Pages Navigation Menu

Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Reinos de taifas, delirios de grandeza



Olympiakos ha sumado dos Euroligas con la mitad de presupuesto de temporadas anteriores

Olympiakos ha sumado dos Euroligas con la mitad de presupuesto de temporadas anteriores

La temporada del baloncesto europeo de clubes concluyó el domingo con el incontestable y merecido triunfo del Olympiacos en la Final Four de la Euroliga, donde los griegos hicieron dos partidazos que alegraron a todos aquellos que piensan que el dinero no lo es todo en el deporte. Cuando el conjunto de El Pireo tenía casi 30 millones de euros de presupuesto, no se comía un colín. Ahora que tiene la mitad acaba de encadenar dos títulos seguidos, algo que en el actual formato de la competición solo habían conseguido equipos míticos como la Jugoplastika Split y el Maccabi Tel Aviv.

La victoria del Olympiacos supone un mensaje de esperanza en unos tiempos en que el baloncesto europeo necesita una revisión a fondo de su modelo. Los griegos han empezado a ganar cuando han abandonado los delirios de grandeza, los mismos que acompañan a la Euroliga y a sus rectores en una clara manifestación de los motivos de la crisis actual: Jordi Bertomeu y quienes respaldan sus decisiones quieren aeropuertos, plazas hoteleras, pabellones inmensos, presupuestos inflados para acceder a una supuesta élite. Los aficionados les importan bastante menos. Pero les ha bastado una sola incursión en Londres para darse cuenta del error que supone, en busca del maná, lanzarse a aventuras colonizadoras de mercados a los que el baloncesto preocupa bien poco.

Ver el inmenso O2 Arena semivacío en el primer partido del viernes, en la reedición de la final de 2012, provocó la indignación de cualquier aficionado al que le habría gustado estar allí. Y también de los que estaban. Porque ocurrió que entradas cuyo precio inicial superaba con mucho los 200 euros se acabaron vendiendo a menos de 6 euros para conseguir que en las gradas los muchos huecos no fueron visibles. Y quienes pudieron estar en Londres comprobaron el nulo interés que la Final Four despertó entre los medios de comunicación ingleses y, por ende, entre los aficionados al deporte, esos a los que supuestamente se pretendía conquistar. No había carteles que la anunciaran, en los periódicos y en los portales digitales, poco más que un breve, y las televisiones británicas ni siquiera dieron la final en directo.

Total, que la Final Four no volverá a Londres, como estaba pactado, en 2014 y ya se abre la puja de ciudades candidatas. Josean Querejeta, uno de los padres de la Euroliga, se la quiere llevar a Gasteiz más pronto que tarde, aunque quizás no le toque aún. En pocos sitios sería la competición mejor recibida y vendida, pero los designios de la Euroliga, apretada por sus patrocinadores, dicen, parecen ir por otros caminos. Quizás estos son los mismos que decidieron llevar la final de la Eurocup a Charleroi donde si no llega a ser por los aficionados del Bilbao Basket, el Spiroudome habría estado literalmente vacío. Si llegado el momento cumbre de sus torneos, cuando se deciden, la Euroliga es incapaz de conseguir que resulten atractivos para el aficionado, entonces tiene un problema muy grave. En la NBA, esa Liga en la que tanto se fijan algunos para tomar según qué decisiones, los play-offs suponen el punto álgido de interés, de tal forma que nada tiene que ver el ambiente que hay en sus pabellones en el mes de abril con el que existe cuando empiezan las eliminatorias.

El Olympiacos y el Real Madrid ofrecieron una muy buena final de la Euroliga, que acabó con la tercera máxima anotación de la historia. Eso quiere decir que en la cancha hay técnicos y jugadores con voluntad de cambiar las cosas, de que el producto se regenere y mejore. Pero en los despachos están los mayores enemigos del baloncesto europeo, incapaces de proteger el interés común y repartidos en reinos de taifas cuyo único interés parece ser fastidiar la labor del de al lado. La Euroliga quiere, aunque se cuide mucho de decirlo abiertamente, ganar espacio en el calendario a las Ligas nacionales hasta arrinconarlas. Y la Euroliga, paradójicamente, nació en el seno de la ULEB, la unión de Ligas nacionales, de la que se ha alejado para coger vida propia y pretender quedarse con todo el pastel, que cada vez es más escaso.

