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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Jugada redonda



Ziganda planteó en Eibar el viejo y recurrente debate de las rotaciones. No sería extraño que durante la primera media hora de juego en Ipurua en las redacciones se estuviera repasando la estadística de catástrofes que ha sufrido el Athletic en los últimos años cada vez que su entrenador ha decidido recurrir a lo que ahora se llama fondo de armario; los suplentes de toda la vida, vamos. Probablemente también se estaría repasando el argumentario para censurar la decisión del técnico. Por un lado el partido del jueves contra el Panathinaikos se presentaba como una coartada aceptable para admitir algunos cambios; el parón que sufrirá la Liga el próximo fin de semana hacía de contrapeso en la discusión: ¿no son capaces estos chicos de jugar dos partidos en una semana con las piernas frescas de agosto?.

La verdad es que Ziganda arriesgó lo suyo. Al lesionado De Marcos se le sumaron en la lista de descartes tipos del peso específico de Beñat, Susaeta o Balenziaga, recursos habituales como Etxeita y, sobre todo, Muniain, el futbolista más en forma del equipo en este arranque de temporada. El técnico confió en Núñez para hacer pareja con Laporte, con Saborit en la izquierda y Bóveda por la derecha, dejó el centro del campo en manos de un dúo inédito como el formado por San José y Vesga y siguió confiando en Córdoba en el costado izquierdo. De hecho del equipo que el aficionado tiene en la cabeza solo figuraban Kepa, el mencionado Laporte, Raúl García, Williams y Aduriz.

Fue una apuesta de riesgo máximo, asumida por un entrenador que ha dirigido cinco partidos oficiales al primer equipo. El asunto de las rotaciones fue uno de los principales caballos de batalla de su antecesor, de ahí que muchos enarcaran la ceja cuando vieron la alineación. La apuesta acabó bien y a Ziganda le salió la jugada redonda; primera victoria en Liga, tres puntos y un mensaje claro a la plantilla: cuento con todos.

El Eibar arrancó el partido como un tren de mercancías. Los de Mendilibar se empeñaron en una presión asfixiante y encerraron en su área a un Athletic que a duras penas sobrevivía al empuje del rival, a las indecisiones de sus centrales y a la inconsistencia del centro del campo. Media hora es mucho tiempo para sufrir en Ipurua. Es verdad que Kepa apenas tuvo que intervenir para recoger con comodidad un par de remates tan inocentes como lejanos, pero la imagen de desbarajuste que estaba dando el Athletic era el fiel reflejo de una alineación insólita.

El ritmo con el que empezó el Eibar era insostenible y el mero paso de los minutos alivió la situación de un Athletic que poco a poco consiguió alejar el partido veinte metros del frontal de su área. La pelota se atascó en el centro del campo, donde fue maltratada a conciencia por los jugadores de los dos equipos, que para entonces ya interpretaban con gran propiedad y estilo el libreto de todo derbi que se precie. Presión feroz, marcajes implacables, choques y más choques, se sucedían muy lejos de las dos porterías.

A uno de esos choques entró Núñez en el círculo central con el cuchillo entre los dientes, que se decía cuando en los derbis además de choques había barro, y el balón salió rebotado hacia el banderín de corner del Eibar como se podía haber ido a la fábrica de Alfa. Era otro balón perdido y los jugadores del Eibar no lo persiguieron pensando que ya saldría por la banda y se lo devolvería un recogepelotas. No cayeron en la cuenta de que Williams pasaba por allí. El delantero recogió el regalo, miró, vio que Aduriz le señalaba el desmarque y centró con el relajo con el que lo hubiera hecho en un entrenamiento en Lezama, que es donde se ven los mejores centros. El cabezazo de Aduriz en el área pequeña fue canónico, culminando el desmarque a la carrera, anticipándose a un defensa absolutamente vendido, marcando los tiempos en el salto y conectando el remate con la frente con la misma potencia que si lo hubiera hecho con el empeine. El balón se fue a la red tras doblar las manos del sorprendido Dmitrovic, sorprendido porque hasta entonces, y ya corría el minuto 38, no había visto de cerca una sola camiseta rojiblanca.

El Athletic se fue al descanso con la autoestima por las nubes, consciente de que incluso con una alineación tan novedosa estaba siendo capaz de superar a un Eibar cuya voluntad era inversamente proporcional a su fútbol una vez diluido el impulso inicial.

Mendilibar reaccionó dando entrada a Bebe y quitando a Peña. El portugués es un futbolista con más físico que talento que metió en problemas a un Bóveda que hubiera necesitado más ayuda. Ziganda no se inmutó y se mantuvo en sus trece cada vez más convencido de que los hechos le estaban dando la razón. El Athletic cedía terreno pero ahora mantenía el control del partido y el trabajo de San José y Vesga propiciaba contragolpes casi siempre bien llevados por Williams, que muy bien hubieran podido culminar en un segundo gol que matara el partido. No ocurrió y Kepa volvió a tener la oportunidad de ser decisivo en el marcador final. Desde que debutó en el primer equipo sale a una media de un paradón por partido. Ante el Getafe ya mantuvo el empate repeliendo un remate a bocajarro, y ante el Eibar mantuvo la victoria con otra extraordinaria parada en una acción muy similar de Kike García. De propina, también detuvo junto a la base del poste un cabezazo del mismo jugador en el salida de una falta.

Ziganda no hizo el primer cambio hasta el minuto 66, cuando por fin compareció Muniain para sustituir al agotado Córdoba que había completado otro partido más que meritorio, sobre todo por su disciplina táctica. En el minuto 80 Lekue sustituyó a Williams. No hizo falta nada más. El Athletic ya había lucido su fondo de armario en Ipurua y no era cosa de montar una pasarela.

 

 

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