón para presionar arriba y optaron por ceder terreno, demasiado terreno, y esperar metidos prácticamente en su área. El zapatazo de Bartra nada más reiniciarse el partido, complicó más las cosas porque dio vida al Betis y llenó de dudas al Athletic. La mano blanda de Simón, tampoco colaboró, aunque el portero se desquitaría minutos después repeliendo un trallazo raso de Loren, cuando el empate ya llevaba instalado tres minutos en el marcador.  Berizzo maniobró dando entrada primero a Capa por Raúl, y más tarde a San José por Beñat. El calor, el cansancio y el ataque constante del Betis obligaron al Athletic a batirse en retirada, aunque siempre quedará la duda sobre su capacidad de minimizar los daños de la expulsión con otro tipo de soluciones.

El equipo cayó en picado desde lo más alto del tobogán hasta el suelo, aunque en el último momento consiguió evitar una costalada más grave y acabó encerrado, sí, pero sin que el Betis consiguiera un triste remate que llevarse a la boca salvo un cabezazo a bocajarro de Sanabria que buena parte del campo, banquillo local incluido, cantó como gol. Hubiera sido muy injusto y demasiado cruel para un equipo que fue muy superior mientras estuvo en el campo en igualdad de condiciones y supo sufrir con generosidad desde la inferioridad numérica.

 

 

 

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