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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Gorka Iraizoz, un portero contra viento y marea



Gorka Iraizoz se emocionó y emocionó a todos en su despedida. Después de diez años en el equipo y casi cuatrocientos partidos defendiendo la portería, los aficionados del Athletic han conocido a Gorka Iraizoz en su última rueda de prensa. El portero se descubrió como un hombre de inmensa humanidad, a través de un discurso entrecortado por la emoción del momento pero pleno de coherencia y sentimiento rojiblanco. Si los aficionados del Athletic hubieran sabido que Gorka es y siente así, a lo mejor más de uno se hubiera guardado los comentarios ácidos y hasta los silbidos que ha tenido que escuchar en San Mamés el portero que más veces ha defendido la portería del Athletic después de dos monstruos como Iribar y Carmelo.

A Gorka Iraizoz le han perdido las apariencias y el lenguaje corporal. Dentro de un armazón que se mueve con indolencia y como a cámara lenta, bulle un espíritu inquieto; detrás de una mirada que sugiere cierto despiste, hay una persona que presta mucha atención a lo que ve y fotografía la realidad con precisión.

Iraizoz se despide después de diez años incomprendido en San Mamés, de luchar contra viento y marea contra la sospecha permanente. Da la impresión de que ha conectado con el público justo ahora que se va, en su última comparecencia; cuando se ha sincerado y los sentimientos han brotado por todos sus poros, al mismo tiempo que las lágrimas.

Gorka ha sido el portero titular del Athletic durante una década, aunque se diría que nunca ha disfrutado del adjetivo que suele acompañar al sustantivo en estos casos: nunca le han otorgado la consideración de titular indiscutible pese a sus 392 partidos saliendo de inicio. Casi siempre ha sido observado con lupa y parte de la afición ha llegado a interiorizar que Iraizoz estaba bajo los palos porque no había otro.

En su despedida se refirió en varias ocasiones a las situaciones críticas que ha atravesado en el Athletic. Nadie, ni él mismo, verbalizó a qué se refería en concreto, aunque en el recuerdo de todos estaba aquel aciago partido contra el Espanyol en febrero de 2013, cuando el declive del equipo y del entrenador que habían protagonizado las dos finales, ya era algo más que una sospecha. El Athletic cayó goleado 0-4 en un partido que pudo sentenciar en media hora. Pero la primera llegada del Espanyol acabó en gol, y la segunda tuvo el mismo resultado, esta vez con un fallo clamoroso del portero. San Mamés estalló con el tercer tanto, pese a que Iraizoz poco podía haber hecho para evitar un remate a bocajarro y el cuarto llegó tras un penalti rechazado por el propio Gorka, que ningún defensa acertó a despejar. Para entonces todos los dedos ya le señalaban como culpable y lo peor estaba por llegar; de la crítica y la censura se pasó a la burla cada vez que Iraizoz tocó el balón. Aquella tarde fue una de las más tristes de la centenaria historia de San Mamés, sin duda. La catedral ha censurado, incluso con dureza, a sus jugadores, y hasta los más brillantes han tenido que soportar la división de opiniones de la grada, pero nunca nadie había sufrido el menosprecio que padeció Iraizoz aquella maldita tarde.

Cualquier otro futbolista hubiera sucumbido ante aquella situación. De hecho, Iraizoz perdió la titularidad y quedó relegado al banquillo los siguientes tres partidos. Pero volvió, demostrando una entereza y una fortaleza mental que solo está al alcance de los más dotados para sobrevivir en el durísimo mundo del deporte profesional.

Iraizoz ha sido un portero de estilo clásico que ha sufrido el fútbol moderno en sus carnes. Una autoridad incuestionable en la materia como José Angel Iribar, sostiene que cada nueva norma del reglamento es un ataque a los porteros. La prohibición de recoger cesiones, el doble castigo del penalti y la expulsión que estuvo en vigor hasta la pasada temporada, los propios balones actuales,  ligeros y de trayectoria incierta… A los guardametas de hoy en día se les exige no solo evitar goles, que es su obligación natural, sino participar en el juego del equipo. La gran carencia de Gorka Iraizoz ha sido el manejo con los pies, lo que ha provocado en muchas ocasiones que los fallos al tratar de sacar el balón, han pesado más en el ánimo de la grada, que los aciertos bajo palos.

A Gorka Iraizoz hay que agradecerle la estabilidad que ha proporcionado a la portería del Athletic. Han pasado tres décadas desde que Zubizarreta se fue al Barcelona en un traspaso que, como el paso del tiempo demostró, el Athletic se tomó demasiado a la ligera y sin calibrar las consecuencias a largo plazo. Izaizoz ha cubierto un tercio de este tiempo. En los veinte años restantes, por la portería del Athletic pasaron nueve guardametas de todo tipo y condición, altos y bajos, rápidos en las salidas y seguros bajo palos, o viceversa; todos o casi todos, promesas de gran futuro que se quedaron en nada o casi nada, en varios casos víctimas de la ansiedad del club y la afición o de los malos resultados del equipo.

Estos diez años de continuidad son la mejor aportación de Gorka Iraizoz al Athletic. Su solvencia ha facilitado ahora una transición natural y tranquila, sin los sobresaltos de anteriores ocasiones, cuando no se creía en el titular, se desconfiaba del suplente y se miraba al juvenil con impaciencia. La portería del Athletic ha dejado de ser un cadalso en buena parte gracias a la perseverancia de Iraizoz. Ese es el gran legado que deja un portero que respondió a la incomprensión de la grada sin un mal gesto y con la presencia de ánimo que solo tienen los mejores.

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