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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic se da un baño de autoestima



Aduriz se coronó con un hat trick inolvidable.Foto AC

Aduriz se coronó con un hat trick inolvidable.Foto AC

Hay noches en las que se produce una conjunción astral y todo resulta posible; incluso que el Athletic aplaste con una goleada al Barcelona de Messi. No estaba anunciada esa alineación de los astros cuando el partido dio comienzo a las diez de la noche. Dos horas más tarde el cielo brillaba en todo su esplendor a pesar del sirimiri que caía sobre San Mamés. Solo el fútbol puede provocar esa clase de prodigios.

Nadie esperaba lo que acabó ocurriendo. Ni siquiera esos optimistas impenitentes que siempre acuden al campo convencidos de que el milagro acabará ocurriendo. Se llenó prácticamente San Mamés, lo que apunta a que la parroquia rojiblanca está llena de esos optimistas sin remedio que van a la catedral reivindicando su derecho a soñar con el imposible.

Las últimas experiencias con el Barcelona no animaban precisamente a confiar en el prodigio. El equipo catalán ha provocado tres depresiones importantes a la siempre animosa familia rojiblanca. A nadie extrañaba que el halo de resignación que rodeaba esta nueva final. Ganar al menos el partido de San Mamés era a lo máximo que aspiraba la parroquia rojiblanca. Lo que nadie en sus cabales podía pensar era en hacerlo como lo hizo el equipo de Valverde.

Los precedentes del verano tampoco animaban a la euforia precisamente. Hasta la fecha el Athletic había estado en periodo de pruebas y ajustes. Pasó con lo justo la eliminatoria ante el insignificante Inter Baku y alternó más sombras que luces en los amistosos. Pero los focos rojiblancos brillaron con todo su esplendor en el momento más oportuno, cuando de verdad se tenían que encender las luces.

El Barcelona se plantó en San Mamés con una alineación un tanto cogida por los pelos. Faltaban muchos pesos pesados en el equipo inicial, pero ello no resta un ápice de mérito a la victoria del Athletic. Los antecedentes justifican que Luis Enrique y los suyos llegaran un tanto sobraditos, como convencidos de que el trámite del primer partido caería a su favor por la ley de la gravedad.

Los primeros compases del partido parecieron darles la razón. El Barcelona se hizo con el balón y no lo soltó prácticamente en los primeros diez minutos. La pelota circulaba entonces de lado a lado mientras los jugadores del Athletic corrían y corrían sin más meta que llegar a los huecos para taparlos. Silbaba entonces el público, a medias por la impotencia de los suyos y la remota esperanza de desconcertar a los rivales.

Pero los rojiblancos tenían un plan bastante más complejo que el correr por correr. Encontraron su sitio en el campo, ajustaron marcajes y posiciones y poco a poco empezaron a discutir el balón y pisar terreno contrario. Un mal pase de Ter Stegen a la banda  le dio a Eraso la primera oportunidad clara del partido. Fue una señal, una premonición de lo que luego ocurriría. La segunda ocurrencia del portero del Barcelona abrió finalmente la espita. De la nada nació un gol que a estas horas recorre todas las televisiones del mundo. Sacó Iraizoz tan largo que el balón cayó al borde del área contraria y a su colega se le ocurrió la gracia de despejarlo de cabeza. Fue un gesto de soberbia innecesaria, el detalle de alguien que se siente tan superior al rival que se permite una tontería de entrenamiento. San José cazó al vuelo el regalo y conectó  un soberbio disparo a botepronto que voló como un obús los cincuenta metros que le separaban de la portería.

El gol cambió definitivamente el decorado. El Barcelona acusó el golpe y el Athletic se reafirmó en su plan. De pronto todo el mundo se dio cuenta de que el rey estaba desnudo; de que sus compañeros buscaban desesperadamente a Messi pero el argentino no estaba, porque le habían enredado en una tela de araña rojiblanca, que empezaba en Balenziaga y terminaba en Beñat. El recurso de la carrera de Pedro por la banda era muy poca cosa para la disciplina defensiva de un Athletic atento y organizado, concentrados los once protagonistas en la recuperación a partir de una presión que les exigió un esfuerzo físico brutal.

Hubiera sido muy injusto que Messi transformara un golpe franco con el tiempo agotado. Pero ahí estuvo Iraizoz para sacar una mano extraordinaria en la escuadra. El Athletic consiguió retirarse al descanso con un tesoro en el marcador y la convicción de que, esta vez sí, competía de igual a igual con un rival tantas veces inaccesible.

El Barcelona regresó enrabietado y tuvo un par de opciones. La primera de Pedro, aprovechando el ya clásico despiste de Laporte de todos los partidos, murió entre el cuerpo de Iraizoz y el larguero. La segunda, un remate seco de Messi también encontró una magnífica respuesta del portero.

Luis Enrique sacó a Iniesta por Rafinha, como queriendo demostrar que ahora sí que iba en serio, pero con lo que se encontró fue con la jugada del partido. Sabin Merino se fue con facilidad de Alves, remontó con clase la línea de fondo y sirvió un centro medido para que Aduriz conectara un cabezazo imperial, de foto en blanco y negro, antiguo, de los que ya no se ven. Fue un golazo que cumplió todos los cánones de la belleza futbolística, la que produce la eterna conexión entre el extremo (izquierdo para más señas) y el delantero centro; fútbol en toda su pureza.

Y a partir de ahí, la avalancha rojiblanca, como tantas veces en la vieja catedral. Ahora por la derecha, donde Susaeta, que había estado sacrificando en la tarea defensiva casi todas sus posibilidades atacantes, se soltó por fin con un balón al corazón del área para que Eraso le dejara el remate mascado a Aduriz. Ya estaba desatada la euforia cuando el árbitro señaló el claro y absurdo penalti de Alves sobre Etxeita para que Aduriz cerrara su cuenta y la del partido.

Puede pasar cualquier cosa en el Camp Nou el lunes porque como bien apuntaron los dos entrenadores, cada uno a su manera, solo hay un equipo en Europa que puede remontar un marcador de este calibre y ese es el Barcelona. Pero, de momento, que le quiten lo bailado al Athletic. La familia rojiblanca se ha ganado su derecho a soñar y a disfrutar de tres días en subida en la nube de la ilusión.

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