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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Punto y seguido



El debut de Kuko Ziganda en partido oficial fue como un punto y seguido. La línea marcada por Valverde continúa sin interrupción. La entrada de Vesga en el doble pivote y algunos matices en determinados movimientos y aperturas a bandas son, de momento, las únicas aportaciones del nuevo técnico a un plan que el equipo lleva practicando con éxito los últimos cuatro años. La cosa tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como todo en esta vida. Entre las primeras está que los jugadores se saben sus papeles de memoria y el juego se desarrolla con una inercia que facilita las cosas. Entre las segundas destaca una sensación de ‘deja vu’ ciertamente preocupante teniendo en cuenta cómo se las gasta el aficionado de hoy en día, ávido de novedades y de ‘fichajes ilusionantes’, sintagma acuñado en otros lares pero que parece que ha hecho carne también en el entorno rojiblanco, siempre tan celoso de su singularidad, cada vez más constreñida al plano teórico, porque la práctica parece apuntar en otra dirección. En fin, que si no tenemos ‘fichajes ilusionantes’ y el equipo juega como siempre, solo los resultados ayudarán a un Ziganda que tiene pinta de entrenador pragmático y poco dado al dogmatismo. No sé si ese es buen asunto en estos tiempos tan propicios para los vendedores de crecepelos.

Ziganda presentó el dibujo habitual de Valverde, con las mismas caras, salvo la ya comentada novedad de Vesga, apuesta personal del técnico desde los tiempos del filial. El nuevo compañero de Beñat deja en el banquillo a Iturraspe y San José, dos futbolistas que en su día alcanzaron la internacionalidad absoluta. Parece que esa zona del campo está no solo razonablemente bien cubierta, sino que rozaría el excedente de cupo si el equipo no tuviera que atender a tantos frentes.

El Athletic tuvo un estreno de competición un tanto atípico. Normalmente estas eliminatorias previas se suelen disputar en escenarios modestos, como los de pretemporada, ante públicos entusiastas, sí, pero que se toman la cosa como una fiesta. Nada que ver con el imponente Estadio Nacional de Bucarest y la afición local que recibió a los equipos con un mosaico king size, propio de las más grandes ocasiones.

Afortunadamente para los rojiblancos, el Dinamo saltó al campo consciente de su inferioridad, un punto acomplejado por el nombre, la procedencia y la trayectoria del rival. Ir por esos mundos con la etiqueta de equipo de ‘la-mejor-liga-del-mundo-la-liga-de-las-estrellas’ te da cierta ventaja psicológica. Cosmin Contra planteó con partido a la espera, con toda su gente replegada sin ni siquiera salir a presionar la salida del balón del rival. El equipo local no hizo honor durante todo el primer tiempo a las galas que vestía la grada. Agazapado, más preocupado de defender que de atacar, el Dinamo desperdició todo el primer tiempo, lo que fue todo un alivio para el Athletic.

Los rojiblancos tuvieron la posesión de la pelota, aunque solo les sirvió para dejar correr el tiempo plácidamente. Las triangulaciones entre Vesga y los dos centrales, con el rival más próximo a veinte metros, tenían un efecto anestésico. La puesta en escena era de partido de competición internacional, pero la interpretación no pasaba de amistoso de verano. Con los porteros inéditos llegó el gol de Laporte, en un corner botado por Beñat para la prolongación de Etxeita. La mejora general en las jugadas a balón parado fue una novedad digna de tener en cuenta, por cierto.

El Athletic obtuvo pronto el tesoro del gol fuera de casa y se fue al descanso con una sensación de superioridad que ni siquiera puso en duda la reacción obligada de los rumanos tras el tanto, que apenas les duró diez minutos.

Entre las cosas que no han cambiado en el Athletic está la salida en modo empanada tras el descanso y lo mal que se les dan a los rojiblancos los jornaleros brasileños en equipos exóticos. Contra retiró a un centrocampista de contención y dio entrada a Rivaldinho, un chaval que ya tiene medio camino hecho solo con el nombre. El hijo del gran Rivaldo, avisó primero con un cabezazo que se le fue alto, y dejó su sello con un golazo que puso el estadio boca abajo y al Athletic patas arriba. Claro que las dos acciones contaron con la complicidad involuntaria de defensas y centrocampistas rojiblancos, blandos y despistados como solo lo pueden ser ellos cuando se empeñan.

El partido dio un giro de 180 grados y la cosa empezó a pintar fea para un Athletic que perdió el balón y los papeles justo cuando el paso del tiempo jugaba en su contra por su lógica falta de recursos físicos en comparación con un rival más rodado. Herrerín tuvo que hacer la parada de la tarde para desviar a corner un balón que se colaba tras rebotar en Balenziaga y el árbitro anuló un gol a los rumanos por un fuera de juego muy ajustado y, en cualquier caso, más fruto de la torpeza del delantero que del acierto de una defensa a la que la jugada pilló en Babia.

Fueron los dos únicos sustos serios de verdad, lo que anima a ser optimistas de cara a la eliminatoria. A pesar del cansancio y de su paupérrimo juego, al Athletic le bastó con un Muniain bullidor y unas gotas de la frescura que aportó Lekue que salió a suplir a un Susaeta voluntarioso pero gris, para descubrir las debilidades del rival. Un defensa sacó de la raya un cabezazo de Muniain que se colaba y Raúl García dispuso de dos posiciones de disparo, una en el punto de penalti, que normalmente no falla un rematador tan acreditado como él.

 

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