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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic es un islote de estabilidad en un territorio convulso



La crisis económica y la mala gestión del fútbol están alejando a los aficionados de los estadios

La crisis económica y la mala gestión del fútbol están alejando a los aficionados de los estadios

Fútbol y economía entrelazan sus caminos. Los tiempos de crisis nunca son buenos para los que se dedican profesionalmente al negocio del balón. Ni para los que juegan, ni para los que dirigen los equipos. El modelo está montado para manejar grandes cantidades de dinero y si los ingresos no son los ideales, todo se va por el sumidero. La bajada de asistencia del público a los campos es un hecho en la mayoría de los equipos del campeonato. También lo es que el negocio del extrarradio (merchandising de los clubes, venta de productos televisivos y la influencia de los días de fútbol en sectores comerciales) se mueve en unos números muy inferiores a las de cinco años atrás, cuando las camisetas oficiales de los equipos se compraban al ritmo de calzoncillos y siempre había candidatos a hacerse con las entradas más caras de cada partido, esas que para los seguidores alemanes suponen lo mismo que pagar el primer plazo del alquiler de un apartamento para unas vacaciones a orillas del Mediterráneo.

Las deudas saltan de mano en mano y sus posibilidades de cobro se fían a un futuro halagüeño y se disfrazan con leyes concursales y aplazamientos millonarios en los pagos pendientes con Hacienda. Así que hay clubes que reciben trato de gran empresa por el único motivo de que hacer con los poderosos lo que ordena la ley sería ir contra el sentimiento de millones de votantes, que aunque las pasen canutas viven con la bendita inconsciencia de sentir el escudo de su club con más voluntad de pertenencia que su propia sangre.

El Athletic, como tantas otras cosas en este curioso teatro que es el fútbol, vive al margen de la mayoría de los males de los que pueden hablar los presidentes cuando se juntan en las reuniones de la RFEF, institución que también está empapada de actitudes reprochables, sobre todo en la composición de una tremenda junta directiva en la que hay sujetos a los que nadie quería en sus respectivos clubes pero que sí tienen cabida en la casa madre. El club rojiblanco puede presumir de ser uno de los pocos que paga los sueldos al día; que tiene dinero en caja; que proyecta un campo que terminará y pagará en forma y en el que hay aficionados esperando para estrenar localidad como los niños de los 80 esperaban la Primera Comunión para recibir como regalo estrella un reloj digital water resistant.

El rojiblanco, por tanto, es un club islote en mitad de una red de problemas. No hay otro igual en el norte peninsular, que siempre se ha tenido por un lugar de buenos tratos. El Athletic ha contado con varias opciones para aprender puesto que los trompazos de conocidos y amigos han sido repetidos. En el ámbito más cercano, la sangría la inició el Alavés, que fue de los primeros en creerse que el dinero ruso le iba a hacer grande. El conjunto babazorro, que ahora peleará por regresar a Segunda División A para sentirse otra vez parte importante del entramado, tocó fondo hasta el punto de estar al borde de la desaparición. La Real, crecida en esta entrada de mayo con sus opciones de clasificarse para la próxima edición de la Liga de Campeones, no ha sido menos y también ha estado con la daga tocándole el cuello. Dejó atrás una concursal y ha conseguido salir del atolladero aunando un buen rendimiento económico y una muy buena gestión deportiva. Costaría adivinar cuál de las dos vertientes ha sido mayor motor para su escalada, pero la convergencia de los dos caminos es lo que ha girado la proa de nuevo hacia el optimismo.

En el círculo de confianza más próximo para el Athletic queda Osasuna, al que los rojiblancos ya echaron una mano en la época de José María Arrate y que siempre ha tenido al club de Ibaigane como uno de sus mejores clientes a la hora de fichar. A los rojos les va la vida en mantener la categoría porque el descenso traería problemas de caja y de vestuario, ya que hay futbolistas que tienen firmado en sus cláusulas de rescisión salidas a bajo precio.

En esa batalla por la permanencia hay otros tres clubes con líos a la vista si acaban colgados del gancho del descenso. Celta y Deportivo, que ya han conocido hace no mucho tiempo la Segunda División, pueden ser pasto de un daño mayor que la concursal en caso de decir adiós a Primera. El fracaso deportivo afloraría la enfermedad económica y entre las dos terminarían por convertir el club en una ruina, que es de lo que lleva meses escapando el Zaragoza, también amenazado de derribo.

El invierno es perenne para los clubes que creyéndose con opciones de perpetuarse en Primera ven cómo un doble sopapo deportivo y económico les aparta del escaparate. Descender en estas condiciones es comprar una serie entera de boletos para terminar en el olvido. Es lo que en pocas fechas le puede ocurrir al Racing, que apunta a Segunda B y quizá venga con ello a un cierre patronal y de aficionados. Logroño es otra de esas plazas que se han perdido por el camino. Allí todavía siguen porfiando para saber quién es el Logroñés verdadero. ¿Imagina una discusión sobre quién es el Athletic de siempre? No es posible. El Athletic es un islote de estabilidad en un territorio convulso.

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