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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Encontrar soluciones es mejor que buscar culpables



Dos victorias, Girona y Sevilla, tres empates, Hertha, Málaga y Ostersunds, y cinco derrotas, Las Palmas, Atlético de Madrid, Zorya, Valencia y Leganés, completan la estadística de los diez últimos partidos del Athletic. No hay duda de que hay motivos para la preocupación no ya solo por lo paupérrimo de la estadística, sino por las circunstancias asociadas a los fracasos. Todavía dolían aquellos dos goles del Málaga en los últimos instantes y con un hombre menos, cuando llegó la catástrofe de Zorya. Y aunque pareció que el Athletic levantaba cabeza, vino a continuación el esperpento de Ostersunds, que tuvo su momentáneo epílogo en el penoso espectáculo de Leganés. ¿Qué será lo próximo?, se pregunta el aficionado, temeroso ya de lo que pueda ocurrir en Formentera, un compromiso de esos que el seguidor avezado ve venir de lejos como una cita en la que el Athletic tiene todo que perder y nada que ganar.

No solo ha sido que se haya perdido (o empatado) sino cómo. Y eso es lo que realmente preocupa y saca a relucir la habitual batería de preguntas en estos casos.

Las miradas se dirigen al banquillo mientras en el entorno rojiblanco empiezan a aflorar esa colección de clásicos populares que se repiten cuando un equipo entra en una crisis de resultados. En esto el Athletic tampoco es una excepción. Las cosas que se dicen, se susurran, se escriben o se gritan, se han dicho, susurrado, escrito y gritado mil veces antes en los entornos de todos los equipos, incluido claro, el Athletic.

En Leganés, el grupo de seguidores del Athletic se sentó tras una pancarta que rezaba: “Somos diferentes”. En este caso, desde luego, no. Ya se habla de sustituir a Ziganda; ya corren los rumores sobre una posible ‘cama’ de los jugadores al técnico o sobre un supuesto malestar de los pesos pesados del vestuario. Como siempre en estas circunstancias, los mejores son siempre los que no han jugado. Ya solo falta la recurrente historia del futbolista golfo y trasnochador para que tengamos el paquete completo. Estamos a un par de derrotas de que aparezca el presunto interfecto. Cómo estarán las cosas que ya se oyen por ahí rumores de presuntas matriculaciones apresuradas en colegios de Bilbao de hijos de entrenadores en paro. En fin, los clásicos de toda la vida.

Las crisis deportivas de los equipos suelen obedecer a una combinación de causas que raramente permiten un diagnóstico tajante que identifique una razón concreta. Generalmente se suele estar ante una serie de pequeños detalles que, acumulados, originan un gran problema. A veces, incluso, esos detalles tienen más que ver con percepciones subjetivas que con hechos objetivos.

Ziganda está ahora mismo preso del discurso que pronunció el día que su presentación como entrenador del primer equipo. En la memoria colectiva quedó una frase que le acompañará cuando se vaya: “Lo que no mejora, empeora”, pero además, el personal recuerda su encendido elogio a la calidad general del equipo. Si un equipo tan bueno en palabras de su propio entrenador, lejos de mejorar ha empeorado a ojos vista bajo su mandato, es inevitable que los dedos acusadores apunten hacia su persona.

También juega en contra del técnico su escasa experiencia en la élite: dos temporadas muy discretas en Osasuna que culminaron con el despido en la sexta jornada de su tercer curso, y diecisiete partidos en el entonces recién ascendido Xerez. Una escasa experiencia a la que se le suma la condición de debutantes en la categoría, de su segundo y de su preparador físico, lo que no es una cuestión menor. El papel del ayudante es más importante de lo que el aficionado imagina, y más en circunstancias adversas.

El ascendiente que pueda tener sobre sus jugadores, sobre todo los más jóvenes, a los que tuvo a sus órdenes en el filial, o su condición de vieja gloria que goza del cariño del público, no parece que alcanzan para compensar otras carencias. Una plantilla profesional es un microcosmos muy jerarquizado y sometido a unas fuertes presiones internas y externas, donde los egos juegan un papel muy importante;  tiene poco o nada que ver con el vestuario de un equipo filial. Es cada vez más evidente que un entrenador debe ser, por encima de todo, un gestor de grupos. Que Ziganda lo sea solo lo pueden saber quienes participan en el día a día más íntimo del colectivo.

En todos los órdenes de la vida el tiempo es un factor decisivo. Nada que merezca la pena se hace de la noche a la mañana. Una construcción sólida, sea cual sea su naturaleza, requiere de un desarrollo temporal razonable para pulir los defectos y corregir los errores con la necesaria perspectiva. Pero el tiempo es el bien más escaso en el mundo del fútbol. Los partidos se suceden con tal velocidad que toda la temporada se puede ir por el sumidero en el lapso de dos semanas. Basta observar qué sucedería si el Athletic no le gana al Ostersunds y pierde contra el Barcelona y el Celta, hipótesis en absoluto descabellada visto lo visto hasta ahora. Por no hablar del golpe anímico que supondría que la cita de Formentera deparara uno de esos deprimentes espectáculos que tanto se suelen repetir en las eliminatorias tempranas de Copa, sea cual sea el marcador final.

Quizá porque desde el club se transmitió esa idea, el mundo rojiblanco entendió que Ziganda significaba la continuidad de Valverde y que los cambios se limitarían a mínimas cuestiones de matiz. Se ha visto que no es así; que el técnico tiene otras ideas referentes, por ejemplo, a aspectos como la solidez defensiva que, por cierto, se está convirtiendo en una obsesión a medida que no llegan los resultados. El Athletic no juega como lo hacía con Valverde. No lo hace ni peor, ni mejor, pero sí distinto. Con Valverde también hubo partidos malos y hasta muy malos, pero el crédito acumulado a base de resultados alivió el peso de los problemas.

Solo en el arranque de la temporada 2014-15, el Athletic de Valverde sufrió una racha de malos resultados semejante a la actual. Se achacó entonces el bajón a la descompresión del equipo tras eliminar al Nápoles en la previa de la Champions. De aquella racha datan episodios como las derrotas ante el Bate Borisov y el Rayo Vallecano, un empate a cero ante el Eibar en San Mamés, o el 5-0 que le endosó el Real Madrid en el Bernabéu. Conviene recordarlo ahora que parece que todo tiempo pasado fue mejor.

En estas circunstancias no queda otra que mantener la confianza y de ganar tiempo para revertir la situación porque, de no conseguirlo, las consecuencias están en la mente de todos. Recordar que no se ha fichado en dos años o añorar a los que podrían estar, sirve tanto como llorar sobre la leche derramada. Esto es el Athletic y no fichar en dos años debería ser asumido como algo que entra en parámetros lógicos de acuerdo con su forma de funcionar.

La gran pregunta a la que el Athletic deberá encontrar una respuesta urgente es si los jugadores creen en el entrenador y en su sistema. Es una duda más que razonable a la vista de las señales que emite el equipo cada partido. Urge una respuesta porque, con Ziganda o sin Ziganda, van a ser estos jugadores y no otros los que van a tener que sacar esto adelante. A lo mejor ha llegado la hora de que los futbolistas se expresen, asuman que su responsabilidad va más allá de salir al campo a hacer lo que les dicen, y entre todos, jugadores y cuerpo técnico encontrar la manera de demostrar que no se les ha olvidado jugar al fútbol. Es la hora de encontrar soluciones, que siempre es más eficaz que buscar culpables.

 

 

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