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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El increíble equipo menguante



Borja Vigera falló la ocasión más clara del partido. Foto AC

Borja Vigera falló la ocasión más clara del partido. Foto AC

Se vieron tipos con más lucidez y energía con gorrito y matasuegras en la salida de los cotillones de Nochevieja que en Riazor anoche vestidos de rojo y blanco. El Athletic volvió a las andadas, si es que alguna vez las ha dejado esta temporada. El equipo sigue menguando, reduciendo su juego hasta alcanzar la nada, ofreciendo una imagen más paupérrima cada vez, dando lástima cuando tiene el balón y vergüenza cuando no lo tiene. Dijo Valverde después del partido que urge una reflexión porque de lo contrario se acabará sufriendo. No está mal que el entrenador de la voz de alarma, pero a lo mejor la tendría que dar mirándose ante el espejo. A punto de terminar la primera vuelta el míster sigue haciendo pruebas y dando la impresión de que cada vez confía menos y en menos futbolistas. Que Beñat no entrara en el partido hasta el minuto 67 con lo que se había visto hasta entonces, da una idea de la opinión que le merece a su entrenador, opinión confirmada, por cierto, por el rendimiento del propio jugador cuando por fin estuvo en el campo. Si no llega a sacar la falta que cabeceó alto Williams en la penúltima jugada del partido, nadie hubiera dicho que el de Igorre estaba jugando.

El único gesto de rabia, de genio, de estar en el partido, que se les vio a los rojiblancos llegó nada más pitar Undiano el final, cuando varios de ellos, encabezados por Williams, protagonista de la jugada, se abalanzaron sobre el colegiado porque no había pitado una falta sobre el chaval en el centro del campo en el último minuto. Los futbolistas del Athletic habían tenido 93 largos y tediosos minutos para haber dado alguna señal de vida, para haber mostrado, con la pelota en los pies, ese genio que volcaron sobre el árbitro; pura impotencia, pataleta de malos perdedores. Esta vez ni siquiera les queda el recurso de culpar a Undiano de sus males. Se bastaron ellos solitos.

No empezó mal el Athletic el partido. Siendo generosos, puede decirse que hasta tuvo diez minutos buenos, los primeros del encuentro, cuando el público estaba más entretenido con las idas y venidas de los Riazor Blues que con lo que ocurría sobre el césped. Tuvo Viguera dos ocasiones claras para adelantar a su equipo. La primera tras una carrera sobre un gran pase de Unai López; la segunda, después de un excelente control con el pecho a centro de Ibai Gómez, que le dejó solo ante Fabricio. Parecía hasta ayer que Viguera es uno de esos delanteros que no interviene mucho en el juego pero que enchufa todo lo que le llega en el área. Parecía, porque tras lo visto en Riazor habrá que esperar más antes de clasificar definitivamente al jugador.

Los dos goles fallados por Viguera retratan tanto al Athletic como el encajado por Iraizoz. Un despeje atolondrado de Balenziaga estorbado por Iturraspe, y el rechace de Bergantiños que se convierte en un pase de gol para Cavaleiro porque Laporte rompía el fuera de juego cuando la defensa estaba saliendo. Un despropósito que no cabe calificar ni de jugada acabó decidiendo el partido.

La defensa del Athletic ya había dado signos de inestabilidad antes del gol. Toché ganaba la espalda a los centrales en cada balón en profundidad que generaban Cavaleiro o Fariña. Al Depor le bastaba un fútbol elemental y repetitivo para desnudar a un Athletic asombrosamente inseguro atrás y tan torpe como siempre adelante. Por momentos daba la impresión de que Laporte y San José no se conocían ni de vista. Claro que delante de ellos, Iturraspe no se reconocía ni a sí mismo y le dejaba a Rico todos los recados, demasiados para atenderlos sin ayuda. Unai López, que empezó chispeante, moviéndose con sentido entre líneas y buscando el pase definitivo, se diluyó muy pronto ante la falta de ayudas.

Lo de las bandas fue otro cantar. Por la derecha Susaeta volvió a ser el caballero de la triste figura, totalmente intrascendente, equivocándose siempre, en el pase y en el desmarque, decidiendo tarde y mal con y sin balón. En la izquierda continuamos con la broma de Ibai Gómez. Que no desbordara ni una sola vez a Rodríguez sería lo de menos. Si Victor Fernández hubiera puesto un cono en su lateral derecho Ibai tampoco lo hubiera desbordado. Lo peor es que el extremo rojiblanco no fue ni siquiera capaz de frenar las subidas de su lateral, lo que, por otra parte, tampoco es ninguna novedad. El de Santutxu nunca ha brillado ni por su sentido táctico ni por su capacidad de sacrificio.

El Athletic tiró el primer tiempo a la basura, pero Valverde tampoco encontró más soluciones en la continuación que mover de sitio a De Marcos. Susaeta se quedó en la caseta en el descanso. Entró Iraola en el lateral, De Marcos se colocó en la media punta y Unai López pasó a la banda derecha. La cosa sonó a improvisación pura y dura, a un a ver qué pasa. Como no pasó nada, el siguiente movimiento fue retirar a Rico para dar entrada a Beñat. El equipo perdió la poca consistencia defensiva que tenía y no ganó un ápice de creatividad. Claro que para entonces el Depor ya estaba concentrado únicamente en defender su renta por el método de acumular gente atrás. A última hora Williams sustituyó a Unai López, lo que situó a Viguera en la media punta y llevó a De Marcos a la banda derecha.

Al final, todo se reduce a una sola cuestión: la ausencia de Aduriz. El dato produce escalofrío. Este año el Athletic no ha marcado un solo gol con Aduriz fuera del campo. Todo el equipo depende del delantero de una forma dramática y no se atisban soluciones a corto ni a medio plazo. Pero la de Aduriz no fue la única ausencia del partido. Iturraspe y Susaeta tampoco comparecieron en Riazor, y muchos de sus compañeros, demasiados, deambularon por el campo carentes del espíritu mínimamente exigible. Perdiendo todas las disputas, llegando tarde a todas partes, sin la intensidad que suple tantas veces otras carencias. Y no es la primera vez que el equipo da esa sensación de modorra, de grupo blando y amorfo que se viene abajo al primer contratiempo y entra en un bucle de fallos y errores que sonrojarían a un juvenil. Dice Valverde que hay que reflexionar. Si lo quiere llamar así…

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