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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic hizo lo justo para cumplir el expediente



Borja Viguera también marcó en San Mamés y se convirtió en el verdugo del Alcoyano. Foto AC

Borja Viguera también marcó en San Mamés y se convirtió en el verdugo del Alcoyano. Foto AC

Hace unos años, cuando toda la jornada de Copa se jugaba a las ocho de la tarde del miércoles, la afición de San Mamés hubiera despedido con una ovación al Alcoyano y con una pitada al Athletic como para que los chicos tuvieran un zumbido en los oídos hasta la sesión de baño y masaje. Pero eso hubiera sido hace muchos años, cuando las cosas del fútbol parecían más claras que ahora, cuando la grada premiaba y castigaba según lo que veía en el césped. Ahora todo es más confuso y se empieza a difuminar la línea que separa lo bueno de lo malo. Ahora pega un rojiblanco un pelotazo a la tribuna alta y la respuesta es ‘Athletic gu gara’; falla otro un pase a dos metros y la parte más ruidosa del respetable perpetra el himno de la URSS o ataca el Txoria txori en versión dodecafónica. No me digan que el surrealismo no ha llegado al fútbol.

Han cambiado los códigos de este espectáculo, está claro. Antes en los campos había pitos, aplausos y unos pañuelos polisémicos, que lo mismo servían para celebrar un golazo excepcional, que para pedir la oreja del árbitro o la cabeza del entrenador local. Todos nos entendíamos. Ahora es más difícil interpretar lo que pasa.

A lo mejor es porque anoche no pasó nada en San Mamés y para interpretar el vacío hay que tener la visión espacial de Oteiza. No es la primera vez que ocurre en este tipo de eliminatorias. Los más veteranos de San Mamés han visto unas cuantas. Y los de los otros campos, también. Todos los equipos guardan algún cadáver en el armario. Anoche no pasó nada en San Mamés, dicho sea en el más amplio sentido. Es decir, no pasó nada extraordinario como para alarmar a nadie, y no pasó nada en términos futbolísticos.

Menos mal que Valverde, conocedor de la materia prima que maneja, se tomó la cosa en serio y presentó una alineación con muchos titulares y un dibujo definido. Al menos guardó las apariencias y envió un recado a sus chicos y a los que tenía enfrente: el míster no quiere sorpresas. El problema en estos casos es que por muchos titulares que aliste el técnico, estos no suelen salir al campo con el espíritu de combate de los gurkas precisamente.

Es un mal general pero no por extendido es justificable. En este tipo de partidos el equipo grande suele empezar con cierta indolencia, lo que permite crecerse al pequeño, muchas veces se produce un intercambio de papeles y al final uno no sabe quién es el grande y quién el pequeño.

El Alcoyano se presentó en San Mamés a jugar su partido del año, a disfrutar de un acontecimiento extraordinario. Su técnico dispuso un dibujo equilibrado, con una linea de cinco para defender, pero con tres hombres en punta a la hora de atacar. Consiguieron anular a la delantera rojiblanca, la línea donde más novedades había con Ibai en la izquierda, Guillermo en el eje, Viguera en la media punta y Susaeta en la derecha, y fijaron de alguna manera a los centrales de Valverde, que no se pudieron permitir demasiadas alegrías.

El Athletic dispuso ayer de dos organizadores, Iturraspe y Beñat, pero en fútbol no siempre uno más uno suman dos. El encargado de intentar reventar el sistema defensivo del Alcoyano fue casi siempre Susaeta por la banda derecha, con alguna colaboración de De Marcos. El resto se fue enredando, enredando, como el musguito en la piedra, que cantaba la gran Violeta Parra. Y tanto se enredaron los rojiblancos que su fútbol se fue haciendo más espeso que un bocadillo de polvorones.

En San Mamés no pasaba nada; solo los minutos, con el balón de aquí para allá, lejos de las dos porterías. El resultado del partido de ida concedía al Athletic una ventaja que le permitía emplearse con parsimonia, a la espera, sin sufrir nunca la sensación de que la eliminatoria corría peligro. Pero en un duelo de estas características, al grande hay que exigirle algo más que comportarse con el espíritu rutinario de un empleado en su oficina. Que la primera ocasión llegue sobre la media hora no es de recibo se mire como se mire.

Y esa primera ocasión puso en evidencia a Guillermo, el nueve titular ayer y el delantero en el que parece que Valverde y Lezama han depositado sus esperanzas para relevar al hoy por hoy imprescindible Aduriz. Guillermo se quedó solo ante el portero, pero no acertó a superarle. El rechace lo recogió Viguera quien, sin pensárselo y al primer toque disparó a puerta, pero un defensa salvó el gol bajo los palos. La jugada marcó la diferencia entre un neófito que ha jugado un rato y medio en Segunda B y un delantero que ha sido el mejor artillero de Segunda. Después del descanso, Guillermo tuvo otra ocasión al menos igual de clara, fallada más estrepitosamente si cabe. Susaeta se marcó la jugada del partido, remontó la línea de fondo y dio el pase de la muerte a Guillermo, desmarcado en el pico del área pequeña. El ariete le pegó al aire y se quedó con el molde. Fue una de esas jugadas que hacen mucho daño a un chico que empieza en el duro oficio de meter goles.

No fueron las dos ocasiones que falló Guillermo lo peor. Los goleadores más laureados esconden varias de esas en el cajón de su memoria. Más preocupante fue una jugada que se produjo mediado el primer tiempo. Guillermo se encontró con un balón en ligera ventaja sobre su marcador a diez metros de la media luna del área. Su primera reacción, instintiva, fue mirar hacia atrás en busca de compañía; la segunda, iniciar una carrera en diagonal, como buscando refugio en su marcador, alejándose de la portería en lugar de encararla en vertical aprovechando su ventaja, que es lo que hubiera hecho un killer del área. Habrá que ver si solo fue un pecado de juventud que se cura con el tiempo, o un síntoma que evidencia falta de instinto.

Afortunadamente para el Athletic, quien sí que tiene capacidad de resolución en el área es Viguera. Susaeta le dejo solo ante el portero con un magnífico pase en profundidad y el delantero no falló. Control, regate al portero, y balón a la red en dos movimientos.

Lo que ocurrió después del descanso, mejor olvidarlo cuanto antes. Solo faltó que pusieran una nana en la megafonía para que el personal, el de la grada y el del campo, empezara a roncar. El primer y único tiro del Alcoyano llegó cuando el árbitro ya estaba mirando el reloj. Herrerín ni se manchó los guantes; pero su colega Zabal, tampoco, todo hay que decirlo.

En estos casos es mejor recurrir al tópico ese del objetivo cumplido. El Celta ya espera al Athletic y seguro que entonces será otra cosa. De partidos como el de anoche no se pueden sacar conclusiones. Forman parte del peaje que hay que pagar casi todos los años a estas alturas de la Copa y en estos casos la mejor noticia suele ser la ausencia de noticias.

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