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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Superar la depresión



Ziganda necesita una actuación convincente del equipo

Superar la depresión. El título es de uno de esos folletos de auto ayuda pero en la situación actual del Athletic es lo único que se me ocurre como salida a corto plazo. El equipo está metido en el círculo vicioso que conduce a la depresión: no juega a nada por lo que no consigue resultados y sin resultados, la confianza se resquebraja y el juego empeora, lo que solo conduce a un  nuevo fracaso, y así sucesivamente.

La afición ha estado  presa de la melancolía, aturdida por el espectáculo que le están ofreciendo sus  jugadores, pero en la última cita en San Mamés acabó por estallar, diría que hasta hubo algún caso de arrebato de ira, y abandonó el estado de postración para censurar a gritos lo que lleva soportando en resignado silencio todo el año. Mal asunto cuando la afición levanta la voz para otra cosa distinta a animar, y peor cuando lo hace una afición tan paciente como la rojiblanca. Le cuesta hacerlo, pero cuando San Mamés dicta sentencia, normalmente ya no suele caber la apelación.

Aquí está escrito después de la última rueda de prensa de Urrutia que el contrato de Ziganda tiene fijada la fecha de caducidad en el minuto inmediatamente posterior al del final del último partido de Liga. Lo que ocurrió en el segundo tiempo del partido contra el Málaga certifica la sentencia. Nadie cree en Ziganda y aunque no haya perdido el cariño de la afición, la cruda realidad es que no ha conseguido dotar al equipo de una personalidad reconocible. Las circunstancias no le han ayudado. Ha padecido bajas de larga duración de jugadores importantes como Muniain, Yeray, De Marcos o Balenziaga, innumerables problemas físicos de otros componentes clave de la plantilla, como Beñat o Iturraspe y ahora Rico, y hasta el larguísimo proceso de la renovación de Kepa, por no hablar de la salida de Laporte o la nueva hoja que le han quitado al calendario Aduriz y Raúl García. Cosas así suelen pasar en el fútbol; la suerte, buena o mala, tiene mucha trascendencia en este juego. Ziganda también se ha equivocado en algunas de sus decisiones, seguro, pero ha tenido muy mala suerte, como en su día la tuvieron Iribar o Txetxu Rojo, dos mitos rojiblancos que no pudieron triunfar en el banquillo del primer equipo después de demostrar su valía en su trabajo con la cantera.

La pobreza del fútbol que ofrece el Athletic está pesando muchísimo más que los puntos que tiene en su casillero. A doce puntos del descenso y a solo cinco del séptimo puesto, que podría dar plaza europea, el entorno rojiblanco está más preocupado por los resultados de los equipos de abajo que por lo que hacen los que le preceden en la tabla. Se habla solo de alcanzar cuanto antes el límite de la salvación, así están las cosas; de Europa, mejor no hacer comentarios, aunque el Athletic esté en octavos, circunstancia que a lo largo de la historia tampoco se ha repetido tan a menudo como parece.

Si el fútbol es un estado de ánimo, el del Athletic es deplorable. Se han instalado el miedo y la desconfianza en el equipo, y no hay manera de que los futbolistas se suelten y se atrevan a hacer cosas en el campo que deberían ser normales y naturales en unos profesionales de su nivel. Arriesgar un pase profundo, buscar una pared, intentar una conducción vertical, cosas habituales en cualquier partido, se han convertido en acciones excepcionales para los rojiblancos, porque no les sale nada, porque fallan pases de cinco metros y porque su interpretación de conservar la posesión del balón se traduce en dos pases entre los centrales y una cesión al portero para que éste largue un pelotazo y el balón acabe en los pies de rival.

El domingo la afición dejó claro lo que opina al respecto. Mañana le toca responder al equipo. Los jugadores están obligados a explicarse sobre el campo y la visita del Valencia no es mejor ni peor que cualquier otra. Es más, en estas circunstancias, hasta es mejor que el rival tenga entidad y que no sea el colista. San Mamés siempre ha apoyado la rebeldía de su equipo y ha odiado el talante timorato. No puede haber lugar para el miedo con doce puntos sobre el descenso. No puede ser mucho pedir al Athletic que se comporte como siempre se ha comportado ante su público; con personalidad, mirando a los ojos al rival desde el primer minuto hasta el último, haciéndole saber quién manda en San Mamés.

Se podrá jugar mejor o peor, las circunstancias del partido dictarán si hay que sufrir defendiendo en los últimos minutos o hay que morir matando; si el empate es bueno, si la derrota ha sido inevitable o la victoria, merecida. Pero lo que a estas alturas no puede ser es salir a especular, a esperar que suene la flauta o a defender una ventaja mínima. El domingo habló la afición; el equipo tiene ahora la palabra.

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