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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Lo que se dice no jugar ni a las tabas



Iago Aspas le ganó la partida a Núñez en los dos goles que marcó

No jugar ni a las tabas. En el lenguaje futbolero se dice de aquel equipo que se pasa los noventa minutos deambulando por el campo sin una idea clara de lo que tiene que hacer o dejar de hacer. El lenguaje futbolero es rico en expresiones contundentes, sobre todo cuando el que habla es seguidor de un equipo que solo le da disgustos. También se suele decir de los componentes de esta clase de equipos que no le pegan a un balde, queriendo significar las dificultades que tienen dichos futbolistas para identificar correctamente la herramienta que emplean en su oficio: el balón.

El Athletic no juega ni a las tabas o, si se prefiere, puestos en plan vegetariano, no juega un pimiento. Así de claro, para qué nos vamos a enredar en explicaciones complejas. El aficionado al fútbol siempre ha sido más de frases contundentes que se entienden a la primera, que de esos discursos alambicados que se han puesto de moda en los últimos tiempos. Con once puntos a estas alturas del curso, hasta el más despistado sospecha que este año va a tocar sufrir.

En el fútbol es muy difícil vivir mucho tiempo de las apariencias; la cruda realidad suele aflorar más pronto que tarde. Un equipo puede aparentar una cosa ante el Barcelona o incluso celebrar por todo lo alto un agónico triunfo contra un equipo sueco que lleva media hora en esto. Pero las apariencias no engañan salvo a los más incautos o a los que se quieren dejar engañar. La realidad de este Athletic volvió a mostrarse en toda su crudeza en Balaidos. Y fue la realidad de un equipo que no sabe si va o viene, que pretende vivir de las apariencias hasta que le desnudan de un manotazo. El Celta le arreó tres bofetones en diez minutos que le dejaron tiritando y con las vergüenzas al aire antes de que se cumpliera la primera media hora. Que en el segundo tiempo el Athletic jugara más tiempo en campo rival y que hasta dispusiera de alguna ocasión para marcar, no oculta el fondo de la cuestión. Y el fondo de la cuestión no es otro que durante esos minutos de dominio aparente, lejos de sentir la vibración de una posible remontada, el aficionado rojiblanco solo volvió a experimentar la familiar y lamentable sensación de que el equipo podía estar dos días jugando sin marcar un gol. Los goles no crecen en los árboles. Hay que trabajarlos moviendo la pelota, siendo precisos en el pase, atinados en el remate, decididos en el juego, en fin, todo eso que el Athletic no hace más que a ratos sueltos en partidos determinados y en circunstancias muy concretas; todo eso que, normalmente, la tropa de Ziganda olvida poner en práctica un día si y otro… también.

El Celta no sumaba tres puntos en Balaidos desde el 10 de septiembre, cuando ganó al Alavés. El Athletic llevaba catorce temporadas sin caer en Balaidos. Se dice pronto. Pues a los quince minutos de partido, las estadísticas empezaron a saltar por los aires gracias a un cabezazo en globo de Maxi Gómez que se coló por la escuadra de la portería de Kepa tras trazar una parábola.

Seis minutos después Iago Aspas retrató a Núñez ganándole la espalda en un pase largo desde su defensa y cuatro minutos más tarde, los mismos jugadores repitieron protagonismo; esta vez Aspas le ganó la espalda a Núñez en el salto para recibir desde la banda derecha un envío de Wass, que tuvo tiempo para controlar el balón, perfilarse, calcular ángulo y trayectoria en función de la velocidad del viento y el eje de rotación de la Tierra,  y saludar a su señora madre, antes de centrar ante la atenta mirada de Balenziaga y Vesga, muy entretenidos en un vete tú; no, mejor voy yo; espera que igual ni hace falta que vayamos.

Sin hacer nada y gracias a diez minutos patéticos de los rojiblancos, el Celta sentenció el partido antes de la media hora de juego. A Ziganda no le dio tiempo ni a rectificar. Para cuando empezó a pensar en cambios, el destrozo ya era visible en el marcador. Una mala cesión de Fontán a su portero y el pundonor de Raúl García intentando aprovechar el error, fue el primer amago de situación comprometida en el área del Celta. Corría el minuto 32 y por fin le vimos la cara a Rubén Blanco, el guardameta de los gallegos.

Otro tirito del propio Raúl desde el borde del área precedió a su gol, un golazo, todo hay que decirlo, cazando a botepronto un centro de Bóveda.  Ese gol encendió una llamita de esperanza en las filas rojiblancas, que últimamente se consuelan con cualquier cosa.

En el descanso Iturraspe y Aduriz sustituyeron a Vesga y a Córdoba. El segundo, que había brillado con luz propia el jueves, pareció abducido por la inoperancia general. El primero no hizo más que alimentar uno de los debates más recurrentes de esta temporada. Y es que Ziganda, inasequible al desaliento,  volvió a apostar por la pareja Vesga-San José en el centro del campo, con el resultado previsible: la nada absoluta en la creación.

Iturraspe le dio otro aire al equipo, o al menos consiguió que el balón circulara de una forma más coherente en el centro del campo, probablemente facilitada su tarea por el repliegue de un Celta que, condicionado por sus antecedentes, se tentó la ropa y prefirió amarrar el resultado. Iturraspe, que ya dio muestras de que puede volver a ser el centrocampista que lidere al equipo, se había quedado de salida en el banquillo.  El argumento de la rotación por el esfuerzo del jueves chirría bastante tratándose de un futbolista que hasta la fecha ha intervenido más bien poco y al que se le supone fresco.

El Athletic dominó toda la segunda parte, y el balón frecuentó el área local. El portero sacó en la misma raya un cabezazo de Laporte en el segundo palo y Núñez cabeceó fuera un corner que le dejó un remate franco en el área pequeña. Poca cosa para cuarenta y cinco largos minutos de dominio territorial, en los que los rojiblancos volvieron a poner sobre el tapete todas sus virtudes y defectos, que se resumen en un tesón admirable para no rendirse y en una contumacia en el error digna de estudio; porque digno de estudio es el número de pases errados, de centros al vacío y de balones perdidos que acumula el Athletic cada partido.

La derrota deja al equipo en una posición delicada en la tabla y, lo que es peor, volviendo a dar al impresión de que no se ve la manera de enderezar el rumbo. Soltarse la melena cuando te juegas la vida en Europa o te visita el Barcelona está muy bien, pero lo que al final cuenta es la regularidad y un nivel de eficacia aceptable en partidos como los que con tanta facilidad está perdiendo este equipo.

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