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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic se va de Europa por su mala cabeza



Herrerín llegó a tocar el balón, pero no pudo impedir que el Torino se adelantara de penalti. Foto AC

Herrerín llegó a tocar el balón, pero no pudo impedir que el Torino se adelantara de penalti. Foto AC

Un penalti salido de la nada y dos acciones defensivas penosas hundieron al Athletic frente al Torino. Habrá quien diga que el Athletic se va de Europa con la cabeza bien alta. Es uno de los tópicos a los que se suele agarrar el personal para consolarse cuando ve a su equipo eliminado. Sí, es verdad, los leones lucharon y pelearon hasta la extenuación, apretaron al rival durante amplias fases del partido y hasta ofrecieron algún ramalazo de fútbol y marcaron dos goles excelentes de concepción y ejecución. Sí, todo eso es cierto, pero cuando te meten tres goles en tu casa la cosa tiene difícil justificación. ¿Con la cabeza alta?, más bien el Athletic se va de Europa por su mala cabeza, por una actuación impropia de un grupo que debe estar acostumbrado a competir a nivel internacional. No se puede conceder tanto como concedieron los rojiblancos ni en un amistoso de verano.

El Athletic compareció en el mojado San Mamés absolutamente descentrado, sin saber nunca a qué carta jugar frente a un rival que sí supo lo que tenía que hacer en cada momento. El rojiblanco fue un grupo gaseoso, etéreo, que lo mismo amagaba con una cosa que intentaba la contraria en la siguiente jugada, como si no tuviera un plan preconcebido o no estuviera convencido de lo que estaba haciendo. Como si necesitara un plano para moverse por San Mamés, un libro de instrucciones para seguir una pauta nunca suficientemente definida.

El resultado del partido de ida condicionaba el guión del choque de San Mamés. La ventaja era del Athletic y le tocaba al Torino arriesgar. Sin embargo, tal y como sucediera en el Comunale, el equipo italiano fue el que tomó todas las precauciones para cazar al acecho. El primer cuarto de hora se desarrolló en campo italiano en su integridad, pero cuando el reloj señalaba el minuto quince el marcador ya señalaba ventaja turinesa.

Todo el dominio territorial del Athletic solo había servido para que Beñat pusiera a prueba una vez al portero rival a balón parado. Quagliarella ya había avisado de las intenciones del Torino con un desmarque y un remate alto poniendo en evidencia la inseguridad de la zaga rojiblanca. En la siguiente aproximación los italianos se cobraron un penalti cuando Gurpegui trataba de despejar el balón. Ni siquiera les hizo falta dibujar una jugada, amagar una penetración; les bastó con presionar para llevar el balón al punto de penalti.

El guión preestablecido saltó hecho añicos y el Athletic no volvió a retomar el hilo hasta prácticamente la segunda parte. Valverde apostó por repetir el esquema de tres centrales tan exitoso en el partido de ida, pero la cosa no funcionó de principio y acabó descompuesta por una acumulación de circunstancias que acabaron por descentrar más si cabe a un equipo que se comportó con una ingenuidad insensata.

El Torino amarró bien a Aduriz con la complacencia del árbitro, y el Athletic se quedó sin referentes. Con Beñat ahogado jugando demasiado arriba, Rico y San José eran incapaces de generar juego y Muniain se perdía sin apenas contacto con la pelota. Los rojiblancos se movían con una lentitud exasperante, y el balón circulaba a la velocidad ideal para ser interceptado por la defensa del equipo del hogar del jubilado.

Para que la noche se acabara de torcer, la lesión de Gurpegui sobre la media de hora de juego acabó por desconcertar más si cabe a todo el Athletic, a los que estaban sobre el césped y a los que se sentaban en el banquillo. Fueron diez minutos de dudas y caos para regocijo de los italianos, que veían que casi ni necesitaban echar mano de sus habituales y variados recursos para detener el partido con el marcador a favor; los del Athletic se bastaban y se sobraban para hacerles el trabajo.

Williams salió por el lesionado capitán con el consiguiente trastoque de líneas y en esas estaban unos y otros cuando Beñat sacó a relucir por fin su calidad para dar un pase majestuoso que Iraola culminó con un control y un remate de una finura extraordinaria. Un golazo de semejante categoría y en el minuto en el que se produjo, el 43, debió bastar por sí solo para voltear el partido y las neuronas de todos los protagonistas. Cuatro minutos más tarde, los mentados protagonistas enfilaban el túnel de vestuarios con los semblantes completamente cambiados: anonadados y atónitos los rojiblancos; sonrientes los italianos. Un penoso ejercicio defensivo de los primeros, había permitido que los segundos volvieran a adelantarse en el marcador en la última jugada del primer tiempo. Cuando a un equipo le ocurren esas cosas queda desacreditado sin apelación posible.

El segundo tiempo empezó con Herrerín salvando los muebles a remate a bocajarro de un Maxi López al que le cayó un rebote a los pies en el borde del área pequeña. Se podrá apelar a la mala suerte, pero alguna razón, más allá del mero infortunio, suele haber cuando todos los rebotes caen al mismo lado.

Se le podrán achacar muchas cosas a este equipo, pero también habrá que reconocer que el Athletic no es de los que vuelve la cara a la primera contrariedad, ni a la segunda. Con Williams moviéndose por todo el frente de ataque, Muniain empezó a disfrutar con el balón en los pies, muy bien apoyado desde atrás por un Beñat que agradecía iniciar el juego quince metros más atrás con mayor visión panorámica. El Athletic se lanzaba a la heróica como tantas veces en su historia. Un cabezazo de Williams al palo acabó por convencer a San Mamés de que el milagro era posible y cuando De Marcos llevó a la red un magnífico pase en profundidad tras una gran jugada personal de Muniain, se abrió la ilusión de una noche mágica.

Craso error. Seis minutos después la carroza en la que el Athletic parecía lanzado a las estrellas, se convirtió en calabaza y los rojiblancos acabaron estrellados. Otra vez un balón que no supo despejar la defensa, acabó en una segunda oportunidad para el rival. Nadie por aquí, nadie por allá; ocho rojiblancos apelotonados en el área y las dos bandas libres para que el balón volara de lado a lado y acabara en la portería de Herrerín.

Cinco remates les bastaron a los italianos para marcar tres goles, pero dieron sensación de peligro prácticamente cada vez que atravesaron la línea del centro del campo. Dio la impresión de que si hubieran necesitado otro gol también lo hubieran marcado, y un quinto, si les hubiera hecho falta. La inconsistencia del sistema defensivo del Athletic daba para escribir un tratado. No les hizo falta porque ese tercer gol hunde incluso a un grupo tan inconsciente como el rojiblanco. Lo siguieron intentando los de Valverde, pero a estas alturas, con los cambios de Susaeta y Unai por Rico y Beñat, el cansancio acumulado y la moral por los suelos, había que poner mucha buena voluntad para reconocer al Athletic en aquel grupo de futbolistas que seguían corriendo detrás de la pelota.

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