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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El ejemplo de Iraola



San Mamés celebró a lo grande los goles de Iraola y Aduriz.

San Mamés celebró a lo grande los goles de Iraola y Aduriz.

El Athletic jugará este verano las previas de la Europa League. Confirmó su billete internacional goleando con comodidad a un Villarreal que vino con lo puesto y con el pasaporte en el bolsillo desde hace unas jornadas. Es muy importante lo que ha conseguido el Athletic esta temporada: volver a Europa por segundo curso consecutivo y alcanzar la final de la Copa son logros más que meritorios y los rojiblancos se merecen el elogio unánime.

Pero lo más importante de la tarde noche de San Mamés ocurrió a partir del minuto 91. Fue a partir de ese momento cuando compareció en la catedral lo más auténtico del Athletic, el sentimiento rojiblanco intransferible e inimitable. Cuando el árbitro pitó el final del último partido de Liga, empezó un encuentro corto en minutos pero infinitamente más trascendente que unos puntos más o menos.

El Athletic despidió a uno de sus jugadores bandera. Andoni Iraola ha jugado más de medio millar de partidos defendiendo el mismo escudo. Llegó al juvenil con el siglo, en la temporada 99-00 y cuatro años más tarde, en la 03-04 debutó con el primer equipo donde va a permanecer hasta el próximo sábado, cuando juegue su última final de Copa.

La historia del Athletic está jalonada por futbolistas como Iraola; son ellos los que han hecho grande a este club y los que le dan sentido a todo cuanto le rodea. Es trascendental mantener ese espíritu y rendir homenaje a quienes verdaderamente se lo merecen. No hablamos de figuritas de un día, ni de aquellos que envueltos en un presunto sentido de la profesionalidad, han mercantilizado este deporte hasta dejarlo hecho unos zorros. Son muy libres de hacerlo, pero nunca disfrutarán como lo hizo Andoni Iraola ayer en San Mamés, del cariño de una afición que sabe estar al lado de los suyos.

Hablamos del Athletic y eso son palabras mayores. Hablamos del club que renueva a un jugador cedido horas después de que se destroce la rodilla y pase de promesa a incógnita. Hablamos del último reducto en el que todavía podemos disfrutar la sustancia de este deporte, la que rezuma sentimientos como la fidelidad o el cariño incondicional; la lealtad a unas ideas incluso cuando en medio de la oscuridad aparecen los charlatanes con sus cuentas de colores y sus farolitos, tratando de vender la moto averiada de eso que llaman fútbol moderno, el de los cheques multimillonarios, los fondos de inversión, las deudas y el trapicheo.

Quedan pocos futbolistas como Iraola, que se niega a tirar un penalti para su lucimiento personal y prefiere que lo tire el encargado de siempre, y solo queda un club como el Athletic, así que San Mamés fue el escenario de un acontecimiento de enorme trascendencia: nada menos que la ejecución de una herencia. Cada abrazo de Iraola a sus compañeros llevaba implícito un mensaje; les enseñaba que ese es el camino, que él se va, porque ha cumplido su ciclo pero que ellos siguen aquí hasta que les llegue el momento de la despedida. Cada aplauso de cada de uno de los espectadores que asistieron de pie a toda la ceremonia, rubricaba un contrato escrito sin tinta ni papel que lleva en vigor más de un siglo. Porque fueron, somos, y porque somos serán. Athletic gu gara.

Antes de lo trascendente ocurrió lo importante, esto es, el partido que tenía que ganar el Athletic para amarrar la clasificación europea y llegar a la final con una dinámica positiva. Era lícito mantener alguna duda después de los últimos espectáculos ofrecidos por los rojiblancos pero, afortunadamente, lo tuvieron todo de cara. El Villarreal llegó tan disminuido que solo fue reconocible en las camisetas y en su gusto a la hora de mover el balón. Les bastó para mantener un cierto control sobre el juego los primeros minutos, cuando el Athletic estaba buscando su sitio en el campo y el personal estaba más atento a que llegara el minuto quince para empezar su homenaje a Iraola, que al propio partido.

Valverde situó en esta ocasión a Aketxe en el costado izquierdo y volvió a entregar el mando a la pareja Beñat-San José. Iraola, el protagonista de la tarde, volvía al lado derecho del centro del campo, por delante de De Marcos. Fue esta banda, completada por Williams, la más activa del equipo, pero fue un penalti cometido sobre Aduriz el que desatascó el partido a los veinticuatro minutos. Transformó el propio Aritz, pese a que el público y él mismo, le ofrecieran la posibilidad a Iraola, que también ha tirado algunas penas máximas en su carrera.

La ocasión de celebrar un gol le llegó tres minutos después, y fue un golazo. Trataba de reaccionar el Villarreal al primer gol y el Athletic le cazó con un contragolpe de libro, conducido por Aduriz, que puso a Iraola en ventaja para que éste batiera al portero con un toque sutil.

Con el partido debidamente orientado, el Athletic se liberó y durante unos minutos borró del campo a un rival que no quería bajar los brazos a pesar de todo. Cuando Beñat dibujó una parábola perfecta por encima de la barrera, San Mamés abrió definitivamente la puerta a la celebración.

El segundo tiempo solo fue un paréntesis a la espera de la fiesta, que era lo que ya realmente importaba. El carrusel de cambios acabó situando a Iraola como segundo punta y si no marcó otro gol fue porque quiso anotar aquel que se le escapó después de regatear a medio Manchester United. El que volvió a marcar fue Aduriz, otro golazo, que le ratifica como el mejor goleador no extranjero de la Liga, lo que no está nada mal para ir calentando de cara a la final.

 

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