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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Un monumento a la estupidez



La pugna que mantuvo Unai Núñez con Costa al final fue en vano. Foto AC

En su segunda etapa en el Athletic, cuando Clemente dirigía un equipo en el que empezaban a despuntar futbolistas como Lakabeg, Garitano, Alkorta o el actual presidente, Josu Urrutia, el técnico de Barakaldo acuñó un término para definir a su equipo que hizo fortuna y marcó a aquella generación. Dijo el rubio que aquellos jugadores eran unos ‘mingafrías’, descripción que no necesita más explicación por su rotunda claridad. Daría dinero por saber cómo describe Clemente en privado a algunos conspicuos elementos de la actual hornada de jugadores que visten la camiseta del Athletic. No hace falta señalar a nadie porque a la mente de cualquier seguidor rojiblanco acuden en tropel los nombres de Sabin Merino, Iturraspe, Saborit, Vesga o San José, sin forzar demasiado la memoria. Almas en pena, espíritus etéreos que transitan su levedad por el césped. Da lo mismo el partido o el rival; es indiferente la circunstancia. Ellos son así, qué le vamos a hacer. No son malos futbolistas. Manejan el balón con bastante soltura, destilan cierto estilo en el gesto y a veces hasta consiguen parecer futbolistas competentes. Otra cosa es que disputen con nervio, que choquen con convicción o que alguna vez lleguen a tiempo para robar un balón. Ellos no tienen vocación de espartanos. Lo suyo es otra cosa.

Ziganda tampoco es Napoleón planteando la estrategia de los partidos, pero hay ocasiones, como ésta, en las que cuesta mucho señalarle como máximo o único responsable del fiasco de turno. Ante el Atlético de Madrid planteó el partido que todos esperábamos, o sea, un ejercicio de supervivencia a ver hasta dónde podía aguantar el equipo con la portería a cero. Recayó en  la elección de la pareja San José-Vesga como medio centros obteniendo el único resultado que cabía esperar, o sea, un aceptable desempeño defensivo y la nulidad más absoluta a la hora de crear. Repitió también con Beñat en una posición parecida a la media punta, un ensayo que también probó Valverde y descartó rotundamente hace ya cuatro años a la vista de su escaso resultado. La contumacia en el error es una característica que define al actual técnico del Athletic.

El partido del Metropolitano se jugó siempre en una única dirección: la de la portería que defendía Kepa. Fue un monólogo de un Atlético de Madrid bastante obtuso por otra parte, que en todo el primer tiempo solo cobró un remate desviado de Giménez tras el saque de una falta. Kepa apenas tuvo trabajo gracias a que todos sus compañeros se dedicaron full time a protegerle y cerrar los caminos de los colchoneros.

Los problemas le llegaban al Athletic, como en todos los partidos de esta temporada, cuando se hacía con el balón. Correr detrás de los rivales, acumular gente al borde del área y cerrar los espacios, se les da bastante bien a los rojiblancos; al menos tan bien como se le puede dar a cualquier conjunto profesional que entrena todos los días. La asignatura pendiente es qué hacer cuando el equipo dispone del balón. Qué hacer, que no sea el ridículo, claro. Porque perder la pelota en el primer pase, regalarla al rival, enviarla fuera de banda o arrearle un zapatazo a lo que salga, también está al alcance de cualquier grupo profesional, amateur compensado o coro rociero en su partido anual de solteros contra casados.

Aunque el encuentro se fue al descanso con el marcador inicial, todo el mundo sospechaba que era cuestión de tiempo que el Atlético acabara resolviendo. Quedaba la duda del cómo. Quizá por medio de algún penalti provocado por Costa; tal vez por alguna genialidad de Griezmann o, por qué no, a partir de alguna de las muchas estupideces que cometen casi todos los jugadores del Athletic en cada partido.

La incógnita se desveló en el minuto 66 y el pronóstico ganador fue el tercero, o sea, el de la estupidez propia. El honor les correspondió esta vez a San José y a Iturraspe, que acababa de salir para sustituir a Beñat. Se quedaron inmóviles con el balón en medio de ambos en el centro del campo, quizá dando por sentado que el árbitro señalaría falta por la impetuosa entrada de Lekue sobre un rival en la acción previa; tal vez suponiendo cada uno que sería el otro quien se haría cargo del esférico; a lo mejor estarían comentando el nihilismo de Nietzsche. En cualquier caso, es inadmisible tan poca tensión competitiva a estas alturas. Si algún ayuntamiento necesita decorar alguna rotonda con un monumento a la estupidez, la foto de San José e Iturraspe con un balón en medio es un modelo inmejorable para el escultor.

Griezmann, quién iba a ser, recogió el regalo, se llevó la pelota, la condujo hasta el borde del área y allí telegrafió el pase a Gameiro, sin que Saborit se diera por enterado, para que el francés fusilara de disparo cruzado a Kepa. En ese instante se acabó el partido. Ni el más orate de los seguidores del Athletic era capaz de soñar que su equipo podría ni siquiera hacer cosquillas al acorazado de Simeone. Con la jugada tonta del mes echaron por tierra el buen trabajo de Iñigo Martínez, o el coraje de Unai Núñez, que se partió literalmente la cara en su pelea con Diego Costa.

No por previsible la derrota duele menos. Porque la decepción no viene tanto por la derrota sino por la puesta en escena del Athletic. El desengaño fue mayúsculo para los que soñaban con que el milagro de Moscú tendría continuidad en el Metropolitano. Tanto el Atlético como el Athletic llegaron al partido después de vivir vidas paralelas la semana previa. Ambos disputaron competición europea el jueves en condiciones climáticas extremas, ambos ganaron sus compromisos y ambos tuvieron las mismas horas de recuperación. Pero qué diferencia entre la convicción, la energía, el dinamismo y las ganas con las que los colchoneros encararon  el partido y el miedo, el encogimiento, la pobreza de espíritu y el talante timorato de unos leones arrugados que solo vieron con prismáticos la portería contraria y cuyo único plan era resistir hasta que el cuerpo aguante. Ni siquiera puede ser excusa la ausencia forzosa de Raúl y Aduriz. Los problemas del Athletic son más profundos y trascienden de ausencias o presencias puntuales.

 

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