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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El remo, un deporte de imponderables



Kaiku y Urdaibai mantuvieron un magnífico duelo en la ría. Foto Juan Castanedo. ACT

Kaiku y Urdaibai mantuvieron un magnífico duelo en la ría. Foto Juan Castanedo. ACT

¿Alguien imagina un partido de baloncesto en el que una de las canastas tenga diez centímetros más de diametro que la otra? o ¿un campo de fútbol con una portería más grande que la otra?. Tomarían por loco a quien propusiera semejante idea. Pues bien, hay un deporte en el que cosas como esas o más incluso más exageradas, ocurren sin que nadie se extrañe ni le moleste más que lo justo. Hablamos de remo en banco fijo, en su modalidad reina, la de las traineras, cuya máxima competición acaba de echar a andar.

El remo en banco fijo es el único deporte en el que los imponderables se admiten como algo sustancial al mismo. Hay otros deportes que se practican en la naturaleza y que están sujetos al albur de la climatología, pero ninguno como el remo. En todos los demás deportes, incluídos los náuticos, llueve o sopla el viento igual para todos. En las regatas a vela, sea cual sea la modalidad, las encalmadas o las ráfagas violentas afectan a todos los contendientes por igual. En el remo en banco móvil, las pistas están diseñadas y construidas al modo de piscinas, con la misma profundidad en todas las calles, con sistemas que minimizan el efecto de la ola que producen los propios participantes y con una atención especial a los vientos dominantes en la zona. Pero la modalidad olímpica es una cosa, y la tradicional otra bien distinta.

Las diferencias en el material, aunque reales, son lo de menos puesto que superada la sorpresa de la novedad, todos se apresuran a copiar al inventor. Sucedió en el paso de la madera a la fibra en la construcción de embarcaciones y remos, y sucede cada vez que se produce un cambio significativo en el diseño. Kaiku estrenó hace un par de años una trainera que le dio una importante ventaja en las ciabogas, pero a día de hoy la práctica totalidad de los equipos ya dispone del mismo modelo. Orio fue en su día pionero en la adaptación de la técnica y del entrenamiento del banco móvil al fijo, pero rápidamente fue imitado por todos, entre otras razones porque el club amarillo es un exportador neto de técnicos y remeros.

Lo que hace distinto a este deporte del resto es el escenario en el que se practica. Bien en la mar o en ría, un campo de regatas es intrínsecamente irregular por mucho que se haya perfeccionado la técnica de balizamiento. Hace muchos años que los encargados de fondear las balizas dejaron atrás las referencias visuales en tierra y hasta la técnica de la topografía. El GPS garantiza ahora la exactitud del rectángulo. El problema está allí donde alcanza la mano del hombre: en las corrientes, en el viento, en la profundidad, en las mareas, en los caprichos del cambiante verano del Cantábrico donde el viento cambia de dirección e intensidad en cuestión de minutos.

Dos de las tres regatas que se llevan disputadas en la Liga San Miguel, la primera división de las traineras, se han decidido por factores ajenos a remeros y patrones. La suerte es un elemento decisivo en este deporte y puede decirse que en las dos regatas disputadas el último fin de semana, la clasificación la decidieron más los delegados al sacar la bolita de la bolsa, que el esfuerzo de los deportistas.

El sábado se pudo de manifiesto que el nuevo campo de regatas estrenado en la bahía de Laredo no reune las mínimas condiciones de igualdad entre las calles, al menos en las condiciones de viento y marea en las que se disputó la regata. Las tres tandas registraron idéntico resultado. Ganó quien navegó por la calle 3, el segundo clasificado remó en los tres casos por la calle 4, todos los terceros estuvieron en la calle 2 y a los que les tocó la calle 1 sufrieron la condena de acabar últimos y muy descolgados. La repetición descarta la casualidad, así que hubo unanimidad para acordar que las condiciones del campo de regatas determinaron el resultado.

Apenas unas horas después ocurrió algo muy parecido bajo el puente colgante, aunque en este caso no cabe hablar de sorpresas. Las condiciones del campo de regatas de Portugalete son de sobra conocidas. El escenario reúne todos los elementos para provocar la tormenta perfecta. Al tratarse de una desembocadura la marea es un factor decisivo al que se suma el del viento, cambiante según hagan de parapeto las dos paredes que encajonan los dos márgenes de la ría. Hace unos años incluso podía jugar un papel importante la contaminación, en forma de objetos flotantes, simples plásticos o peligrosos troncos o maderos, que obligaban a los proeles a añadir a sus herramientas habituales un utensilio especialmente diseñado para liberar la proa de cualquier objeto adosado.

Tan peculiar campo de regatas viene siendo objeto de una tradicional polémica sobre su idoneidad, amplificada en los últimos tiempos a medida que hay más en juego en cada regata. Sus defensores apelan a la tradición, las regatas en Portu se remontan al siglo XIX, y la excelencia del escenario para el público. Sin duda es el campo donde más de cerca se puede apreciar el esfuerzo de los contendientes. A sus detractores no les hace falta mucho esfuerzo para encontrar argumentos en su contra. Les basta con repasar los resultados para demostrar su irregularidad.

Lo que en realidad ocurre en los últimos tiempos es que se ha renunciado a la igualdad de la regata por la exigencia horaria de la televisión. Cuando no había cámaras en directo el horario se adecuaba de forma que la tanda de honor se disputaba en la punta de la marea, durante esos minutos en los que las aguas han dejado de subir y permanecen inmóviles antes de empezar a bajar. La histórica Bandera del Nervión o la memorable ‘regata monstruo’ de El Corte Inglés, que citaba a los cuatro mejores para cerrar la temporada se disputaban en horarios que establecía la tabla de mareas y no la parrilla de televisión y las dos orillas registraban multitudes que previamente habían pasado por taquilla. Así se lograba igualar unas calles siempre distintas entre sí. Organizar una regata en la desembocadura del Nervión sin atender a la marea, como ocurre ahora, es decidir el resultado en el sorteo de tandas, hasta el punto de que los entrenadores deciden sus tripulaciones en función a que si la calle que les ha tocado les otorga posibilidades o les condena de antemano.

Kaiku ganó en Laredo porque fue el mejor de los que bogaron por la calle 3 y Tirán, que acabó entre los cuatro peores de Laredo hundido en la maldita calle 1, se llevó la regata en Portugalete el domingo porque aprovechó su superioridad sobre Zumaia para bogar toda la regata por la calle más próxima a Portugalete y porque el viento dejó fuera de combate a los más potentes en la tercera tanda. En el caso de los gallegos funcionó el mecanismo de compensación de la suerte y pasaron de la miseria del sábado a la gloria del domingo. Hondarribia, una trainera que estaba llamada a estar entre las grandes, lo tuvo peor: se pasó todo el fin de semana en la peor calle y se dejó un montón de puntos que le han relegado a la octava posición en la general y condicionarán toda su temporada. Son los imponderables de este deporte.

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