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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic releva al BATE Borisov como peor equipo del grupo



Iker Muniain fue el jugador más activo de un Athletic irreconocible

Iker Muniain fue el jugador más activo de un Athletic irreconocible

Analizar al Athletic por su partido ante el BATE Borisov sería injusto además de una crueldad innecesaria. Más vale aplicar a estos chicos el atenuante de la enajenación mental transitoria, hacernos la fantasía de que el agua de Borisov lleva algo raro que les sentó mal, una historia que explique el alucinado y alucinante comportamiento de todo el equipo a lo largo de noventa minutos sonrojantes, de una sucesión de acciones de vergüenza ajena.

Dicen que el fútbol es un estado de ánimo y es verdad. Los jugadores del BATE Borisov, que a pesar de venir de encajar un 6-0 en Oporto afrontaron el partido con espíritu legionario, acabaron creyéndose la reencarnación del Brasil del 70 o la versión actualizada del Milan de Sacchi. El Athletic por el contrario está atravesando una fase penosa. El equipo está sumido en una depresión que le hace irreconocible. Definamos en pocas palabras, que es como mejor se entienden las cosas: el equipo está atontado, así, dicho sea sin anestesia. Es el primer adjetivo que le viene a uno a la cabeza cuando ve a los rojiblancos fallar pases a cuatro metros, hacer controles con la espinilla, chutar con la uña, mirar los desmarques de los rivales como las vacas miran pasar al tren… ¿Que por qué ocurre todo eso?. Es lo que llevamos preguntándonos hace un mes pero nadie acierta con la respuesta.

Después de más de un año en el banquillo del Athletic, tenemos algunas claves para interpretar los estados de ánimo de Valverde a lo largo de los partidos. Toquero, por ejemplo, nos da la medida del nivel de desesperación del míster. Si Valverde recurre a Toquero es porque su siguiente decisión sería cortarse las venas. Ayer apareció el delantero a falta de trece minutos como una invocación a los hados; hubiera hecho falta algo más, una aparición mariana por lo menos, para que el Athletic pudiera enderezar lo que con tanta dedicación se empeñó en torcer prácticamente desde el primer minuto.

Todo lo que ocurrió en el Borisov Arena fue malo para el Athletic, pero quizá incluso peor que la derrota y el espectáculo que estaba dando el equipo, fue la imagen de un Valverde abatido, al borde de la desesperación, sentado impotente en el banquillo, que nos ofrecieron las cámaras cada vez que le enfocaron. Y no es que Valverde sea precisamente un Simeone o un Luis Fernández uno de esos técnicos que se montan su propio numerito en la banda, pero sí es un entrenador activo que se levanta, grita y corrige. En Borisov se le vio siempre hundido, incrédulo ante lo que estaba viendo, tapándose la cara con las manos, como negándose a contemplar la triste realidad que tenía delante.

Analizar la alineación o la disposición táctica no tiene demasiado sentido porque el rosario de despropósitos y de errores individuales de todos los que saltaron al campo hace inútiles todas las charlas tácticas y las instrucciones que pudiera dar no ya Valverde, sino todo un ejército de entrenadores. El equipo se sostuvo a duras penas en el campo hasta el primer gol, encajado en un corner peinado en el primer palo y rematado a puerta vacía en el segundo; vamos una de las acciones más elementales del fútbol.

El equipo se vino abajo y no encontró a nada ni a nadie a qué agarrarse. Si antes no había sido capaz ni de asomarse al borde del área contraria, el gol fue como una inyección de adrenalina para el BATE y un puñetazo al hígado para el Athletic. Lo que hasta entonces había funcionado a duras penas, se desmoronó como un castillo de naipes.

Se puede perder de muchas maneras pero la de Borisov fue una de las peores. Al Athletic le ganaron con sus propias armas. Los bielorrusos se impusieron porque se emplearon con más fe, con más energía, con más garra. Vamos, que si en la grada empiezan a cantar “solo hay un BATE y es de Borisov”, aquello hubiera parecido el San Mamés de las mejores tardes con el equipo local barriendo y ridiculizando al visitante a base de correr, de chocar, de anticiparse, de ganar todas las disputas.

Porque el BATE, bien mirado, sigue siendo un equipo justito que tiene más ilusión que juego y tres o cuatro futbolistas que, al menos contra el Athletic, rindieron a muy buen nivel si por buen nivel se entiende tener velocidad, sentido de la anticipación y confianza en sus posibilidades y si admitimos que enfrente tuvieron un rival con el que medirse.

Al Athletic le cayó encima además todo el peso de la Ley de Murphy y encajó el segundo gol tras desviar Iraola el remate del delantero rival. Mala suerte, sí, pero si retrocedemos en la jugada con la moviola descubriremos en el origen una defensa blandísima y una incapacidad manifiesta para despejar el balón.

Muniain y Aduriz, los dos únicos rojiblancos que parecieron futbolistas de Primera División, fabricaron al filo del descanso el gol que acortaba distancias y mantenía viva una llamita de esperanza de cara a la segunda parte. Pero la continuación fue peor aún si cabe. Valverde dejó en la caseta a un Ibai al que el partido le vino grandísimo y a un Rico que volvió a jugar adelantado para fracasar de nuevo en esa posición, y dio entrada a Susaeta y a De Marcos como media punta. Pero el estado de descomposición del equipo ya había alcanzado tal nivel que los cambios no solucionaron nada. Iturraspe y Beñat rivalizaron en pérdidas de balón, en pases errados y en despistes de esos que le parten el espinazo a todo el equipo. La falta de contundencia de Iraola y San José o la escasez de recursos de Balenziaga, obligaban a Laporte a ir de aquí para allá sofocando incendios. Los balones no llegaban arriba porque Susaeta y Muniain, y hasta Aduriz tenían que bajar a recuperar. Fue entonces cuando se vio lo que da de sí el BATE Borisov. Un equipo con más calidad hubiera hecho un estropicio. Ocasiones tuvieron, pero su torpeza y algún cruce providencial llevaron el partido a su último tramo con el marcador apretado hasta el punto de que el Athletic tuvo hasta alguna opción de empatar. Hubiera sido el final más apropiado para una noche lisérgica.

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