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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic reacciona a tiempo para empatar el derbi



Oscar De Marcos marcó el gol del empate rematando un excelente servicio de Susaeta. Foto AC

Oscar De Marcos marcó el gol del empate rematando un excelente servicio de Susaeta. Foto AC

Después del empate registrado en el derbi queda la sensación de que el reparto de puntos deja más contento al Athletic que a la Real. Para empezar, se jugaba en Anoeta y eso, por mucho que el tópico diga lo contrario, influye, vaya si influye. Así que un empate fuera de casa en un partido que se torcíó en el minuto dos, tiene que ser bienvenido, incluso a pesar de que durante media hora de la segunda parte el Athletic jugó para ganar. En el balance general el resultado hace justicia a lo que se vio bajo la lluvia donostiarra. Por resumirlo, hubo un tiempo para cada equipo, poco juego, mucha tensión e incertidumbre hasta el pitido final. Vamos, como casi siempre.

Al Athletic le cazaron en frío en la primera ocasión en la que la Real se hizo con el balón. Los de Valverde empezaron bien, jugando en campo contrario, combinando con la mira puesta en la portería contraria y hasta forzando algún corner. Todo eso es cierto, lo malo es que solo duró dos minutos, ciento veinte segundos, nada. Cuando la Real consiguió un balón, lo llevó tan ricamente al área de Iraizoz para que Vela marcara de cabeza, completamente desmarcado en el área pequeña. La jugada tiene su historia. El primer centro fue cabeceado, por decir algo, por un Finnbobasson completamente solo en la boca del gol. Lo que ocurre es que su remate salió tan desviado que se fue al otro lado del área, donde estaba Chory Castro, también en absoluta soledad. El uruguayo pudo tomarse su tiempo para mirar el paisaje, calibrar el centro y poner la pelota en la cabeza del mexicano Vela cuando De Marcos acudía desbocado a tratar de enmendar lo que ya era irreparable. El desajuste defensivo de los rojiblancos era de proporciones catedralicias.

Finnbogasson y Vela, el involuntario iniciador de la jugada y el letal ejecutor, resumen en cierta medida lo que es esta Real. Ves a jugar a Vela durante el primer tiempo y te preguntas qué hace un tipo de su calidad en un equipo como la Real, en lugar de estar forrándose en la Premier, por ejemplo. La respuesta te la da el propio jugador en el segundo tiempo, sacando del cartel de cerrado por vacaciones. Del otro delantero, después de quince jornadas sabemos que tiene nombre de mueble del Ikea y que su trascendencia en el juego de ataque es, efectivamente,similar a la que tendría un taburete que colocara Moyes en el punto de penalti. Si el Athletic llegó vivo al descanso fue, en gran medida, gracias a que la Real no tuvo las suficientes herramientas para sacar partido de la superioridad de su juego.

El gol en frío noqueó a los rojiblancos, que estuvieron flotando sobre el césped de Anoeta hasta el descanso, a ratos completamente a merced de una Real que, como queda dicho, tampoco supo rematar la faena. Ves jugar a Iturraspe en el primer tiempo y te preguntas cómo demonios se puede tener tan poco espíritu y tanta irresponsabilidad jugando en Primera División. Afortunadamente, la respuesta te la da el propio jugador tras el descanso cuando sobreponiéndose al desastre anterior, renace de sus cenizas, se coloca los galones en los hombros y se pone a dirigir las operaciones.

El primer tiempo se les hizo muy largo a los leones que, a duras penas, pudieron dedicarse a capear el temporal. Imprecisos hasta la desesperación, regalando el balón a la Real una y otra vez, lentos en los cruces, blandengues en las disputas… vamos que el vecino de localidad te habla en ruso y acabas convencido de que una máquina del tiempo te ha devuelto a Borisov.

Hubiera bastado que entre todos los rojiblancos hubieran acumulado al mitad de la energía y la decisión de Markel Bergara, la verdadera clave de bóveda de la Real, para equilibrar aquello. Pero no hubo manera. Los de la Real jugaban el derbi como siempre lo juegan, como el nervio y el espíritu de combate que requiere el partido más importante de su temporada, y los del Athletic estaban en el campo porque les habían llevado en autobús. Si hasta el habitualmente gélido Xabi Prieto parecía el Capitán Trueno…

Las noticias que llegaban desde el marcador eran las mejores para el Athletic en el descanso. Alcanzar vivos el calor del vestuario era casi un milagro. Una rápida composición de lugar decía que si jugando tan mal solo se perdía por un gol, la más mínima mejoría tendría que aportar una gran rentabilidad.

Se supone que Valverde les explicaría el asunto con detalle a sus chicos. Lo cierto es que regresaron del vestuario con otra cara y, sobre todo, con otro talante. Volvieron con pinta de futbolistas y empezaron a tratar el balón como lo que es, no como un objeto sospechoso que es mejor alejar de uno cuanto antes. Rico empezó a recuperar, Iturraspe a repartir, Unai a moverse entre líneas, y así todos, cada uno a lo suyo y subiendo la intensidad hasta el nivel exigible. Cuando el Athletic se puso serio apareció la Real de diario, el equipo ramplón que lo fía todo a la brillantez de un delantero que les saca las castañas del fuego habitualmente. El problema es que ese delantero había cerrado la ventanilla y no atendía.

A medida que pasaban los minutos crecía el juego del Athletic y crecía el miedo en el mismo Anoeta que tan felices de las había prometido apenas media hora antes. Valverde acababa de colocar a Viguera en el sitio de Unai López cuando Susaeta se sacó el mejor pase del partido para que De Marcos fusilara a placer a Zubikarai. Los papeles se invirtieron en este gol. Ahora fue Chory el que se quedó mirando con cara de sorpresa la irrupción en el área de De Marcos como una locomotora.

La Real se vino definitivamente abajo y los cambios de Moyes no reanimaban el conjunto. Pero los derbis en Donostia se suelen convertir muchas veces en una crónica de sucesos para el Athletic. Cuando los rojiblancos se disponían a buscar el segundo gol, Laporte se ganó la segunda amarilla. Nada que objetar en ese caso concreto. Lo discutible es que un equipo reciba cinco tarjetas amarillas y el otro ninguna. Tampoco es nada nuevo, teniendo en cuenta que en toda la historia de la Liga doce rojiblancos han sido expulsados en los derbis en Donostia, por ningún txuriurdin.

Lo cierto es que la expulsión de Laporte cortó en seco las aspiraciones del Athletic y obligó a Valverde a sacar a Gurpegui sacrificando a Susaeta para aguantar el marcador. La Real quiso aprovechar la segunda oportunidad que le brindaba el partido, y a punto estuvo Canales de conseguirlo, a balón parado, primero y en la última jugada del partido. Cuando Fernández Borbalán pitó el final en Anoeta flotó la sensación de que el que ríe el último ríe mejor.

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