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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic se fue del partido antes de tiempo



La lesión de Iñaki Williams fue una noticia peor que la del resultado. Foto AC

La lesión de Iñaki Williams fue una noticia peor que la del resultado. Foto AC

En apenas veinticinco minutos los suplentes del Athletic emborronaron un partido que era suyo sin más discusión. El 0-2 con el que se llegó al descanso pero, sobre todo, la imagen que dio el Zilina a lo largo de la primera parte, no hacían prever el desastre de una segunda parte que debe servir de lección a todos. Si de las derrotas se aprende, con esta de Zilina algunos pueden hacer un master.

El Athletic nunca ha sabido gestionar los partidos desde la suficiencia; mucho menos desde el desdén al rival. No está en su ADN, afortunadamente. Nunca han ganado nada los leones sintiéndose superiores al rival, aunque lo sean. En el fútbol, el más tonto te hace un reloj. Al Athletic le hubiera bastado con mantener la intensidad y la presión de la primera parte para destrozar a un contrario que tendría muchas dificultades para mantenerse en Segunda B, pero prefirió dormirse en los laureles; jugar mirando al tendido, dejar hacer al contrario. Incluso así, le hubiera sido suficiente con mantener un mínimo de seriedad defensiva y de atención en los marcajes. No lo hizo y en su pecado de orgullo lleva la penitencia de tener que remontar la eliminatoria en San Mamés.

No vale hablar de cansancio. Valverde recurrió a ocho jugadores que no estuvieron el lunes en el Camp Nou. Solo repitieron Bóveda, Gurpegui y Laporte. Todos los demás tenían piernas frescas y la obligación de reivindicarse ante el técnico para ganarse un sitio bajo el sol. A duras penas se pueden extraer algunas conclusiones positivas. Si las hubo, quedan completamente anuladas por la ridícula última media hora ante un rival que celebró su victoria como si hubiera ganado la Champions League. No es para menos. Ni en sus mejores sueños hubieran tenido un final tan feliz ante el flamante campeón de la Supercopa y vencedor del todopoderoso Barcelona.

No es la primera vez que ocurre y no será la última. Tampoco es razón para cuestionar la calidad o la profundidad del banquillo rojiblanco. El Athletic tiene un grupo de futbolistas de peso en el equipo y una serie de suplentes capaces de dar relevos de garantías, entrando de forma escalonada. Lo que ni el Athletic, ni ningún equipo del mundo puede garantizar, es mantener el nivel con ocho suplentes en el campo. Las circunstancias del calendario han obligado a Valverde a esta combinación y, a pesar del mal sabor de boca que deja el partido, no le ha salido mal del todo, aunque solo sea por la mínima entidad de un rival que debe caer sin más problemas en el partido de vuelta.

El Athletic se fue del partido antes de tiempo. En el descanso para se precisos, porque el equipo que reapareció en la segunda parte se pareció al de la primera en las camisetas. Tampoco Valverde estuvo acertado para despertar a sus hombres o al menos para solucionar el problema más evidente que le planteó su colega desde el otro banquillo. La entrada al campo de un tal William, uno de esos muchos brasileños de serie B que se están ganando el jornal en equipos de medio pelo europeos, bastó para poner patas arriba todo el entramado defensivo del Athletic, por decir algo. Nadie acertó a pararle y su velocidad y movilidad, sumadas al entusiasmo a prueba de bomba de todos sus compañeros, fueron suficientes para voltear el marcador.

Mientras el Athletic se tomó la cosa en serio, la diferencia entre los dos equipos fue abismal. El Zilina tiene un nivel parecido al Inter Bakú. Mucha gente joven, mucha ilusión y un derroche de esfuerzo para enfrentarse contra lo que para ellos es un gigante. Arrancaron con un fútbol elemental, basado en balones largos, casi siempre sobre la carrera de su extremo derecho para buscar la espalda de Lekue. Así llegaron hasta la línea de fondo cuatro o cinco veces, forzaron algún corner y cobraron un remate un tanto desviado.

Les duró un cuarto de hora. El tiempo que tardó el Athletic en situarse y hacerse con el balón. En cuanto los rojiblancos consiguieron enlazar tres pases seguidos, descubrieron que la organización del Zilina era bastante parecida a la del ejército de Pancho Villa. Presión descoordinada, errores de colocación y constantes fallos de marcaje permitieron a los de Valverde hacerse con el partido. Sabin Merino marcó aprovechando un gran pase de Ibai Gómez y un cuarto de hora más tarde, Sola agradeció un regalo insólito del capitán rival.

Los del Zilina se llevaban entonces los goles y los golpes, completando el retrato perfecto de un equipo en derribo. No lo podía tener mejor el Athletic. Valverde podía dedicar el segundo tiempo  a repartir minutos y el partido de vuelta se convertía en un trámite que podía resolver el Bilbao Athletic o el Basconia, si se me apura.

Alguien debió advertir a los rojiblancos que eso de que los partidos duran noventa minutos no es un tópico, que lo pone el Reglamento y hay que cumplirlo incluso ante un rival como el Zilina, que no es que sea pequeño, sino mínimo.

Nadie se lo dijo y los leones volvieron al campo con la manos en los bolsillos, comentando lo bien que se lo pasaron el otro día en el autobús. Los del Zilina en cambio, aprovecharon el descanso para lamerse la heridas. Siguieron corriendo  -corren mucho estos chicos- y como ya no les quitaban el balón como en la primera parte, empezaron a sentirse vivos. Salió el tal William, un delantero sustituyendo a un defensa lesionado, toda una declaración de intenciones  por parte de su entrenador, mientras que en el otro lado unos miraban al reloj y otros, a las musarañas.

Llegó el primer gol de los eslovacos por un rebote pero, sobre todo, por una falta de intensidad defensiva penosa. Y llegó el segundo gol porque Beñat perdió un balón en el centro del campo vendiendo a una defensa que vio pasar de lejos al brasileño. El tercer gol, en un barullo tras un corner en el minuto 93, da una idea cabal de cómo estaban las cosas para entonces. Que el Zilina te haga un gol a balón parado con el tiempo reglamentario acabado exime de más explicaciones.

Con todo lo desastroso que resultó el marcador final, no fue lo peor del partido. La eliminatoria sigue teniendo claro color rojiblanco y todo lo que no sea una goleada en San Mamés debería repercutir directamente en la nómina de estos chicos. Mucho peor fue la lesión de Williams tras forzar una carrera y un remate cuando llevaba cuatro minutos en el campo. Todo lo que era cara en la primera parte, se convirtió en cruz en la segunda. Pero miremos las cosas con optimismo. Este marcador favorece dos cosas: la taquilla de San Mamés y la necesidad de encarar el choque con la intensidad que requieren todos los partido de competición y el respeto que merece cualquier rival, del minuto uno al noventa.

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