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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

La temporada no ha terminado



Las trompetas del apocalipsis empezaron a sonar en algunos ámbitos en el instante mismo en el que el árbitro Bezborodov pitó el final del partido de Nicosia. De inmediato las ametralladoras que cargan adjetivos tremebundos empezaron a disparar su munición con fuego graneado. ¡Cuerpo a tierra que vienen los nuestros!.

El Athletic acababa de firmar un partido lamentable que dio con sus huesos fuera de la competición ante un rival manifiestamente inferior al que se le alinearon los astros como no está en los escritos. Los del APOEL no se han visto en otra igual, ni se verán, porque las casualidades ocurren de ciento en viento y no siempre tendrán enfrente un rival con el punto de mira como el de las escopetas de feria.

Es lógico el disgusto y comprensible el enfado dirigido a todo lo que se mueve vestido de rojiblanco, del presidente abajo hasta el utillero. En estos tiempos de urgencias y ciclotimias desmedidas se pasa de la euforia a la depresión y viceversa sin solución de continuidad. Qué decir del fútbol, el territorio más propicio para el desenfreno.

Fueron los propios jugadores los que desde el pasado verano se empeñaron en lanzar un mensaje de optimismo cada vez que hablaban de la competición europea. La afición, ávida de ilusiones, les compró el mensaje sin pararse a recapacitar en su contenido real. Tenemos muchas ganas de hacer algo grande en Europa este año, repetían ante los micrófonos. Lo que no explicaban era cómo y por qué lo iban a conseguir. Por ejemplo, qué razones  futbolísticas aportaban, si contaban con análisis comparados de los rivales o, por el contrario se trataba simplemente de un pálpito. Porque, seamos claros, que un futbolista diga que tiene mucha ilusión en una competición no es decir mucho; faltaría más que no la tuviera y la encarara con el espíritu de quien va a la oficina a diario.

Pero el hecho es que la afición compró el mensaje y algunos hasta los billetes de avión para la final, sin reparar en que a la vuelta de cualquier esquina de la competición podía estar esperando un APOEL de la vida. De nada sirvieron los avisos de potencias como el Genk, el Sassuolo o el Rapid. Los chicos seguían teniendo mucha ilusión aunque pasaran la fase de grupos de aquella manera y dejándose pelos en la gatera.

En estas circunstancias es lógico que el batacazo haya sido de dimensiones telúricas y ha dolido más porque llueve sobre mojado. El fútbol del Athletic, sobre todo fuera de casa, no venía despertando pasiones precisamente y el nuevo fiasco ha puesto sobre la mesa la figura del entrenador, que es lo que suele suceder siempre en estos casos. Que se lo pregunten a Ranieri, al que el Leicester ha cesado nueve meses después de ganar la Premier, como si el Leicester ganara la Premier todos los días.

Después de los calificativos ha venido el concepto: fin de ciclo, dicen refiriéndose a Valverde. Que aún queden quince partidos de Liga por delante y el Athletic mantenga intactas todas sus posibilidades, es lo de menos. No faltan quienes todavía en febrero, dan por concluida la temporada. A lo mejor son los mismos que se quedaron en casa cuando el APOEL visitó San Mamés porque un equipo chipriota no es lo suficientemente atractivo para un Athletic acostumbrado a codearse con la élite.

O sea, que Valverde, el entrenador que más partidos ha dirigido al Athletic en toda su historia, el técnico que ha clasificado al Athletic para Europa cada temporada, el que ha acabado con 31 años sin títulos, el periodo más largo nunca sufrido por el club, ha terminado su ciclo porque un rival menor le ha eliminado de Europa en dieciseisavos y porque el equipo no gana partidos lejos de San Mamés, aunque en casa sume los puntos suficientes para estar en la zona alta de la tabla. A lo mejor si los mismos puntos los hubiera sumado perdiendo tres partidos en casa y ganando tres de viaje, las cosas pintarían de otra forma.

Es cierto que el equipo no brilla y que ha ganado muchos partidos a base de arranques de genio y de tesón. Puede que en estos tiempos esas virtudes ya no tengan el reconocimiento del que disfrutaban antaño en la catedral porque nos hayamos vuelto todos más finos.

Todo puede ser. Incluso que el club que tanto presume de su hecho diferencial sea más parecido al resto de lo que creen sus seguidores. Porque al pregonado fin de ciclo del entrenador se suman las voces que claman por una ‘limpieza’ en la plantilla, un término que suelen usar todas las aficiones cuando vienen mal dadas. El problema es que este tipo de ‘limpiezas’, generalmente suelen derivar en problemas mayores que los que pretenden resolver. Y no olvidemos que el término ‘limpieza’ lleva implícito el concepto ‘fichajes’, porque si salen unos tienen que entrar otros y eso no tiene cabida en el Athletic, al menos de momento.

Dicen que el fútbol es un estado de ánimo. Ahora mismo el personal rojiblanco arrastra una depresión de caballo y a ello habrá que atribuir esa melancolía que a algunos les hace ver que la temporada ya ha acabado porque ya no tienen ganas de nada. Sigamos con los tópicos: el fútbol son resultados y en su mano tienen Valverde y los suyos reponerse del batacazo y empezar a sacar el billete para la próxima competición europea desde este mismo domingo. La respuesta del equipo a corto y medio plazo nos dará la pista más fiable para saber si, de verdad, ha acabado un ciclo.

 

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