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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Athletic tiene un gran problema en San Mamés



Muniain rodeado de contrarios, una imagen que se repitió constantemente. Foto AC

El Athletic ha recibido seis goles en sus dos últimos partidos en San Mamés, una cifra que certifica que el equipo tiene un problema muy serio cuando juega en casa. A cambio, ha marcado solo uno, lo que incrementa la magnitud  del asunto. Podría incluso decirse que el Athletic, a falta de uno, tiene dos problemas en San Mamés, uno en cada portería; dos problemas que se resumen en uno: incompetencia manifiesta.

El Villarreal, que se fue con un rotundo 0-3 y el recuerdo de una última media hora de paseo, no podrá decir que en la catedral jugó el partido de su vida, ni mucho menos. Los amarillos apenas tuvieron que hacer más que lo justo para cobrar semejante goleada. Tampoco la Real recordará el choque de ayer como un partido para poner en un estante preferente de su videoteca. En cuanto a los de Garitano les baje la lógica efervescencia de la victoria en el derbi, descubrirán que, en realidad, tiraron una sola vez a puerta tras jugada en todo el partido; es más, se asombrarán cuando repasen los noventa minutos y comprueben que, en realidad, remataron tres veces, dos desde los once metros.

¿Cómo ganó con tanta claridad la Real en San Mamés? Recordemos la leyenda que luce en el escudo de la selección de Uruguay: ´Nunca tan pocos ganaron tanto´. Pues bien, aplicado a lo de anoche en San Mamés podríamos parafrasear y decir que nunca la Real ganó tanto con tan poco. Mérito del equipo txuri urdin, indudablemente, que fue un prodigio de eficacia y que rememorando durante bastante minutos la vieja táctica del tío Benito, construyó una goleada inapelable.

En realidad en San Mamés se repitió lo que ha venido sucediendo en los cuatro partidos anteriores. El Athletic domina territorialmente durante muchos minutos, es incapaz de sacar el mínimo partido a ese dominio y aunque lo consiga, ya se encarga algún rojiblanco de echar por tierra todo el esfuerzo con un error imperdonable. Una vez es un defensa, otra un centrocampista, ahí falla un central, allá se equivoca un lateral. Es lo mismo, siempre hay un voluntario para asestar un navajazo trapero al equipo. Ayer fueron Berchiche y Yeray los que le regalaron dos goles a la Real, pero desde pequeñitos nos enseñaron que está feo señalar, así que nos guardaremos el dedo porque pudieron ser otros; en realidad, todos, como colectivo, deberán mirarse muy detenidamente esa pulsión autodestructiva que se ha instalado en el equipo.

A la Real le bastó con cerrarse con orden para frenar el empuje de un Athletic que empezó agarrando el partido por el cuello. Tampoco es que Garitano necesitara inventar la pólvora para poner a salvo su portería. En realidad, para frenar al Athletic basta con acumular personal al borde del área, cuidando de que no se estorben unos a otros.

Porque el ataque del Athletic es tan previsible y gracioso como un chiste de Arévalo. Circulando el balón a la velocidad con que lo hacen los rojiblancos no puedes sorprender ni a un equipo de veteranos. Durante la primera parte, se sucedieron los intentos que todos conocemos al dedillo. Aperturas a la banda derecha para la incorporación de De Marcos, apoyado, sobre todo en la brega de Raúl García, al único al que se le aprecia instinto depredador, y en el juego voluntarioso e intermitente de Susaeta. Por el otro lado, Berchiche en su soledad mientras Muniain busca la jugada imposible por el centro y Williams… en fin, qué decir de Williams que no se haya dicho ya.

El teórico cerebro, Beñat, puede que siga pensando rápido, pero lo que es jugar, lo hace a cámara lenta. Y luego está la ejecución final, ese último pase al amigo invisible, ese centro a la fila cinco de la tribuna contraria, la decisión nunca tomada entre rematar o intentar otro regate. el que nunca sale,  la renuncia absoluta al disparo desde el borde del área. Bielsa en el recuerdo, la ‘imperisia’ que decía el bueno de Marcelo, y que sigue sin corregirse cinco años después.

