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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

LLueve sobre mojado



Ziganda dio entrada a Vesga a falta de cinco minutos provocando el enfado del público Foto AC

Retumbaba el chaparrón sobre la cubierta de San Mamés y arreciaban los pitos contra el Athletic y Ziganda. Eran los últimos minutos de otro partido penoso de los rojiblancos y el Eibar ponía cerco a la portería de Herrerín en busca de un segundo gol que le diera un triunfo al que se hizo acreedor a lo largo de todo el encuentro. El epílogo del choque resumía lo que había sido una noche lamentable para los de casa. Llovía sobre mojado, literal y figuradamente, y San Mamés estalló, definitivamente harto de lo que lleva viendo demasiado tiempo.

Ya no vale con apelar a la larga racha de imbatibilidad. Es verdad que el Athletic ya lleva diez partidos consecutivos sin conocer la derrota, pero es a costa de sumar tres victorias y siete empates: dieciséis puntos de treinta si Pitágoras no engaña. No es una marca como para tirar cohetes.

Cuando a falta de cinco minutos para el final Ziganda ordenó retirarse a Susaeta para dar entrada a Vesga, admitió públicamente su desconcierto. Después, en la rueda de prensa reconocería que debió haber hecho ese cambio mucho antes, con el 1-0. Lo pone peor todavía. En el campo, en vivo y en caliente, el cambio se entendió como la maniobra desesperada de un entrenador que no sabe qué hacer y agita el banquillo por si suena la flauta. En cualquier caso, en el minuto 85 por mucho que suene la flauta no le alcanzará para interpretar una melodía. Pero su explicación ante los medios fue incluso peor: confesó que debió hacer ese cambio, de claro corte defensivo, mucho antes, para conservar el marcador con todo el segundo tiempo por delante. Si ese es el espíritu, Cuco, apaga y vámonos.

Con cambios o sin cambios, el desconcierto final solo fue la culminación del desastre previo. La comentada entrada de Vesga se produjo en el minuto 85, pero es que Mendilibar le estaba dando un repasito táctico a Ziganda desde el minuto 1. El Eibar se hizo con la pelota y el partido desde el primer momento y no cejó en su dominio hasta el final. Para suerte del Athletic, los armeros tampoco van muy sobrados de talento, salvo alguna excepción como Orellana, así que desperdiciaron todo su buen trabajo a lo largo y ancho del campo en los metros finales. Todo su dominio se plasmó en un solo gol y en un par de aproximaciones amenazantes para la portería de Herrerín. Poca cosa para tanta superioridad.

El Athletic hizo menos. Un latigazo de Williams fue lo único meritorio que hizo de cara a la portería contraria y le bastó para que Aduriz pusiera en ventaja a su equipo. Antes, en la primera  parte, un error de Juncá y un lío de los dos centrales le pusieron el corazón en la garganta al portero Dmitrovic. En el último suspiro Unai Núñez cabeceó fatal con todo a favor lo que pudo haber sido el segundo gol del Athletic, pero la suerte fue esquiva con quien no la mereció.

Al Eibar le bastó con la movilidad de Orellana para desequilibrar al Athletic. Ningún rojiblanco, de corto o desde el banquillo, detectó al chileno, que se pasó la primera parte apareciendo y desapareciendo por todo el frente de ataque de su equipo con el simple movimiento de retrasar veinte metros su posición, lo que le alejaba de la marca de los defensas y dejaba a medio camino de la posición de los centrocampistas rojiblancos. Con Escalante como pivote moviéndose por el círculo central, Inui incordiando en una banda y Alejo en la otra, el Eibar disfrutó de unas facilidades para mover la pelota que Mendilibar ni siquiera se hubiera atrevido a soñar.

Iturraspe acabó desquiciado, más atento a defender que a crear, Rico se multiplicaba pero llegaba tarde a todas partes, Raúl García se enredaba en disputas que perdía casi siempre, mientras que Aduriz y Williams eran dos almas en pena que rogaban la caridad de un pase medio decente. Tampoco Susaeta podía entrar en juego, porque para eso tenía que acudir prácticamente al borde de su área.

Llegar al descanso con el marcador intacto ya fue un éxito para el Athletic. Peor no lo podía hacer en la segunda parte, así que no era descabellado mantener cierta esperanza en la reacción tras el paso por el vestuario. Se trataba de corregir errores, ajustar marcajes y posiciones y, ¿por qué no? hacer algún cambio para tratar de hacerse con la pelota.

El golpe de suerte llegó a los cinco minutos con una galopada de Williams que ganó la línea de fondo, apuró al límite y puso el balón en la cabeza de Aduriz, completamente desmarcado en el segundo palo. Sin merecerlo y casi sin buscarlo, el Athletic se puso por delante en el marcador. Debió ser un golpe moral para el Eibar, que se veía injustamente castigado, y debió alimentar la confianza de los rojiblancos. Pero ni una cosa ni otra. Los de Mendilibar siguieron a lo suyo, más enrabietados si cabe, mientras que Ziganda ordenaba retirada a su equipo, que se metió en la cueva para no volver a salir.

Pocas cosas hay que disgusten más al público de San Mamés, que ver a su equipo acobardado, replegado, tratando de conservar un marcador raquítico ante un rival que, seamos sinceros, tampoco es nada del otro mundo. El personal se removía inquieto en los asientos mientras arreciaba la lluvia y el dominio del Eibar era cada vez más asfixiante.

Mendilibar dio otra vuelta de tuerca metiendo a Charles por Alejo mientras Ziganda retiraba a Raúl para dar entrada a Sabin Merino y minutos más tarde recurría a Beñat quitando a Rico. Pretendía con este cambio conservar al menos el balón, pero Beñat no podía conservar nada porque el único que robaba, Rico, ya no estaba. Qué cosas.

Cuando Kike García restableció el empate se acabó la paciencia de la grada. El personal metía prisa a los suyos para que fueran a por el triunfo, pero los suyos bastante tenían con conservar el empate. En esas estábamos cuando a Ziganda se le ocurrió dar entrada a un Vesga que llevaba desaparecido el último mes y medio. Fue una de esas decisiones del banquillo que el aficionado suele retener en la memoria para calibrar la competencia de un entrenador. Cuidado.

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