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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El Teresa Herrera y aquellos torneos de verano



Berizzo podrá observar hoy a los menos habituales. Foto AC

El fútbol ya no es lo que fue. Jugar un Teresa Herrera un 14 de noviembre roza el delito. Ni el fútbol, ni la memoria de aquellos torneos de verano que fueron nuestra ventana al mundo futbolístico exterior, merecen semejante disparate. Lo de esta noche no hace justicia a un torneo que se ganó un sitio en la historia de este deporte.

Lo de esta noche no tiene nada que ver, por ejemplo, con el Teresa Herrera que ganó el Athletic en aquel agosto de 1983, cuando todavía resonaban los ecos de la gabarra en Bilbao. Claro que el Athletic de esta noche tampoco tiene mucho que ver con aquel Athletic campeón, ni en dimensiones, ni en protagonistas, ni en prácticamente nada, aunque siga siendo el mismo club.

El Athletic, que había  eliminado en la semifinal al Real Madrid, con gol de Sarabia, le ganó la final al Peñarol (que había eliminado al Dinamo de Kiev), con un gol de Sola. Dani se partió la rodilla a los cinco minutos de aquella semifinal. Los tacos se le quedaron enganchados en el césped en un giro. Se perdió casi toda la temporada, pero llegaría a tiempo de marcar en San Mamés el gol de la victoria contra el Real Madrid, que encaminaba al Athletic hacia su segunda Liga consecutiva.

Los veranos eran mucho más largos entonces  porque el fútbol desaparecía de nuestras vidas con la última jornada de la Liga o, como mucho, con la final de Copa, y la competición no volvía hasta la segunda semana de septiembre. Por eso, llegado agosto, cuando ya el mono de fútbol empezaba a ser insoportable, nos aferrábamos a los torneos de verano, aunque TVE solo retransmitiera las finales. Era aquel un fútbol extraño, muy distinto al habitual de invierno; un fútbol noctámbulo, caluroso y festivo, que más de una vez acababa bordeando la crónica de sucesos, gracias casi siempre a la inestimable colaboración de los equipos uruguayos.

En su época de máximo esplendor, hubo torneos de verano en casi todas las ciudades, pero como en todo, también en esto había clases, y la aristocracia se reducía a tres citas: el Ramón de Carranza, en Cádiz; el Teresa Herrera en A Coruña, y el Trofeo Colombino, en Huelva. Los tres competían por otorgar el trofeo o la copa más original y, sobre todo, más grande y de más valor monetario, y por traer a equipos de relumbrón, brasileños, uruguayos o argentinos sobre todo.

El Athletic tiene los tres trofeos en sus vitrinas: el gigantesco Ramón de Carranza, cuya vuelta de honor requería el trabajo de todo el equipo, suplentes y algún auxiliar incluidos; la Torre de Hércules del Teresa  Herrera, y la carabela de plata del Colombino. Porque hay que recordar que los tres eran de plata de la buena, un derroche de plata transformada en obra de arte gracias a un extraordinario trabajo de orfebrería, como solía repetir cada año el locutor de televisión de turno.

El esquema se repetía en los tres grandes. Había fiesta en la ciudad, los equipos participantes eran agasajados por las autoridades municipales, con recepciones en el ayuntamiento, comidas de gala, intercambios de regalos y hasta el saque de honor a cargo de la miss o reina de la fiestas de turno. Y cada uno tenía sus tradiciones en el campo. En Riazor, por ejemplo, se acostumbraba a acudir a la grada con una abundante merienda.

Al aficionado más joven le parecerá increíble, pero hubo un tiempo en el que solo se televisaba un partido de Liga los domingos y, con suerte, uno de Copa de Europa los miércoles, si  jugaba el Real Madrid. Por eso, los torneos de verano eran la única oportunidad de ver equipos extranjeros de los que solo sabíamos de oídas. Nombres legendarios como el Santos, donde jugaba Pelé, Vasco da Gama,  Flamengo,  Botafogo,  Peñarol, Nacional, Estudiantes, Independiente, o los más cercanos Benfica, Oporto, Dinamo de Kiev o Inter, brillaban en los artísticos carteles anunciadores. Después la realidad solía ser casi siempre más prosaica, y los mitos se convertían en equipos vulgares, perezosos, que venían de gira a Europa para llevarse unos dólares y  colocar a un par de jugadores. Demasiadas veces sus partidos terminaban con varios expulsados y sus tanganas formaban parte del programa.

Pero por encima de esos fraudes, ganar uno de los grandes del verano proporcionaba un prestigio indudable. Es más, el mero hecho de que te invitaran certificaba tu abolengo. El Athletic que ganó el Teresa Herrera de 1983 participó en su condición de campeón de Liga, alternando con el Real Madrid, que no necesitaba presentación,  y menos en A Coruña, donde era casi equipo local, el histórico Peñarol, y el Dinamo de Kiev, que era el campeón de las dos ediciones anteriores.

Eran tiempos en los que se hablaba más de honor que de dinero. Quizá por eso, el Athletic estuvo rodeado de polémica aquel  Teresa Herrera. Clemente se llevó a toda la plantilla e insinuó su intención de presentar dos alineaciones mezcladas de titulares y suplentes, lo que en la organización se tomó casi como una ofensa y en Bilbao como una forma gratuita de jugar con el buen nombre del Athletic que, cómo no, estaba obligado por su historia, carácter, etc, etc, a  competir siempre con los mejores y estar a la altura de tan importante cita. Al final Clemente optó por alinear a los titulares en el primer partido y limitarse a los cambios imprescindibles en la final.

No hubo recibimiento, hubiera sido demasiado, pero el enviado especial de Egin tituló eufórico: “Las vitrinas del Athletic no se cierran ni en verano”.

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