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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El compromiso de Óscar De Marcos tiene premio



Oscar De Marcos está recuperando su mejor nivel en el tramo final de la temporada. Foto MITXI

Oscar De Marcos está recuperando su mejor nivel en el tramo final de la temporada. Foto MITXI

Óscar, el hijo de Pedro y Elvira. El futbolista. Así es como se conoce a Óscar De Marcos en Laguardia, su pueblo, su refugio de cariño, el lugar al que vuelve en cuanto tiene ocasión. El 10 del Athletic, uno de los jugadores de la primera plantilla al que la temporada se le va a quedar corta porque es ahora cuando está sacando lo mejor de sí, ha vivido sensaciones encontradas en esta campaña que está a punto de echar el último párrafo. El alavés ha alcanzado la centena de partidos ligueros con el Athletic, ha batido su récord goleador (6) en categoría profesional ya que no marcaba tantos goles desde que era juvenil en el Alavés y ha sufrido como ninguno las dentelladas que ha dado la competición a los rojiblancos. El corazón le sangra por dentro porque lo suyo siempre ha sido el Athletic: por eso la fotografía que sus padres guardan con mimo en la que De Marcos, cuando era un crío, aparece junto a Julen Guerrero y José Mari.

De Marcos pasa por ser el futbolista de la primera plantilla que más kilómetros hace en un partido. No baja de los 13 por encuentro y hay veces que supera esa cifra. Lo mejor del caso es que en muchas ocasiones lo hace con el balón pegado al pie. Y claro, así vienen jugadas como la que propició el gol de Ibai ante el Zaragoza. Años atrás fue Llorente el que remontó la banda y entregó un pase a Yeste para que éste reventara la portería maña. El domingo, la puntilla a la colada de De Marcos tuvo la firma de Ibai. Dos goles para recordar, si bien es cierto que el de Yeste en aquella campaña de agobios más acentuados tuvo un carácter definitivo y salvador.

Satisfecho y feliz por el último partido, el todoterreno rojiblanco -en La Romareda tuvo que emplearse hasta en tres posiciones diferentes- no ha dejado de dar vueltas a qué es lo que ha ocurrido esta temporada para que la ilusión de la hinchada y del vestuario se escurra sin remedio entre los dedos. Le va la vida en ello. Es parte de su compromiso.

Cuando el Athletic fichó a De Marcos en 2009 de un recién descendido Alavés, que ese año bajó a Segunda B, hubo quien sentenció que el bueno era otro y que el chico que venía a Bilbao no tenía nada del otro mundo. El ojo clínico del que le juzgaba con tanta mediocridad obvió que el joven que acaba de aterrizar en Lezama se moría por aprender, que en el fondo es la antesala del disfrute. Lo ha hecho siempre. Como cuando montó su primer caballo, con apenas cinco años de edad. Le quedaba grande, pero es lo que había visto siempre en casa (su padre tenía una cuadra comercial en Laguardia) y después de ese hubo una colección de caballos con los que recorrió los caminos que dan a la escarpada sierra que tiene enfrente la ciudad amurallada de Laguardia. Compromiso y dedicación forman parte de su ADN.

El compromiso deportivo salta a la vista en esos partidos en los que no ha dejado de correr pese a estar toda la semana entre algodones a causa de pequeñas lesiones musculares que ha sanado con dedicación, masajes y trabajo en el gimnasio. Y también con miedo porque esta misma temporada estuvo un par de días con la congoja de creer que tenía roto el menisco y que lo suyo solo podía solucionarse en el quirófano. Claro está, ñoñerías al lado del episodio que protagonizó en diciembre de 2011, cuando jugó a puro huevo frente al Zaragoza. Permita la licencia, pero el chico aguantó una hora en el campo con un desgarro escrotal de uretra distal y tres heridas-inciso contusas en la región inguino-escrotal. La avería, a causa de una dura entrada de Paredes, le costó 25 puntos de sutura.

Su actitud vital está cosida a acciones de compromiso y ejercicio solidario, en las que el futbolista se hace persona y vuelca sus sentimientos en acciones en lugares desfavorecidos. Los dos últimos veranos ha dedicado varios días de sus vacaciones a un campamento en África central. El primero lo hizo en solitario y en el segundo se fue con su padre, al que quería mostrar una tremenda experiencia de vida. Este curso volverá a tenerla en una iniciativa similar y viajará a una de las aldeas de Perú en las que habitualmente trabaja la ONG con la que colabora Gurpegui. Allí no hay privilegios para los futbolistas, que desnudan su corazón para sentirse más personas y sacar brillo a su condición de tipos envidiados para arrastrar apoyos hasta lugares desfavorecidos.

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