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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Rojillo en un día grande



El autor del post, rojillo de pega, no tuvo ningún problema para disfrutar con el Athletic en Anoeta. Foto J. VELASCO

El autor del post, rojillo de pega, no tuvo ningún problema para disfrutar con el Athletic en Anoeta. Foto J. VELASCO

La camiseta ya está lavada. Y colgada en el tendedero. Seguro que allí también reclama la atención de algún vecino. Es la camiseta de Osasuna. Sí, el día grande de Aste Nagusia decidí vivir el Athletic-Osasuna de Anoeta con la camiseta del rival, rara avis en mitad de una marea rojiblanca. Vestir los colores del oponente y disfrutar de la jornada al completo, con traslado incluido como un integrante más de la hilera de autocares que partió del BEC hacia Donostia siempre ofrece un punto de curiosidad. También de pudor, porque aunque uno ya tiene una edad y está acostumbrado a todo tipo de circos, el paseo hasta el metro luciendo los colores de Osasuna en día de un partido del Athletic se me hizo tan extraño como las caras que lucieron muchos de los que miraban con sorpresa el atuendo.

Poco más allá del mediodía, en una Plaza Nueva atestada de espíritu festivo y salpicada en todas sus esquinas por los cánticos corales de Txanbezpel, que llegados de la localidad labortana de Larressore pusieron un ritmo tremendo a la mañana, mi vieja camiseta de Osasuna, regalo de unos antiguos compañeros de labores periodísticas coincidiendo con la final de Copa que enfrentó a los rojos con el Betis, era lo único rojo sin rayas que se movía por el corazón de Bilbao. Destacaba sobremanera entre la cuadrilla rojiblanca con la que estaba organizada la escapada a Donostia. Y se notaba, sobre todo en el momento de acercarse a pedir a una barra: ahí se puede confirmar que cuando el paganini era el de Osasuna, el servicio era más lento y tardío que con el resto de los parroquianos. Una pequeña zancadilla sin daño relevante.

Ahora bien, pasados los primeros tragos, se impuso una comida en una de las terrazas que en estas fechas afloran por cualquier calle de Bilbao, donde hay establecimientos con más espacio en la calle que acompaña su fachada que en el interior. Entre plato y plato hubo una mirada cómplice con un veterano que desde la otra mesa, sin adornos ni estampa festiva en la indumentaria, no pudo por menos que levantarse para decir que el partido iba a ser nuestro. Claro, contesté ufano, sin darme cuenta de que el interlocutor era más de Osasuna que el viejo Zabalza. Apostó por un 1-2 y le seguí la corriente. No hubo más osasunistas de tapadillo por Bilbao ni mucho menos durante la espera para coger el autocar a la hora que en Vista Alegre arrancaba el paseíllo de una de las últimas tardes de la feria. “Mira, uno de Osasuna” o “dónde se cree que va este” fueron las frases advertibles entre el respetable, algunos incapaces de disimular el asombro.

Hasta llegar a Donostia no hubo posibilidad de entablar contacto visual con alguno de los pocos osasunistas desplazados hasta Anoeta. Aprovechando la complicidad del escudo, la charla y la sensación de sentirse fácil presa de los rojiblancos abrió más de una conversación con los compadres de rojo: cortas y artificiales para no desvelar la débil vinculación con el club del que llevaba su camiseta. Ahora bien, fue común en más de una ocasión referirse a la falta de entradas a disposición de los rojillos. Y pese a que desde algún sector navarro han querido cargar contra el Athletic por solo ceder 300 localidades, la mayoría entendía que el club de Ibaigane no podía hacer otra cosa para preservar la posibilidad de que socios que no habían retirado la entrada en plazo se animasen a hacerlo a última hora.

El barrio de Amara acogió con naturalidad a la hinchada rojiblanca y al ligero pelotón de asalto rojillo, al que colocaron en grupo detrás de una de las porterías. Justo en la grada superior tenía yo mi localidad, ajeno al espacio visitante y generando incomodidad en alguno de los vecinos de asiento que creía que se le había colado el enemigo en casa. Ganó el Athletic y el osasunista por un día regreso en un autocar en el que había ganas de apurar la noche bilbaína mientras se celebraba el falso liderato, que solo así se puede catalogar el encabezar la tabla la segunda jornada de Liga y sin haberse jugado más que dos partidos. El rojillo circunstancial solo tuvo una victoria que anotarse sobre los que portaban los estandartes rojiblancos. En las barras y tabernas de Donostia gozó de preferencia sobre todos los demás. No hubo camarero que no viera antes al de rojo que al resto. Nadie tenía duda de que esa batalla iba a ser suya.

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