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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Las finales no son para el Athletic



El Athletic sufrió una derrota demasiado abultada en la final

El Athletic sufrió una derrota demasiado abultada en la final

Seguro que a poco que se aplique, la Federación Española de Fútbol puede encontrar un escenario mucho más digno para disputar una final que un cercado en medio del descampado bajo una solanera que derrite los sesos. No es cosa de exigir que se juegue en un estadio de Primera División, ni que la final de la Copa juvenil vuelva a ser el preliminar de la final grande como solía. Después del minucioso trabajo de demolición de la competición más antigua que ha llevado a cabo la Federación, no se le puede exigir que además, piense en los juveniles. Pero cabe perdirle algo que simplemente no agreda al sentido común; una cosita digna, un campo de hierba natural, pintado solo con las rayas reglamentarias, con sus gradas y con su iluminación. Ni siquiera cabe exigirle que el escenario no esté a mil kilómetros de la sede de uno de los contendientes; si la final grande se llegó a jugar una vez en Elche, no nos va a pillar de nuevas que los chavales se jueguen la Copa en un pueblo de Almería.

El primer equipo, el femenino, el Bilbao Athletic, ahora los juveniles. Los partidos sin retorno, esos en los que se deciden las cosas importantes sin que haya vuelta atrás, no son para este Athletic en los últimos tiempos. En dos temporadas al club se le han escurrido entre los dedos cuatro títulos y un ascenso.

Hecha la digresión, vayamos con el partido. Los chavales del Athletic sufrieron una goleada exagerada para lo que ocurrió en el terreno de juego. Los dos últimos goles, encajados en los instantes finales, cuando el partido ya estaba decidido, emborronan más si cabe una actuación que si bien no fue suficiente para alcanzar el éxito, tampoco fue tan desnivelada como para pasar a la historia con semejantes guarismos.

No fue mala la puesta en escena de los dirigidos por Gontzal Suances. El Athletic se apropió el balón y mantuvo el partido en el campo del Real Madrid durante el primer cuarto de hora. No tenía la mínima profundidad, pero al menos el manejo en el centro del campo le permitía tener el control a la espera de que a alguien se le encendiera la bombilla de la inspiración en los metros finales.

El Real Madrid, quizá influido por los números con los que se presentaba el Athletic a la final, afrontó el partido como un equipo menor, a la espera, dejando al iniciativa al rival y fiando su suerte a alguna contra. Una escapada de Williams, derribado al borde del área cuando encaraba al portero, aunque a Fernández Borbalán no le pareciera una acción ilegal, fue la ocasión más peligrosa del Athletic en esta fase. El Madrid respondió con un balón colgado al área que provocó un barullo que dejó entrever ciertos nervios en la zaga rojiblanca.

La blandura defensiva fue el origen del desastre. El partido se desarrollaba al margen de las porterías cuando en el minuto 27 el lateral izquierdo rojiblanco, Iriondo, cometió un error de concepto: perdió de vista el balón al correr intentando tapar la penetración de su par y permitió a Ismael, el extremo madridista, recibir en situación de ventaja. Remiro repelió el primer remate de Gonzalo tras el centro, pero ya no pudo con el segundo.

Una jugada aislada dio una ventaja injusta al Real Madrid y le permitió reafirmarse en su plan original. Siguió a la espera y no tuvo dificultad alguna para frenar el juego cada vez más impreciso y nervioso de los rojiblancos, que no encontraron nunca los caminos hacia el área. Para colmo, prácticamente en la segunda llegada de los blancos, Benavente fue objeto de penalti, que él mismo transformó a la segunda, tras recoger el rechace de Remiro al primer disparo.

El Athletic goleador y dominador de la Copa y de la Liga no apareció en el cercado almeriense. Imprecisos, nerviosos, agarrotados, los chavales de Suances lo intentaron pero nunca acertaron a conectar dos pases en condiciones. El decurso de un partido de juveniles tiene poco que ver con el de un encuentro de superior categoría, no digamos de profesionales. Los partidos de juveniles no suelen responder a la lógica previsible en un encuentro de mayores. La suerte de un partido de chavales puede cambiar en cualquier momento y por la circunstancia más inesperada. Por eso, el Athletic pudo mantener la esperanza hasta los últimos diez minutos. Aunque el equipo jugaba mal y el Real Madrid estaba cada vez más cómodo apoyado en su defensa.

De un análisis desapasionado se puede concluir que el Athletic es un equipo con tanto o más fútbol que el Madrid, pero en Almería solo apuntó buenas intenciones. Los rojiblancos son futbolistas con buenos fundamentos técnicos colectivos e individuales, como corresponde a jugadores de la escuela de Lezama y se pudieron ver algunos detalles, pocos es verdad, de buen manejo de balón, de visión de juego y de sentido colectivo. Pero al pase bien pensado le faltaba precisión, al regate le sobraba la insistencia y el desmarque no lo veía el compañero. Nervios, exceso de responsabilidad, falta de hábito de competición ante un rival de entidad…Probablemente algo de todo eso atenazó las piernas de los chavales y les nubló la mente.

Los blancos compitieron mucho mejor, se aplicaron a defender en el inicio, dieron un paso adelante cuando comprobaron que el rival no parecía tan fiero como se lo habían pintado, y aprovecharon sus oportunidades antes del descanso para procurarse un segundo tiempo tranquilo. Un buen tiro de Iurgi que se fue rozando la escuadra inauguró la continuación, pero el Athletic no supo ni pudo crear más problemas a una zaga rival muy sólida. Para colmo, cuando a falta de un cuarto de hora, y más por empuje y corazón que por fútbol, el balón empezó a llegar con más frecuencia al área madridista, un par de contras de Benavente, el mejor jugador de la final, ampliaron el hueco en el marcador.

Fue una pena que el Athletic cayera y que lo hiciera de una forma tan aparatosa en el marcador. Pero lo que cuenta en esta categoría para un club como el rojiblanco no son los títulos sino cuántos de los que a estas horas están lamentando su derrota, acabarán jugando en el primer equipo. Nadie lo puede adivinar y menos por lo visto en el campo almeriense. Iñaki Williams, por ejemplo, demostró a los que se acercan un día a Lezama y descubren de un vistazo a la reencarnación de Zarra, que el fútbol es mucho más complicado que titular una crónica con el nombre de un jugador presentándolo como un crack en ciernes.

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