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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic sufre un ataque de timidez



La defensa del Athletic se vio superada por un gran centro de Koke que cabeceó Godin a la red

La defensa del Athletic se vio superada por un gran centro de Koke que cabeceó Godin a la red

No se le puede jugar al Atlético de Madrid pidiendo perdón. El Manzanares es un campo que exige bastante más carácter que el que exhibió anoche el Athletic. Una vez más, porque no es la primera vez que le ocurre en ese campo y ante ese rival, los leones se dejaron el apelativo en la caseta y saltaron al césped con la mirada baja, como no queriendo molestar a un rival que sin ser nada del otro mundo, al menos anoche, supo y pudo llevar el partido por donde más le convenía haciendo gala de una personalidad que le faltó al equipo que tenía enfrente.

Estaba previsto que fuera un partido de pierna fuerte, todos los del Atlético de Madrid lo son, pero el repaso de los noventa minutos arroja un balance desolador. En todos los choques, en todas las disputas, el que se quedaba en el suelo, mirando al árbitro con cara de lástima, era el que estaba vestido de azul. Una cosa es cómo se las gasta el rival y otra que ni siquiera sepas defenderte, o seas más débil en las disputas. El único rojiblanco que sufrió un golpetazo que obligó a salir a las asistencias fue Raúl García, medio noqueado por su compañero Alderweireld. Cualquiera diría que los colchoneros son capaces de atizarse entre ellos cuando no encuentran un rival a mano.

No se trata de hacer una apología de la violencia, ni siquiera del juego duro, ni de eso que llaman el otro fútbol. Se trata simplemente de pedir que un equipo se comporte con el nivel competitivo acorde con cada circunstancia. Y al Athletic, o a algunos de sus jugadores, les faltó anoche un mínimo nivel de eso que los navarros llaman rasmia. También Valverde podía haber recurrido al refranero español en un estadio con una banda sonora tan rancia como es el Manzanares y haber escrito en la pizarra: “Allí donde fueres, haz lo que vieres”. O sea, que si los otros sacan los codos a pasear, tú también; si los otros abrillantan sus tacos en tus espinillas, tú lo mismo. Cualquier cosa menos recibir una y otra vez y mirar al árbitro con ojos de cordero degollado.

Claro que todo esto es más fácil de decir que de hacer. Una abuelita de cruza en la calle con De Marcos, un suponer, y le regala un caramelo de Santiaguito con una carantoña; se encuentra con Diego Costa o el Cebolla Rodríguez, y les entrega la cartera y el collar sin mediar palabra. Eso va en los genes y no se entrena.

Y luego está el árbitro, que es quien tiene la última palabra y cobra para que los equipos cumplan el reglamento. Y anoche Fernández Borbalán, tan valiente para expulsar a Aduriz en San Mamés sin motivo alguno, agachó las orejas en dos ocasiones ante Diego Costa: la primera por un plantillazo alevoso a Laporte y la segunda por tratar de engañarle tirándose al suelo ante un Gurpegui inmóvil. Dos acciones tipificadas que árbitro y juez de línea resolvieron saludando al tendido.

El Atlético acabó comiéndole la moral a un Athletic que se fue diluyendo con el paso de los minutos. La volea que Herrera envió a las nubes en el minuto diez tras un centro de De Marcos, no fue el principio de nada; solo fue una excepción en un partido en el que Courtois no se manchó los guantes. Y el flojo rendimiento de Herrera precisamente, tuvo mucho que ver con el paupérrimo balance ofensivo del Athletic. Valverde volvió a dejar a De Marcos constreñido a la banda derecha mientras que por la izquierda Ibai Gómez lució de nuevo sus carencias, que no son pocas. Cerradas las alas a cal y canto, por eficacia del rival y ausencia de inspiración propia, el Athletic no encontró nunca los caminos por el centro. Lo intentó Rico, uno de los pocos junto con Gurpegui y algún otro, que no se dejaron amilanar por el paisanaje que tenían enfrente, pero eran muchos metros para un solo futbolista, incluso para Rico. También Iturraspe quiso empujar y no le volvió la cara a la pelea, pero no encontró demasiada colaboración en sus compañeros más adelantados.

El Athletic, que venía de disfrutar de un enorme caudal de fútbol y goles en sus últimos partidos, se quedó seco de juego a orillas del aprendiz de río. Defendió decentemente entre otras cosas porque el Atlético apenas probó más alternativas que el pase en profundidad sobre la carrera de Costa o Adrián, pero fue un desastre de medio campo en adelante. Ni la entrada de Susaeta por Ibai en el descanso, ni la posterior de Aduriz en el lugar de Sola, sirvieron para encender la bombilla. A los de Valverde se les veía incómodos sobre el terreno, incapaces de hilar cuatro pases seguidos por la presión del rival, lícita casi siempre a base de un gran despliegue físico, pero antirreglamentaria cada vez que lo consideró necesario.

El marcador es malo para el partido de vuelta, pero no es irrevocable ni mucho menos. Tal y como se desarrolló el partido, podía haber sido incluso peor. La sensación que queda es que el Atlético es un rival de muchísima entidad como ya se sabía, pero que no parece estar atravesando su momento más brillante. En San Mamés las cosas rodarán de otra manera. Para empezar, se da dar por hecho que el Athletic mostrará su cara de león y no la de pardillo. La eliminatoria está viva y se decide en la Catedral, que no es moco de pavo.

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