En esas estábamos cuando llegó el VAR, en su versión en diferido, que diría Cospedal. Habíamos quedado, al menos hasta la semana pasada, que en las jugadas de interpretación en las áreas, se imponía el criterio del árbitro y que los del VAR solo intervenían en caso de error flagrante. Eso era la semana pasada. Ayer, los del VAR avisaron al árbitro pasado más de un minuto de la jugada y el árbitro necesitó igual tiempo, o incluso más, de visionado en la pantalla, para llegar a la conclusión de que hubo penalti. Si hacen falta tanto tiempo, tantos ojos y tantas repeticiones para descubrir un error flagrante, a lo mejor es que no hay tal error flagrante. Pero bueno, sigamos admitiendo pulpo como animal de compañía.

La cosa es que la decisión de Hernández Hernández soliviantó a un San Mamés que ya venía estando quemadito con su criterio en el reparto de tarjetas, sobre todo a raíz de la que vio De Marcos en el minuto 18, en la primera falta que cometía el Athletic en el partido. La reacción de los leones fue eléctrica y un minuto después de que Oyarzabal marcara desde los once metros, Munian empató el partido rematando a puerta vacía tras un centro de Susaeta, un balón rebotado en Illarramendi tras despeje de Zubeldia. Fue todo tan rápido, que Oyarzabal todavía estaba besándose el escudo.

Los minutos posteriores a los goles fueron los más bonitos y calientes del derbi. En realidad no pasó nada en ninguna de las porterías, pero al menos subieron los decibelios en la grada, la intensidad en el campo y hasta pareció que el Athletic le metía una marcha más al partido.

Después llegó el segundo tiempo. Dicho así la frase no aporta mucho, pero el aficionado del Athletic entiende su profundo significado. Escribes llegó el segundo tiempo y está todo dicho. También puedes decirlo como lo diría la chavalería, o sea, en plan los míticos segundos tiempos de este Athletic. Se entiende igual. Al minuto de juego fue Berchiche el que entregó un balón absurdo a Zubeldia cuando pretendía progresar por el lateral; el realista se fue por la banda perseguido, es un decir, por un Beñat que se empleó con toda la contundencia que se puede observar en el claustro de un convento de Clarisas a la hora del recreo, centró con comodidad a un compañero, Sangalli, que volvió a adelantar a su equipo.

Esta vez no hubo reacción rabiosa del Athletic, quizá porque no había árbitro ni VAR a los que culpar de sus desgracias. Berizzo maniobró retirando a De Marcos y Raúl García para dar entrada a Capa y Aduriz, mientras que Garitano reforzó su centro del campo recurriendo a Zurutuza para sustituir a Pardo. La Real se sintió cómoda jugando a la espera, sólidamente instalado todo el equipo a treinta metros de su portería para ver desde primera fila lo hábiles que son sus colegas rojiblancos pasándose el balón en horizontal, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, atrás y vuelta a empezar. Pero no como en el balonmano, que a la que te descuidas te embiste el pivote como un búfalo; no, esto es más bien como un minué, cadencioso y repetitivo.

Muniain, que continúa sin entender el juego, seguía empeñándose en conducciones imposibles, tan lejos de la portería que morían antes de llegar a la media luna. Es de agradecer su empeño y su voluntad por intentar hacer algo distinto que rompa la rutina, pero alguien tendrá que decirle que, a lo mejor, es más eficaz un pase rápido al pie del compañero o al espacio, que cinco regates que no llevan a ninguna parte.

El Athletic terminó de irse del partido cuando en el minuto 72 una cesión sencilla de Yeray se quedó corta y provocó el derribo de Simón a Bautista. No hizo falta el VAR ni hubo protesta alguna. El segundo regalo fue definitivo y tumbó a un Athletic que, una vez más, se llevó un castigo excesivo para lo que en realidad ocurrió sobre el terreno de juego. El Athletic volvió a ser todo voluntad y entrega, pero también torpeza y ceguera, un cóctel que empieza a nublar peligrosamente la vista al equipo.

 

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Un comentario

  1. Menudo articulazo, al pan pan y al vino vino, txalogarria