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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Tres puntos con sabor añejo



Garitano celebró el final del partido por todo lo alto con Williams y el autor del gol, Muniain. Foto AC

Lástima que la jardinería haya avanzado tanto que los campos ya aguantan indemnes así caigan chuzos de punta. En San Mamés solo faltó un poco de barrillo para condimentar el sabor añejo de un partido que el Athletic resolvió con una receta de fútbol, garra y entrega. No faltó ni el componente épico a última hora cuando Estrada Fernández expulsó a De Marcos por una entrada sobre Sidney más propia de un futbolista que no sabe defender que de un leñero. Hubo más aparatosidad que dureza en esa entrada, pero el colegiado, que en el primer tiempo ya había expulsado del banquillo al histriónico Sarabia, más por pelma que por otra cosa, echó mano de la tarjeta roja.

Más que tarjeta pareció una luz roja, una señal de alarma que acabó por encender a una grada que llevaba un buen rato sostenido al equipo con su aliento. Según De Marcos enfilaba el túnel de vestuarios, ardió Troya y San Mamés se volcó con su equipo hasta el pitido final, volviendo a dejar en evidencia a los que alimentan el debate sobre la animación en el campo como si fueran los Siete Sabios de Grecia tomando vinos en el Ágora. Donde esté un buen silbato de árbitro que se quiten todos los tambores y megáfonos.

El Athletic y su gente acabaron sufriendo los minutos finales después de perdonar más de la cuenta durante todo el partido. En realidad hubo más miedo al recuerdo de episodios penosos como el empate contra el Valladolid, que peligro real generado por el Betis. Es verdad que hubo acoso y que el Athletic apenas salió de su área en el cuarto de hora final, pero los de Setién solo pueden recordar un saque de falta de Canales al que Herrerín respondió con una extraordinaria intervención.

Tampoco había hecho mucho más el Betis antes. Un remate lejano de Laínez en el primer tiempo, culminando una jugada personal, que Herrerín desvió rozando el larguero, fue la única señal de vida de un equipo que se empeñó en embotellarse por querer sacar el balón jugado. Ese afán por el toque fue una invitación para que el Athletic ejerciera una presión tan adelantada que se producía en el área del Betis, y que propició numerosos robos y muchísimas perdidas de balón de los andaluces.

La aplicación de la línea de vanguardia del Athletic y el empecinamiento de la defensa del Betis por tratar de sacar la pelota jugada les facilitó la mitad de la tarea a los de Garitano, que jugaron prácticamente todo el primer tiempo en terreno rival, ahorrándose un montón de kilómetros.

En realidad, casi todas las cosas trascendentes que ocurrieron en el partido sucedieron en una estrecha franja del terreno delimitada por el banquillo visitante, la línea de fondo de Sur  y el lateral del área. Por allí cargaron continuamente durante todo el primer tiempo De Marcos y Capa, proyectados casi siempre por Dani García y un San José que hizo olvidar al ausente Beñat, y por allí llegó el centro de De Marcos, que Muniain resolvió con un control brillante dentro del área, para perfilarse y colocar el balón en la red.

Y en esa estrecha franja de terreno cargó la mano Setién en el tramo final del partido, con Laínez primero y Tello después, secundados siempre por un Canales que dirigió a su equipo escorado en la banda derecha. El Betis vio una flaqueza en el costado izquierdo del Athletic donde un Córdoba mucho más gris que en ocasiones anteriores, no acertaba a apoyar con eficacia a Yuri. Garitano no lo dudó y recurrió a Balenziaga para montar un doble lateral con Yuri por delante, cerrando esa puerta, la única que conseguía abrir el Betis en la cerrada retaguardia del Athletic. No es el cambio más popular en San Mamés quitar a un extremo para meter a un lateral, pero Garitano no estaba pensando en ganar amigos sino en ganar el partido y su maniobra encontró el éxito que buscaba.

También ocurrieron más cosas en otras partes del campo, pero la batalla final se libró en esos metros. El Athletic, sometió al Betis en la primera parte con una magnífica puesta en escena. Los leones saltaron al campo como en los viejos tiempos, con veinte minutos iniciales de los que deciden partidos. El gol de Muniain vino precedido de un remate franco del propio Iker que rozó el poste y tuvo continuación en otro remate no menos claro que se le fue arriba a De Marcos.

El Athletic completó un primer tiempo en el que hizo fútbol y méritos para obtener una renta más amplia. Encerró al Betis y mantuvo un ataque sostenido hasta que levantó el pie una vez bien superada la primera media hora.

Garitano cambió el guió en la continuación. El Betis estaba obligado a avanzar metros a costa de asumir riesgos y el Athletic retrasó líneas para buscar la resolución en un contrataque. La imagen del Athletic recordaba la de un boxeador bien cubierto en las cuerdas y con el puño amartillado a la espera de atizar el golpe definitivo. El puño en realidad eran las piernas de Williams y su conexión con Muniain. Entre ambos construyeron las suficientes ocasiones para propinar ese golpe definitivo. Contaron además con la ayuda de un Capa que volvió a ser un ciclón en la banda y hasta varias aportaciones en forma de robo y pase de un San José que recordó al de sus mejores tiempos.

Pero el segundo gol no llegó y al Athletic le tocó sufrir en los últimos minutos. Fue cuando emergieron un bravo Yeray, que completó un excelente partido y un Iñigo Martínez otra vez a un gran nivel. Fueron minutos vividos con el corazón en un puño, más por el miedo a perder el tesoro de una victoria que puede cambiar el rumbo de la temporada, que por la amenaza real de un Betis que por momentos pareció que solo buscaba una falta al borde del área. Los andaluces jugaron prácticamente andando y a esa velocidad es una entelequia pensar en desequilibrar el entramado defensivo que ha armado Gaizka Garitano.

 

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