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Reflexiones sobre el Athletic, el fútbol y el deporte

Tres puntos de oro con un fútbol de hojalata



El Athletic fue a Ipurua mentalizado para picar piedra durante noventa minutos. Los rojiblancos acudieron convencidos de que el partido iba a ser más de buzo que de frac. Ipurua también tiene su leyenda y el Eibar se encarga de alimentarla. Nadie espera filigranas en este campo y ante semejante rival. Allí hay que jugar un fútbol industrial, de pierna fuerte y codos ágiles para hacerse un sitio; aquello parece el metro en hora punta, uno de esos escenarios en los que bastante tiene uno con sobrevivir aunque sea con el traje arrugado.

Luego te das cuenta de que tampoco es para tanto. Hace mucho tiempo que Ipurua es un campo equiparable a cualquiera de la categoría, con sus estrecheces, sí, pero menos. Y hace tiempo también que el Eibar dejó de ser aquel simpático equipo que no pasaba de ser una anécdota en la Primera División. El Eibar de Mendilibar juega muy a bien al fútbol, con su estilo, que no es del del tiki-taka precisamente, y ni falta que le hace, a pesar de que tiene dos o tres futbolistas que manejan más que bien la bola.

De tanto pensar en el destajo, al Athletic se le olvidó jugar al fútbol. Dio la impresión de que los diez días de descanso que ha tenido desde la goleada a la Unión Deportiva Las Palmas, le han sentado como un tiro. Los de Valverde fueron a picar piedra pero con un martillo de esos de caramelo que venden en las ferias. Sus colegas del Eibar se los comieron desde el primer minuto a base de intensidad y pierna fuerte.

Valverde volvió a apostar por Iturraspe y San José como pareja en la sala de máquinas, pero la presión de un Eibar luchando por Europa en Ipurua no tiene nada que ver con la que pudieron hacer los canarios que habían venido de vacaciones de Semana Santa a Bilbao. Los rojiblancos no vieron el balón en todo el primer tiempo. Lo tuvo siempre el Eibar, y cuando lo perdía no necesitaba mucho esfuerzo para recuperarlo; se lo regalaban los rojiblancos fallando pases de cinco metros o deshaciéndose de la bola como si quemara.

El Athletic perpetró un primer tiempo de esos que ponen a sus aficionados a comer cerillas. Dormidos, sin genio ni ingenio, arrugaditos frente al ímpetu de un rival que ganaba todos los choques y disputas. Se jugó siempre a lo que quiso el Eibar, que impuso un ritmo frenético, abriendo constantemente su estrecho campo para las carreras de Inui o de Pedro León por los dos costados.

Afortunadamente para el Athletic, al Eibar le faltó filo y precisión a la hora de la verdad. Yeray y Laporte tuvieron que trabajar a fondo achicando balones, pero lo hicieron con solvencia y, casi siempre, con relativa facilidad. Arrizabalaga solo tuvo que intervenir muy cerca ya del descanso para blocar un centro-chut en el primer palo. Pocas nueces para todo el ruido que estaban armado los de Mendilibar.

Nunca se sabrá cómo hubiera acabado aquello si a Escalante no se le cruzan los cables nada más empezar la segunda parte. La cosa seguía pintando fea para el Athletic, más incluso que antes del descanso, como si el nivel de la empanada de los rojiblancos hubiera subido en el vestuario. Escalante es uno de esos medios argentinos que suelen marcar territorio con los tacos sin hacer aspavientos. Un tipo duro que rasca en cada disputa como quien no quiere la cosa. Por eso extraña más la patada alevosa que le atizó a Muniain a la vista de todo el mundo, y del árbitro especialmente, que estaba a tres metros de la jugada. Escalante no hizo ni ademán de protestar cuando vio la roja. Era el que mejor sabía lo que había hecho.

El Athletic pudo respirar, pero solo eso. No se notó mucho el desequilibrio numérico. Mendilibar retiró a Inui para mantener la fuerza de su centro del campo con Rivera y lo cierto es que consiguió mantener el partido equilibrado. Es verdad que el Eibar cedió un tanto en la presión, pero el Athletic apenas supo sacar partido de su ventaja. Valverde retiró a un Iturraspe que pasó por el partido como la luz atraviesa el cristal, sin romperlo ni mancharlo, y la presencia de Beñat dio otra autoridad al centro del campo del Athletic; al menos el balón empezó a circular con más coherencia entre los rojiblancos.

Una volea de Raúl García a la base del poste quiso elevar la autoestima de los leones, pero fue una falsa alarma. Muniain, al que le dieron como a una estera, lo intentaba de todas las formas posibles, pero no era el día de Aduriz y Williams no encontraba los espacios para correr.

El partido se iba de forma irremisible al empate sin goles que, dadas las circunstancias, no era mal resultado para el Athletic, cuando Raúl García se sacó una falta al borde del área de donde no había nada. Beñat la ejecutó con maestría, Yoel rechazó como pudo, y mientras los del Eibar recuperaban el color después del susto y los del Athletic reclamaban que el balón había entrado, Raúl García, un profesional, llevaba el balón a la red con una volea bastante complicada. Quedaba menos de medio minuto para que se cumplieran los cuatro de prolongación que había decretado el árbitro. El Athletic se hacía con tres puntos de oro con un fútbol del hojalata.

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