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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El gol fantasma, un clásico del fútbol



Lo del gol que concedió el árbitro al Bayer Leverkusen ante el Hoffenheim este sábado, tiene algo de justicia poética en estos tiempos en los que todo el mundo se empeña en presentar la Bundesliga como ejemplo a seguir. Es verdad que la competición alemana destaca por su organización, por las excelentes entradas que registran sus estadios, y por una igualdad más aparente que cierta, puesto que en realidad el título también allí es cosa de dos, cuando no de uno y medio. El fútbol alemán de clubes ha pasado por una larga travesía del desierto, no exenta de escándalos y líos económicos, pero ha sabido resurgir hasta situarse a la cabeza del continente. Sin embargo, tampoco allí atan los perros con longanizas.

El estereotipo de la Alemania laboriosa y eficaz se vino abajo en unos pocos instantes. Resulta que en el fútbol tan bien organizado de los alemanes, también tiene cabida nada menos que una red rota, examinada instantes antes el partido por un juez de línea irresponsable que, lejos de hacer gala de las virtudes que caracterizan a sus compatriotas de la cuenca del Rhur, realizó su trabajo de inspección con la indolencia de un natural de Puerto Vallarta de toda la vida.

Salvando las distancias, lo de la red rota en la tierra de la Volkswagen y de BMW, recuerda la imagen de aquellos inspectores improvisados contando papeleta a papeleta los votos de Florida para dar la presidencia a George W. Bush un mes después de celebradas las elecciones en el país que se proclama guardián de la democracia. Una chapuza se mire como se mire.

El gol fantasma por antonomasía fue aquel que concedió el suizo Dienst en Wembley en la prórroga de la final de la Copa del Mundo de 1966. Cualquier aficionado guarda en su retina aquel disparo a la media vuelta de Geoff Hurst que estrelló el balón en el larguero para botar después sobre la misma raya. El partido se había ido a la prórroga con empate a dos, y aquel tanto concedido al delantero inglés supuso el principio del fin para Alemania. Cuarenta y cuatro años después, en el Mundial de Sudáfrica y con las dos selecciones como protagonistas, el árbitro uruguayo Larriondi no vio como un disparo de Lampard botaba claramente dentro de la portería tras ser repelido por el larguero. Hubiera supuesto el empate a dos para Inglaterra, que acabaría perdiendo aquel partido por 3-1.

Los aficionados del Athletic no olvidan aquella final de la Copa juvenil de 1981 que los rojiblancos empezaron a perder contra el Real Madrid por culpa de un gol que Miguel Pérez otorgó a Michel cuando su remate raso se había colado por el lateral roto de la red, ante el asombro de un Iru que cubría perfectamente el poste con su cuerpo. La diferencia entre aquello y el gol de Kiessling ante el Hoffenheim es que Michel, que ya apuntaba maneras, fue el primero en celebrar el gol contribuyendo al error del árbitro. Eso y que Miguel Pérez, lejos de admitir su equivocación, acusó después a los cachorros de haber roto la red.

Menos trascendencia tuvo aquel golazo de Orbaiz a Casillas con un disparo casi desde el centro del campo, que Moreno Delgado tampoco vio, porque Del Horno e Iraola hicieron en el segundo tiempo los dos goles que le dieron al Athletic su última victoria en el Santiago Bernabéu. Ocurrió en febrero de 2005 y Valverde se sentaba en el banquillo rojiblanco.

Estas cosas pasan en el fútbol y, probablemente, seguirán pasando por mucho que la FIFA haya anunciado que en el próximo Mundial del Brasil los campos estarán dotados de un sistema que certificará la validez de todos y cada uno de los goles que marquen las selecciones. Seguro que no habrá problemas de este tipo en el Mundial, pero el fútbol es mucho más que un torneo cada cuatro años y se juega en escenarios bastante menos sofisticados que los que acogerán a las selecciones en 2014.

Los que claman por recurrir a la tecnología para evitar las jugadas polémicas no caen en la cuenta de que están abogando por introducir una discriminación clasista en un deporte tan universal y democrático como el fútbol. El empleo de las tecnologías no se podrá generalizar por una cuestión económica, así que estaríamos ante un fútbol de clase A y otro de clase B. Los estadios de máxima categoría dispondrían de cámaras, sensores y toda la quincalla tecnológica imaginable pero completamente lejos del alcance de los clubes que militan en las divisiones inferiores. Ningún defensor de la tecnología ha explicado todavía qué haríamos en una eliminatoria de Copa entre un equipo de Segunda B y uno de Primera, por ejemplo.

La perfección del fútbol, la que ha convertido este deporte en el más seguido en todo el mundo, es precisamente su imperfección, la posibilidad siempre latente de que ocurra lo inesperado, como ese gol del Leverkusen del sábado. Todos los demás deportes se han convertido en un asunto de mera estadística, donde todo está medido y controlado. En el fútbol todavía cabe la posibilidad del azar y la injusticia, elementos inherentes al juego.

Dicen que el Hoffenheim ha pedido la repetición del partido. Dudo mucho que lo consiga. Es verdad que el error del árbitro es de una dimensión que le descalifica aunque, de momento, Félix Brych, que así se llama nuestro héroe, está designado para dirigir el próximo Milan-Barcelona de la Champions League. Si el Hoffenheim esgrime su error al conceder el gol para pedir la repetición, ¿por qué no apelar a otro error previo del colegiado y del linier, anulando un gol perfectamente legal al Hoffenheim por un fuera de juego que no existió?. Rearbitrar los partidos en base a las imágenes de televisión no puede ser la solución. Cada noche de domingo las cámaras desvelan todos los fallos que han tenido los árbitros a lo largo del fin de semana, algunos decisivos en el resultado final del partido.

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2 Comentarios

  1. se acuerda de Míchel, de Orbaiz y hasta de Bush pero no se acuerda del gol fantasma que le concedieron a Vidal contra el Ajax en 1978 en San Mamés.

    • Tiene toda la razón. Lapsus imperdonable