Como éramos pocos, parió FIBA Europe, que en su guerra con FIBA, la casa madre, también pretende su exclusivo interés y quiere colocar partidos de selecciones en medio del calendario de clubes con el trastorno que eso supondría. Nadie piensa en los jugadores, exprimidos al límite; nadie en los entrenadores, a quienes se culpa de casi todo; nadie en el público, al que se divide entre eruditos y simples aficionados. Quienes deciden, simplemente, compiten por ver quién hace la burrada más gorda, aunque ellos piensen que es una idea brillante.

La próxima temporada, con el Eurobasket concluyendo el 22 de septiembre, el inicio de las competiciones se retrasará y el calendario se comprimirá aún más, salvo que empiecen a desaparecer equipos por todas partes, que tampoco es descartable. La Euroliga no va a renunciar a su nuevo formato, que alarga el Top16 en busca de que los buenos se enfrenten más veces entre sí. Pero entonces habría que reducir la primera fase para no llenar la competición de partidos innecesarios. En cuanto a la Eurocup, en la que salvo sorpresa repetirá el Bilbao Basket, los planes pasan por una ampliación que supondría la eliminación de la Eurochallenge, el torneo que tutelaba FIBA Europa y que era una ruina para los clubes que la disputaban. Con más equipos, la segunda competición se dividiría en su fase inicial en zonas geográficas para reducir los desplazamientos larguísimos y costosísimos. Nadie se opondrá a esta idea, al contrario, ya que por una vez está guiada por el sentido común.

El problema de esta competición sería diferenciarla de otras que han ido naciendo en los últimos años. Porque, además de la Euroliga, la Eurocup, la Eurochallenge y las distintas Ligas nacionales, en Europa también se juegan otras supranacionales como la Liga Adriática, la Liga Báltica, la VTB League y la Balkan League. Partidos y más partidos que los jugadores agradecen, pero que seguramente acaban confundiendo al seguidor del baloncesto europeo, que ya no sabe qué es lo importante en ese galimatías de fechas, normativas y torneos.
Jordi Bertomeu, el máximo, aunque no el único, responsable de la Euroliga, dijo con ocasión de una reciente visita a Bilbao que en la máxima competición “no se puede estar sin ganar”, obviando que hay clubes que hace años que no ganan nada y siguen en ella, tan campantes. Valga este recordatorio para ilustrar la comparación con el fútbol, el deporte que justifica algunas de las decisiones que adopta el baloncesto. Pues bien, el Chelsea acaba de ganar la Europa League al año siguiente de ganar la Liga de Campeones. ¿Alguien imagina que el Olympiacos hubiera sido este año campeón de la Eurocup? La UEFA sí premia los méritos deportivos, provoca que el Chelsea, el Inter, la Juventus o el Manchester no jueguen la máxima competición si no se lo ganan en el campo. Y no por ello su interés se ve mermado. Al contrario, aumenta porque todos tienen la oportunidad de estar en ella, al menos una vez en su vida. En el baloncesto se quiere cerrar el círculo, acotar el acceso y mantener los privilegios de unos pocos. Así uno se encuentra con que casi tiene que regalar las entradas para llenar un pabellón de 16.000 asientos en el evento de mayor nivel de toda la temporada. A veces, conviene copiar de los que lo hacen bien. Porque algunos dirigentes ya han demostrado que lo de hacerlo mal es algo que dominan a la perfección. Y esta reflexión sirve también para la ACB a la que, por la parte que le toca, le espera un verano de lo más movido.

Share This: