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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Gurpegui necesita algo más que buenas palabras



Carlos Gurpegui volvió a sufrir un martirio en el Bernabéu. Foto MITXI

Carlos Gurpegui volvió a sufrir un martirio en el Bernabéu. Foto MITXI

El partido del pasado sábado en el Santiago Bernabéu volvió a poner de manifiesto una circunstancia generalizada en el fútbol español como es la normalidad que han alcanzado, a fuerza de repetirse, unos hechos que en otros países tienen la consideración de delito. Cada semana se repiten en los campos de fútbol las mismas escenas y los mismos o parecidos cánticos: simbología nazi, insultos de todo tipo, incluidos los racistas, y toda suerte de agresiones verbales a los protagonistas del partido. No se libra ningún campo, salvo quizá el Camp Nou desde la intervención ejemplar de Joan Laporta que acabó con el último reducto de los Boixos Nois, aunque eso le costó sufrir graves amenazas y un serio problema personal que afectó incluso a su familia, incluyendo una mudanza obligada de domicilio tras la aparición de pintadas en su casa, y la necesidad de contar con escolta. Desde finales de la década de los setenta y durante todos los ochenta, los Boixos Nois encontraron la réplica en los Ultras Sur del Santiago Bernabéu. Aquellos han desaparecido, estos volvieron a exhibirse el sábado en la visita del Athletic al campo madridista, como lo hacen todos los días de partido en el Bernabéu y en no pocos viajes del equipo blanco.

Estos dos grupos han sido siempre los más significativos por ser los más violentos y por identificarse con los dos equipos con mayor presencia mediática. Pero ningún campo está a salvo de su propio grupúsculo más o menos numeroso, que hace de las suyas generalmente situado detrás de una portería. Tampoco San Mamés es una excepción y el traslado al nuevo campo debería servir para encontrar una solución.

Carlos Gurpegui y Markel Susaeta fueron las principales víctimas de los insultos y cánticos de esa parte de la grada durante los noventa minutos del partido ante la pasividad del árbitro y los encargados de velar por la seguridad en el estadio, a los que el recital les debió de parecer la cosa más normal del mundo. A Markel Susaeta le tocó sufrir las consecuencias de una falacia montada por el sector más carpetovetónico del periodismo español a partir de una frase que hubiera pasado desapercibida en boca de cualquier otro jugador de la selección. Hubo hasta quien, en un ataque de intelectualidad, se lanzó a teorizar basándose en el apellido del jugador de Eibar. Lo que sucedió en el Bernabéu era perfectamente previsible; cabe esperar que sea algo de carácter puntual que no trascenderá a otros estadios ni perdurará en el tiempo, aunque tampoco es descartable el contagio por vía televisiva.

También era previsible lo que le ocurrió a Gurpegui porque viene repitiéndose desde hace diez años sin que nadie, ni propio ni extraño, haga nada por evitarlo y esto es lo verdaderamente grave de este asunto. Carlos Gurpegui desveló después del partido que le pidió al árbitro que si no podía evitar que sucediera,  al menos reflejara en el acta lo que estaba ocurriendo. La respuesta de José Antonio Texeira Vitienes no solo le inhabilita para ejercer como árbitro sino que describe la catadura moral del individuo. Negó que oyera nada y rellenó el apartado del acta referido al comportamiento del público con una sola palabra: ‘normal’. Sin proponérselo, Texeira Vitienes describió perfectamente la raíz del problema: nos parece normal que una jauría de desalmados se pase todo el partido insultando a un jugador en un recinto deportivo. Tan normal que al árbitro no le llamó la atención. Ni al árbitro, ni al resto de los espectadores, que callaron, ni a los propios compañeros de equipo y de profesión del afectado, que es lo más preocupante.

Carlos Gurpegui necesita algo más que buenas palabras. Su caso concierne a todos. Empezando por sus compañeros de profesión organizados en el sindicato AFE, del que no se recuerda que haya movido nunca un solo dedo para defender a alguno de sus afiliados de este tipo de agresiones. La puesta en práctica de valores como el compañerismo o la solidaridad la entienden los futbolistas por hacerse una fotografía vistiendo una camiseta en la que reza, ¡Animo fulanito. Estamos contigo!. Que a ese fulanito luego le insulten porque es negro,  porque dio positivo en un control,  porque una vez dijo o hizo algo o, símplemente, porque sí, ya no les atañe.

Los jugadores deberían ser los primeros interesados en conseguir que los campos de fútbol se parecieran más a otros recintos deportivos que al circo romano. Porque también hay pasión, tensión y mucho en juego en una cancha de baloncesto o en un campo de rugby, pero no hay simbología nazi ni insultos por sistema.

Y no vale con resignarse preguntándose qué se puede hacer para evitar esas situaciones, porque hay una solución tan sencilla como parar el partido. Si ya lo hacen los árbitros cuando caen un par de objetos al campo, ¿por qué no cuando se masacra sistemáticamente a un jugador?. Guus Hiddinck ordenó retirar una bandera nazi de la valla de Mestalla cuando entrenaba al Valencia. Samuel Eto’o amagó con marcharse de La Romareda en pleno partido, harto de insultos racistas. Ambos eligieron actuar en lugar que lamentarse.

¿Qué hubiera pasado el sábado si los jugadores del Athletic (los compañeros de Gurpegui y de Susaeta) se hubieran marchado del campo (y los directivos del palco) a los cinco minutos?. Pues que a estas horas estaríamos hablando de un escándalo de proporciones más que considerables, que obligaría a retratarse a todos los estamentos del fútbol, empezando por el Comité Antiviolencia.

Pero es más cómodo lamentarse, darle una palmadita en la espalda al afectado y seguir admitiendo que un campo de fútbol es un territorio donde la educación, el respeto y hasta el código civil quedan en suspenso durante noventa minutos.

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4 Comentarios

  1. Es difícil que la AFE actúe, que todos sus miembros consideren prioritario defender a sus afiliados de los insultos cuando ni tan siquiera todos los miembros de la plantilla, los compañeros de Gurpe, los consideran censurables y se prestan a aplaudir a quienes los han proferido porque le han apoyado en su particular causa.

    Y una precisión Juancar. Hablas del sector más carpetovetónico del periodismo español, pero tengo la sensación de que los insultos y críticas ha Susaeta han estado muy generalizados y extendidos. Creo que han sido más excepcionales los que se han mostrado comprensivos que lo contrario. Tristemente, pero es así.

  2. espero, digo, que si llorente marca un gol el domingo, tenga la decencia de celebrarlo. y de irse directamente a por gurpegui y abrazarse con él. sería lo suyo después del numerito de tonto del haba del otro día aplaudiendo.

  3. El tema de los insultos es más viejo que Pichichi, la verdad no creo que Gurpegi haya inventado el agua caliente. En los estadios de futbol la gente insulta y dice barbaridades, es lamentable pero es así. Y la cosa es que es un tema de concepto, porque luego esa misma gente va al tenis o al rugby a un partido del 6 Naciones y no lo hace, porque está fuera de lugar. El futbol se asocia con el insulto, lamentablemente.

    Hace muchos años se hacían estudios en Inglaterra, y ya se llegaba a la conclusión de que las aficiones dedicaban más tiempo a insultar al rival que a animar a su propio equipo.

    Y como decía John Carling en uno de sus artículos, curiosamente en ese tema los únicos protegidos son los negros. Se puede insultar a todos de cualquier manera, pero no se le puede llamar a un jugador «puto negro» entonces se lía parda, ya se lo haya llamado otro futbolista o un sector de la afición. Pero más allá de eso todo vale, por ejemplo a raíz de la tragedia de avión de Munich en la que murió la gran mayoría de los jugadores del ManU de la época, se inventó una canción de mofa que se cantaba con regularidad en los estadios ingleses, y allí no pasaba nada…

    Al final los insultos que más ofenden son los de tu propia afición, que son los que te hacen sentir vergüenza ajena. Yo por ejemplo siento auténtica vergüenza cuando en San Mamés se grita «Españoles Hijosdeputa», igual que los hinchas del Calderón han sentido una vergüenza horrible cuando una INMENSIIIÍSIMA MINORÍA ha cantado «Cumpleaños Feliz» en el aniversario de la muerte de Aitor Zabaleta, o cuando cantan «Es subnormal, el hijo de Del Bosque» (El seleccionador tiene un hijo con síndrome de down).

    Cuando se oyen esas cosas o «Ea, ea, ea, Puerta se marea…» por poner algun ejemplo de una lista casi interminable, yo no puedo evitar pensar a ver que lleva a Miguel de la Cuadra Salcedo y compañía a irse al Amazonas en busca del hombre primitivo, cuando lo tienen aquí mismo…

    Me cae fenomenal Gurpegi, es el jugador del Athletic más admirable y sufre insultos injustos, pero para mi en este caso no tiene razón. Los insultos son una realidad, en todos los estadios y los árbitros nunca los ponen en acta. Y a quien más se insulta con diferencia es a los jugadores del Real Madrid, al clan de los portugueses, y en mi opinión de forma merecida…

    Y el tema de Llorente tampoco me parece para tanto, si los que insultan son una minoría de descerebrados a los que no hay que hacer caso y los que le aplauden son la gran mayoría, en definitiva las personas normales, tampoco me parece mal que devuelva los aplausos. Tampoco podemos permitir que una minoría radical bien provista de megáfonos nos dirija.

    Saludos del Tigre

  4. Pues me jode bastante, pero la respuesta de tigre es más cabal que el post de juancar. Menudo añito mamma mia, menos mal que queda la NBA……..