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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Impotentes ante la evidencia



No hay manera de que el Atlético de Madrid doble la rodilla en el nuevo San Mamés. Cinco visitas en Liga ya, saldadas con cuatro victorias y un empate, a las que hay que añadir el triunfo que también consiguieron los de Simeone en la vuelta de los cuartos de final de la temporada 13-14. Cuando un resultado se repite tantas veces hay que buscar alguna razón más profunda que la casualidad para explicar el fenómeno. Dijo Ziganda antes del partido que el Atlético le tiene cogida la medida al Athletic. Es una forma de explicarlo. Pero tal vez sería mejor decir que el Atlético y el Athletic son dos cuñas de la misma madera, y no me refiero a su historia, pero una es más fuerte que la otra.

El Athletic, antes de Valverde y ahora de Ziganda, es un grupo que plantea los partidos con un nivel de exigencia brutal para sí mismo y para el rival. La mayoría de las veces, si esa exigencia está acompañada por un nivel de acierto mínimamente exigible en la categoría, acaba provocando un crujido en la estructura del rival, que termina desmoronándose sobre todo en San Mamés. Sucede que el Atlético de Madrid juega exactamente a lo mismo y no es un colectivo escaso de carácter precisamente. La diferencia entre los dos equipos está en que, además, los de Madrid disponen de un plus de calidad en algunos de sus elementos de los que carecen los de Bilbao. Y cuando las cosas están tan igualadas cualquier detalle cuenta. Y si el detalle se llama Griezmann, Koke o Saúl…

El partido arrancó según el guión previsto, con un Athletic valiente y un Atlético a la espera, consciente del valor de sus armas. Ziganda apostó por Iturraspe y San José en la medular, con Susaeta en una banda en detrimento de Williams. A base de empuje y con constantes permutas entre Aduriz y Raúl García en la punta del ataque el Athletic mantuvo la pelota en campo colchonero la mayor parte del tiempo aunque las ocasiones más claras las tuvieron Nico Gaitán y Griezmann, evitadas en ambas ocasiones por Kepa, que volvió a aprovechar la ocasión para seguir elevando su caché. El joven Unai Núñez vivía por fin la experiencia de enfrentarse a delanteros de primer nivel. Se supone que los noventa minutos de clinic le servirán de mucho en el futuro.

Gaitán y Griezmann tuvieron buenas ocasiones , pero la más clara la dispuso Aduriz gracias a un penalti cometido a medias por Filipe Luis y Raúl García y señalado por el asistente. Siempre se dice que un penalti errado es más responsabilidad del fallo del tirador que del acierto del portero. Recordemos que Oblak, que es un guardameta de altísimo nivel, ha detenido seis de los últimos diez penaltis que le han lanzado.

Ese penalti fallado al filo del descanso tuvo más influencia en el ánimo de los leones que en la suerte del partido. Porque el escenario que se planteó al regreso del vestuario fue muy similar al que hubiéramos contemplado si el Athletic hubiera estado en ventaja. El Atlético dio un paso al frente, como si estuviera perdiendo y necesitara empatar, y el Athletic se fue desmoronando como lo ha hecho ya en los segundos tiempos de varios partidos en lo que llevamos de temporada.

Los de Simeone se apoderaron del balón y llevaron el partido al terreno de los leones, que no tuvieron más remedio que atrincherarse en su área. La situación era la continuidad de lo que ya había venido sucediendo en el tramo final de la primera parte, porque el penalti solo fue un chispazo en medio de muchos minutos en los que los colchoneros anduvieron rondando la portería de Kepa.

Williams y Beñat ya estaban preparados para saltar al campo cuando Correa culminó una jugada de tiralíneas que dejó en evidencia a la cada vez más nerviosa zaga rojiblanca. El doble cambio táctico se convirtió pues en obligado, aunque no aportó nada al equipo. Con el marcador ya a favor el Atlético no dejó un solo resquicio por el que Williams pudiera lucir su velocidad, y Beñat no sumó nada distinto a lo que había aportado Iturraspe.

La batalla que habían protagonizado los dos equipos hasta entonces, con peleas por el balón en cada palmo de terreno, dio paso a los matices. La brocha gorda del choque y el sudor sucumbió ante las pinceladas sutiles de talento y San Mamés asistió al ejercicio de impotencia de su equipo. Mientras los colchoneros movían la pelota con precisión y claridad de ideas, en el bando de los leones se sucedían los fallos en entregas a tres metros, las pérdidas absurdas y las indecisiones de todos, excepto de Balenziaga, contumaz durante los noventa minutos en su tarea de arrear balonazos a Giménez, o sea, lo que los laterales del Athletic entienden por centrar.

La paradoja vino con la entrada de Córdoba por Aduriz. En los doce minutos que estuvo en el campo, el chaval puso los cuatro mejores balones en el área del partido, justo cuando ya no estaba el rematador.

Para entonces, el gol de Carrasco, que volvio a retratar la inocencia de Núñez, ya había sentenciado el partido. El gol de Raúl García en la prolongación adecentó el marcador pero no ocultó lo que había sucedido en noventa minutos que al Athletic se le hicieron demasiado largos, porque en este juego además de tener una voluntad a prueba de cualquier contrariedad y un espíritu de entrega y de trabajo encomiables, hay que tener un mínimo de claridad y de calidad para mover la pelota y llevarla hasta la portería contraria, que es de lo que se trata.

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