Pages Navigation Menu

Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

El triunfo de la voluntad



Los jugadores del Athletic pudieron celebrar por fin un título. Foto AC

Los jugadores del Athletic pudieron celebrar por fin un título. Foto AC

Lo que parecía imposible se ha hecho por fin realidad. Como a comienzos de la década de los 80, cuando tras veintisiete años sin ganar una Liga y los equipos poderosos cada vez más reforzados, la afición rojiblanca se había resignado a conseguir una Copa de vez en cuando. También entonces, el Athletic se proclamó campeón de Liga cuando nadie lo esperaba y a todos parecía imposible.

La Liga y la Supercopa no son magnitudes comparables, evidentemente, pero el trasfondo no es la dimensión del título alcanzado sino el hecho de lograrlo superando al que es, sin duda, el mejor equipo del mundo, el que hace dos meses arrasó en todas las competiciones en las que tomó parte. Al Barcelona se le puede ganar un partido, porque el fútbol permite a veces esas casualidades, pero ganarle un torneo a doble partido, acabando, además, en el Camp Nou, se antoja una tarea prácticamente imposible, sea lo que sea lo que esté en juego. El Athletic lo ha conseguido y sobran los debates sobre la dimensión del título; el éxito es enorme, gigantesco y así se debe entender esta nueva muesca en el abultado palmarés de un club que, al margen de los títulos, es un éxito en sí mismo todos los días del año.

El Athletic le ha ganado la Supercopa al Barcelona y ni el más furibundo culé puede poner un solo pero al resultado final. La goleada de San Mamés, en un partido épico, hubiera significado la sentencia de la final ante cualquier otro rival del mundo; no ante este Barcelona sediento de títulos que no perdona nada porque sabe que lo puede conseguir todo.

Lo mejor de esta final para el Athletic ha sido su demostración de carácter, por fin, en los dos partidos. Después de cuatro finales en las que los rojiblancos se limitaron a hacer acto de presencia con una sumisión impropia de la historia de este club, los leones volvieron a hacer honor a su sobrenombre. Los de Valverde compitieron de igual a igual, metieron la pierna con energía, corrieron más que el rival, chocaron sin volver la cara, ganaron las disputas y les dieron a sus seguidores lo único que estos consideran irrenunciable: la capacidad de combate de campana a campana.

El partido del Camp Nou transcurrió según el guión esperado. Luis Enrique alineó a todos sus pesos pesados y lanzó al Barcelona a un acoso constante sobre la portería de Iraizoz. Valverde tuvo que sustituir a San José por Gurpegui y retiró al joven Sabin Merino, brillante en la ida, para reforzar la defensa con Bóveda en la banda derecha y De Marcos por delante. A fin de cuentas de trataba de defender un 4-0.

Pero el Athletic no se dejó encerrar ni permitió que el Barcelona le intimidara con buenas o malas artes. Atentos, concentrados, siempre bien posicionados, los rojiblancos tejieron una tela de araña por delante de la frontal de su área, que acabó enredando a las estrellas blaugranas.

Etxeita, Laporte y Gurpegui dibujaron un triángulo de hormigón armado sobre el que giró todo el equipo. Sólido Bóveda en la derecha y desatado Balenziaga en la izquierda, comiéndose a Messi cuando el argentino apareció por allí y atrevido para intentar progresar con el balón. Beñat puso la inteligencia y la distribución siempre que pudo mientras que Eraso volvía a ser un portento que se multiplica para aparecer por todas partes. El trabajo de Susaeta y De Marcos en las alas no tuvo precio. Ellos fueron los primeros defensas, pero además les quedó fuerza para hacer correr al Barcelona hacia atrás.

Aduriz merece un punto y aparte. Sus tres primeras intervenciones, un par de disputas aéreas con Piqué y un control con el pecho, anunciaron que el Athletic estaba ante una gran noche. Si el Barcelona depende de Messi para todo, Aduriz tiene una importancia capital para el Athletic. Pero no solo por sus goles, sino por su capacidad para retener el balón en posiciones adelantadas, dando tiempo a la progresión de sus compañeros, y su trabajo obstaculizando una salida cómoda del rival. Si Aduriz hace bien su trabajo, el Athletic vive más feliz, y Aduriz ha estado sembrado en los dos partidos hasta convertirse en el hombre de la final, sin ninguna duda.

El Athletic también tuvo la pizca de suerte imprescindible para ganar títulos. Un gol rápido del Barcelona podía cambiar el curso de la final, pero el larguero rechazó un remate a bocajarro de Piqué en los primeros minutos. Después fue Eraso quien tuvo el título en sus botas, cuando se plantó solo ante Bravo, pero su remate se estrelló en el lateral.

El Barcelona dominó e hizo sufrir al Athletic, pero estuvo muy lejos del agobio que se temía. Muchos pases horizontales, muchos intentos de penetración en movimientos corales que ya son un clásico en su juego, pero, en definitiva, poca llegada y menos remate. Iraizoz no se manchó los guantes en todo el primer tiempo, aunque acabara encajando un gol a última hora.

La expulsión de Piqué en los primeros compases de la segunda parte, fue definitiva. El Barcelona reaccionó con rabia y tuvo sus mejores momentos en ataque, pero era su canto del cisne. Si no había podido romper al Athletic con once, menos lo iba a hacer con diez y con una hora de partido en las piernas.

El partido se fue desmoronando, con ataques blaugranas menos poderosos cada vez que además abrían verdaderas autopistas en su zaga por las que tarde o temprano se acabaría colando un rojiblanco, como así sucedió cuando a falta de un cuarto de hora Aduriz se quedó solo ante Bravo, que hizo un paradón en el primer remate, para sentenciar la final.

El éxito del Athletic es el triunfo de la voluntad, de la fe en una idea innegociable. Tan importantes como este título son los 31 años de espera paciente, sin perder un ápice de fidelidad a un estilo, a una manera de hacer las cosas y a una concepción del fútbol que no es ni de este mundo ni de estos tiempos.

Esta Supercopa ha enfrentado a los dos extremos: el viejo dilema entre cantera y cartera. Una constelación de astros, fichados a golpe de talonario frente a un grupo nacido, crecido y moldeado en casa. Es la vieja historia que siempre repite el mismo final. ¿siempre?. No. A veces, muy pocas, la utopía vence a la lógica y ese triunfo se disfruta por su sabor excepcional.

Share This: